Metralleta y Penthouse

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Hablaba ayer de la necesidad que tenemos de completarnos. Nacemos con aperturas o agujeros en el cuerpo que en algún momento necesitamos rellenar. El chupete cumple durante un tiempo esa función. Cubre momentáneamente el hueco de la boca. Y si no lo tenemos, comenzamos a lacrimar o a pronunciar sílabas, palabras. Un hecho que tal vez aclare la razón por la que se  valora más a las personas que saben callar que a las que hablan sin mesura o desproporcionadamente y explique porqué también son muy respetados quienes pueden controlar bien su voz así como su modulación, tono y número de frases enunciadas. De hecho, se supone que quienes consiguen esto último, son más independientes. Han logrado superar su angustia y ansiedad tras haber sido apartados de la teta, siendo capaces de controlar sus vidas. Pues poseen una “visión” sobre el mundo del “afuera”, la existencia en general, que no les afecta ni invade en exceso. Y entienden espontáneamente las reglas no escritas del “saber estar”, comportándose de manera más adulta en general, y cometiendo muchas menos salidas de tono. Aunque a mí me parece que en esta consideración existen demasiados matices que se dejan de lado, y no le concedería yo mucha importancia. Más se la daría, por ejemplo, a la opinión que se tiene sobre lo abierto (lo débil) y lo cerrado (lo fuerte), porque de aquí derivan, en mi opinión, ciertos problemas tanto para las mujeres como para los hombres.

Debido a la apertura vaginal se ha considerado tradicionalmente a la mujer el sexo abierto y débil. Olvidando las otras aperturas del hombre que van desde las orejas, narices o boca hasta la del culo, centrando la atención en el pene como apéndice e instrumento (cerrado) aunque (abierto) para penetrar todo aquello que se presente. Seguramente, este miedo irracional de los hombres a ser penetrados pues les parece (revela) o (desvela) su homosexualidad más o menos latente o factible que les convierte (simbólicamente) en mujeres y, por tanto, en seres débiles, sea lo que ha provocado un gran número de equívocos. Tanto a nivel micro (individual y familiar) como macro (ciudad, país).  Es así, por ejemplo, que se elevan fronteras con armas y lanzas (penes masculinos) para defender la tierra (lo femenino) de la penetración de otros pueblos diferentes. Se arrojan bombas (espermatozoides) sobre otros ejércitos para fecundar, violar su tierra demostrando la propia fortaleza. Y muchas personas y gobernantes se tapan los oídos (otro agujero vaginal) para no ser (penetrados) por mensajes distintos, diferentes que puedan inocular el semen de lo “ajeno” en lo propio (lo cerrado).

Estar abiertos significa, en cierto modo, permitirnos ser inundados por el “otro”. Y en el discurso patriarcal, violento, retrógrado todavía imperante, esto se entiende como debilidad. Algo parecido a entregar la tierra al enemigo, la mujer al vecino, o la madre a cualquiera. Posiblemente porque no existe un sentido de equilibrio ni una seria meditación sobre los “otros” -que siempre son los bárbaros- ni acerca de conceptos complementarios -que no tienen por qué ser opuestos- como es, repito, el caso de lo abierto y lo cerrado. Lo que ha provocado que, durante siglos, la mujer (forzada a abrirse con todos), la prostituta, sea tenida por deleznable y el hombre que se mantiene cerrado y rasga, horada las puertas (vaginas) que se le antoje, sea considerado un héroe.

Exactamente, los falócratas (a los que comúnmente se les conoce como tecnócratas) que gobiernan actualmente el mundo, continúan considerando una virtud mantenerse duros, secos y cerrados. Lo mojado queda para el clítoris de la mujer, lo blando para sus senos y lo abierto, repito, para su vagina. Por lo que se impone finalmente la actitud de hierro e intransigente: la indiferencia del banquero, la terquedad del político, la violencia del militar, o la palabra en voz alta, pronunciada casi a gritos frente a la razonada, reflexiva que busca acuerdos, se deja sorprender y encuentra perplejidades en aquello que dice o expone. Y se considera por tanto, una virtud el que nos mantengamos en nuestras posiciones (trincheras) por más que podamos (o incluso sepamos) que estamos equivocados. Cuando posiblemente esta actitud, en realidad, no nos permite abrirnos al mundo. Un objetivo realmente deseable porque es cuando la mujer se abre (útero) que se produce el mayor milagro, el acto más esplendoroso jamás visto que ridiculiza todo intento de definirlo: el nacimiento de un ser humano. Y es cuando la mujer se cierra,  que lógicamente la vida, al menos la humana, se acaba, o se pone en riesgo, tal y como  ocurriría si la tierra no diera frutos, nueces o alimentos (hijos). Algo que, como todos sabemos, no está lejos de ocurrir si seguimos forzándola irracionalmente con esas técnicas nuevas de cultivo y producción que no respetan el tiempo que necesita para dar a luz, o la machacamos con bombas, minas, construyendo sobre ella amplios edificios que se asemejan -ya lo hemos dicho- en algún caso a espermatozoides y en otro, a penes. Y no creo que haga falta tirar de chiste fácil -el rascacielos como símbolo de la lucha entre hombres por demostrar quién lo tiene más grande- para que se me comprenda. Como tampoco hablar de esa obsesión por comprobar quién introduce más balones (espermatozoides) en la portería o canasta (vagina) contraria, jaleada por medio mundo, que domina un gran número de deportes para entender por dónde van los tiros. Y hacia dónde estoy apuntando: que las redes están comenzando a tener más agujeros de los aconsejables, y en vez de pararnos a reflexionar sobre este hecho, continuamos empeñados en penetrarla por todos los lugares.

Es cierto que es difícil salir de este atolladero, pero entiendo que es posible conseguirlo.  No tanto con la ciencia sino por medio de la conciencia. Pondré un ejemplo. El primero que se me viene a la mente. No sé si muchos lo habrán advertido, pero ese deseo tan común para muchos ciudadanos de Occidente de tener dos hijos, cada uno de distinto sexo, creo que ilumina ciertos aspectos de aquello a lo que me refiero.

Generalmente, se considera que algo falta a los hijos únicos. Si es niño, carece de la vagina de la hermana o la posibilidad (siempre latente) de penetrar o ser penetrado por el hermano. Si es niña, carece del pene del hermano con el que completarse o de la rival (hermana) con la que luchar para ganarse el cariño y afecto del padre. Por lo que se sobreentiende que lo ideal sería que un matrimonio tuviera dos hijos de sexo diferente. Pues de esta forma, siempre hay dos penes para dos vaginas, y sea real (en el caso de los padres) o imaginaria (en el de los hijos) la penetración se produce, lo abierto y lo cerrado se fusionan y complementan y al fin, la familia se arma como un todo cerrado, impermeable. Un organigrama completo que es el sueño de la sociedad burguesa, ya que se supone que estos hijos nacerán más sanos, tranquilos, sin necesidad de buscar respuestas lejos de su nido. Y serán obedientes ciudadanos y consumidores, temerosos de rebelarse frente a la autoridad y por ello premiados.

En cierto modo, tener dos hijos de sexo diferente es una bendición. El maná de dios concedido únicamente a los elegidos. Un patrón y  regla de segura normalidad en cuanto permite que ninguno de los miembros se quede abierto y, por tanto, sea débil. Existe un rival que nos encela (en el caso, por ejemplo, del niño, el padre que ama a la madre y mira con amor a la hija) pero que al mismo tiempo consiente que abracemos a su esposa y a que juguemos inocentemente a las tocadillas con la hermana. Consiguiendo, al tenerlo por rival (como para él lo somos nosotros), que nos esforcemos y desarrollemos al máximo de nuestras posibilidades.

El problema empieza entonces, como dijimos, (de hecho, es aquí donde encuentro la explicación a esa necesidad tan recurrente de darle casi inmediatamente un hermanito(a) al niño recién nacido) cuando una familia tiene un hijo único, o el padre y la madre mueren o se separan, o tienen más hijos de dos, (aunque tal vez cuatro sería aceptable) porque se produce un desequilibrio. Una multiplicación de los deseos ya muy difícil de controlar y manejar, que hará que unos obtengan mucho amor y otros poco y, en muchos casos, se deba romper el seno familiar para encontrarlo. Provocándose un trauma, y trastorno  (una apertura) que muestra una debilidad, que tal vez nunca sea fortalecida, por más terapias (alternativas o no) a las que se recurra. O tal vez sí. ¿Quién sabe? Pues acaso tampoco sea necesario.

Ok. No sé si se entiende por dónde voy. Estoy hablando de algo que es bien sabido por cualquier observador o psicólogo: que el incesto (real o metafórico) es la base del núcleo familiar. Y la familia ejemplar es aquella que pone las condiciones necesarias para que se produzca (metafóricamente). ¿Que por qué me refiero a esto? Porque todavía hoy, existen muchas personas que no son conscientes de este hecho. Como tampoco lo son de muchos otros símbolos (metralletas, rascacielos) y lo que representan, a los que aludí antes. Y esto es lo que provoca que, en momentos en que necesitamos urgentemente un cambio, como ahora, este se retarde más de la cuenta. Hasta tal punto que el riesgo de parálisis que corre Occidente es ya mucho más que una amenaza. Es un hecho.

Me parece a mí que es muy diferente saber y entender dónde nos encontramos que no hacerlo. Pues gracias a la ignorancia sobre esta situación se fortalece el control ciudadano impuesto por nuestros gobiernos y las habituales manipulaciones llevadas a cabo por la socialdemocracia. Se considera por ejemplo actualmente que la mujer occidental está liberada al contrario que la de los países musulmanes. Pero esta liberación sexual no ha supuesto en muchos casos, pienso, una mayor apertura al ser de la mujer sino al contrario, una cerrazón. Pues de algún modo, se ha masculinizado. Y en gran medida, la ansiada igualdad y el sexo libre muchas veces le han concedido poder y placer pero sin conciencia. De hecho, ha optado por convertirse en trabajadora liberal, futbolista o váyase a saber usted qué oficio, a cambio en ocasiones, de perder el cetro de su poder real: el conocimiento de sí misma como ser humano.

A día de hoy, sí, -sábado a la noche, de madrugada ya, en México- esta es mi opinión. Pero es obvio que puede variar en el futuro pues me complace estar abierto y que las palabras vengan y se vayan, al igual que el viento, algunas personas y ciertas ideas o deseos. Y ahora que lo pienso, tal vez sea cuestión de no pensar tanto, y follar más. Con esa expresión, terminaba Kubrick su excepcional Eyes wilde shut. Y si un maestro como él, decidió concluir de este modo su adaptación del libro de Arthur Schnitzler, Relato soñado, seguro que es por algoProbablemente porque, como sugería Osho, el orgasmo, ese momento único e irrepetible, infinito y momentáneo, eterno e instantáneo, es un gran acto meditativo. Tal vez el más grande que existe. Pues mientras se produce, dejamos de pensar en nosotros. Soltamos el control. Nos dejamos inundar. Disolvemos las fronteras y nacionalidades. Nos convertimos en planetas que giran y giran gozosos por el Universo desconocido. Y penetramos y somos penetrados al mismo tiempo -y no importa en este caso que seamos pasivos o activos, abiertos o cerrados, débiles o fuertes- por el misterio: la divinidad. Es decir; por todos los ángeles y demonios, ancianos y niños, árabes e hindúes, occidentales, cristianos, africanos, músicos de jazz, jeques, caballos, duques, panaderos, reinas, bailarinas y labradores, hombres y mujeres en definitiva, que han existido y existirán por siempre jamás. Shalam

وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

Un corazón tranquilo es mejor que una bolsa de oro

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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