Nixon

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A día de hoy, pocos ciudadanos tienen dudas de que Richard Nixon y Henry Kissinger eran encarnaciones del mal. Dos hombres sumamente egoístas y manipuladores dotados de un amplio carisma y todo tipo de recursos económicos para alcanzar sus fines. Dos criminales de guante blanco sin escrúpulos capaces de sacrificar a decenas de miles de jóvenes en Vietnam para mantenerse en la presidencia sin excesivos sobresaltos o lograr ser reelegidos.

La mayoría de decisiones que tomaba el pitbull de California -un hombre con alta autoestima y voluntad de acero a quien sus adversarios cometieron el error de minusvalorar- se encontraban supeditados a sus propios intereses. Nixon era un boxeador. Todos sus actos eran contundentes. Eran un homenaje al capitalismo de los grandes tiburones. Él encarnaba la voz ambiciosa y codiciosa del americano medio. La pared capaz de resistir cualquier golpe de los movimientos contestatarios que brotaban en la Norteamérica de finales de los 60 por doquier. El verdadero muro contra el comunismo. Pero probablemente no se hubiera mantenido en pie con solvencia de no tener detrás de él a ese águila maquiavélica que fue Kissinger. Un complejo, perverso y muy agudo estratega que tramaba en la sombra los mejores planes para mantener el poder. Tener atrapado el mundo en un puño. Sin embargo, por haberse visto obligado a dimitir debido al escándalo Watergate, Richard Nixon parece ser una excepción. El patito negro del corral político internacional. Aunque su rostro es idéntico al de John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, Ronald Reagan, Bill Clinton, Barack Obama y Donald Trump. Como también lo es al de Andrés Manuel López Obrador, Felipe Calderón, Santiago Abascal, Pablo Iglesias, Jośe María Aznar, Felipe González, Carlos Menem o Cristina Kirchner.

Cada uno ellos (miró) y mira exclusivamente por sus intereses. Hará todo lo que sea posible por mantenerse en el poder. Todos son embaucadores. Y no tengo dudas de que si tuviéramos acceso a sus conversaciones privadas, o bien serían lapidados en plaza pública o acabarían encarcelados. Porque Richard Nixon no es ninguna excepción. Es la norma. La excepción de hecho es el político o afiliado honrado. Esos muchachos que votan por convicción, por unos ideales (sean de libertad, justicia u orden) sin tomar conciencia de la manipulación que se ejerce sobre ellos. Al fin y al cabo, la política es el arte de mantener el poder por todos los medios posibles. Una guerra en la que la verdad es la primera derrotada y los ciudadanos comunes son los segundos en caer.

Por eso no me sorprende en absoluto que, ante una situación de riesgo como la que vivimos actualmente en España, las facciones políticas continúen desacreditándose en vez hacer un llamamiento por la unidad. Y en esencia, estén de una u otra manera midiendo los tiempos que puede durar esta circunstancia para trazar la correcta estrategia con la que desactivar a la oposición, encumbrarse al poder, lograr la Independencia o conseguir más competencias del Estado. De hecho, muy agudamente, Nixon consiguió con su dimisión salvar su reputación de un modo u otro y Kissinger se mantuvo en su puesto en la Casa Blanca en este caso junto a Gerald Ford. Ambos fueron agasajados por todos los líderes con los que formaron coaliciones más o menos duraderas y continuaron disfrutando de todo tipo de privilegios. Que era, junto al control de las masas y la erótica del poder, al fin y al cabo, uno de sus grandes objetivos. Como ahora mismo, resulta claro, a mi entender, que nuestros políticos se encuentran preocupados por las vidas de quienes están en los hospitales no tanto por el factor humano sino en la medida de que un número mayor o menor de muertos puede hacerles continuar en el poder o separarlos para siempre del mismo. Shalam

الرجل المسكين يتوسل لكن الرجل الغني يجيب على لكن الرجل الغني يجيب على

El pobre habla con ruegos; mas el rico responde durezas

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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