Pornotopía

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Que Michel Foucault acertó en buena parte de los presupuestos teóricos que nos ha legado, lo pone de manifiesto por ejemplo el desarrollo de la industria farmacéutica, la evolución de las investigaciones y enseñanza en las universidades o los cientos de cámaras que vigilan nuestros movimientos en las plazas, calles públicas y comercios. El prisionero, la serie de ciencia ficción británica protagonizada por Patrick McGoohan, -un cruce psicótico entre Un mundo feliz y Vigilar y castigar– proponía el panóptico como uno de los símbolos arquitectónicos del siglo XX y anticipaba la aceptación de las ideas expresadas por el pensador francés en sus ensayos claves. Algo que ratifica Pornotopía, el soberbio ensayo de Beatriz Preciado, al mostrarnos la mansión playboy como un inmenso panóptico sexual dedicado en este caso al goce, el comercio y el disfrute. Un espacio que explica bastante bien, dada la predominancia mediática durante varias décadas del imperio sexual levantado por Hugh Hefner, la manera de experimentar el sexo en la era internet: a través de cámaras por medio de las que observamos a otras personas o bien somos observados por “ellas” en la intimidad de nuestro hogar. Sin necesidad de salir al mundo exterior. Escondidos en habitaciones que son óvulos, remedos de los pisos de solteros construidos en la Norteamérica de los años 60 donde todo debe estar a nuestra disposición con el menor esfuerzo. A golpe de pantalla.

Lo que no consiguieron los emperadores egipcios ni los persas, Atila o Carlos V, lo logró el capitalismo gracias al modelo sexual que revistas como Playboy contribuyó a implantar: controlar el orgasmo, el goce y el ocio de sus esclavos, su intimidad más sagrada, permitiéndoles disfrutar de innumerables posibilidades sexuales desde un cómodo cuarto o cama. Glorificando el escarceo, el cambio de pareja y la puesta en práctica de todo tipo de fantasías sexuales a las que podíamos tener acceso con un solo click de pantalla. Desde habitáculos que podían servir tanto para llevar a cabo una cena informal entre amigos, trabajar a destiempo, hacer el amor con el ligue de la temporada, ver televisión, leer un escritor contracultural o hablar por teléfono con los padres.

Beatriz Preciado no lo formula con estas palabras -aunque su coda final es muy explícita- pero yo extraigo esta lectura de su libro: el cruce del panóptico y la mansión playboy genera el territorio adecuado para que germine, tenga éxito el cibersexo. Una actividad que, según las doctrinas del capitalismo tardío, debería resultarnos deseable. De hecho, lo vende como un logro libertario que nos abre a cientos de nuevas posibilidades de experimentarnos, cuando, bajo mi punto de vista (que aclaro que no significa que no lo disfrute), es uno más de los tantos delirios de nuestra era pues al fin y al cabo, el ciber-sexo es un no-sexo. Aboga y da pie a un sexo vacío, platónico. Constreñido a la caverna-piso-habitación multiusos de soltero donde se desarrolla la práctica histérica y desatada de la masturbación. Un coito sin cuerpos gobernado por una imagen que en muchos casos no sabemos si se corresponde con la de la persona con la que interactuamos. Una verdadera comedia perversa y esquizofrénica que ninguno de nuestros antepasados podría aceptar (por eso a quien no gusta del cibersexo se le denomina o califica de anticuado y se lo excluye de la logia “cool”) que permite comprender el nivel de beligerancia ejercido por las hordas neoliberales para destruir la familia, el amor, la integridad de la persona. En definitiva, esclavizarnos permitiéndonos lo posible y lo imposible. Jactándose de ofrecernos la libertad. El goce. Regalarnos un agujero desde donde poder mirar lo que hacen los vecinos y desconocidos con su intimidad. Una estrategia al fin y al cabo para que no hurguemos donde no quieren que lo hagamos, controlar nuestro deseo y anularnos. Ponernos delante  aquello que más anhelamos, un cuerpo-alma o sin alma y al mismo tiempo quitárnoslo, negárnoslo. El ya clásico, repetitivo orgasmo o bien denegado (sadismo meets castidad) o bien consentido (obsesión y placer) con el que el capitalismo nos esclaviza animándonos a solicitar más. Dinero, dinero, dinero. Conciertos, conciertos, conciertos. Viajes, viajes, viajes. Sin importar tanto si es más castigo o más placer sino el mero hecho de pedir. Sexo, sexo, sexo. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

       El sexo sólo es sucio si se hace bien

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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