Sutra erótico

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Lo comenta Beatriz Preciado en su Pornotopía. Justo en un siglo tan puritano y racional como el XVIII se descubrieron en Pompeya una serie de frescos eróticos que por el mero hecho de su existencia cuestionaban tanto la religiosidad como la racionalidad según la cuales se estaba abordando la sexualidad en Occidente con el objetivo de civilizarla, socializarla y controlarla, sustrayéndole su carácter transgresor. Algo parecido a lo que ocurrió cuando Antoine Galland tradujo al francés los cuentos de Las mil y una noches y sobre todo, en el momento en que Richard Francis Burton realizó una traducción mucho más respetuosa con el original al menos en lo que se refiere a su contenido y carga erótica. El cónsul y explorador Burton por cierto, también tradujo el Kama Sutra. Un tratado hindú que o bien se ha mitificado o bien se ha ridiculizado o ignorado, sin entender el fin con el que fue escrito: convertirse en una guía espiritual a través de la que el hombre y la mujer podían alcanzar la plenitud y salvación. Para lo cual era sumamente importante canalizar la sexualidad hacia un fin mayor que familiarizase al ser humano con su poder divino y creativo, conectándolo con el cosmos.

Dios está en nosotros y nosotros en él y la manera más sutil y sagrada de explorar esta relación es la sexualidad. Con esta breve frase, me atrevería a resumir el contenido y sentido de este libro oriental que debería encontrarse en un lugar suntuoso de nuestras bibliotecas junto a varios de los más importantes textos gnósticos y alquímicos.

Una de las formas más eficaces de controlar al ser humano, lo saben bien los estados y sociólogos, consiste en dominar su sexualidad. O al menos inspeccionarla habitualmente. No permitirle desarrollarse en libertad. Por ello la religión católica se encargó de ensuciarla, culpabilizarla y ocultarla bajo un manto de oscuridad feroz. No obstante, con el paso del tiempo, estos intentos acabaron por perder gran parte de su fuerza. Luis Buñuel por ejemplo afirmaba muy jocoso que agradecía al catolicismo su carácter reaccionario porque le había permitido excitarse con tan sólo contemplar una minúscula parte del cuerpo de una monja.

Una afirmación que marca el comienzo de una época en la que se han permitido y alentado las más abstrusas y distópicas variantes sexuales. Filmándolas, publicitándolas  al máximo o permitiendo su contemplación sin ningún tipo de censura en Internet u otros medios. Un hecho que si en principio se pudo entender como una reacción del librepensamiento y los movimientos de protesta político-sociales (mayo del 68 a la cabeza) contra el extremismo puritano de las religiones, ha terminado convirtiéndose en otra operación globalista de control social apoyada por los estados -y de ahí el paupérrimo 4 por ciento de IVA con que se gravan los espectáculos pornográficos en España en comparación con el 21 cultural-. Pues lo que se ha pretendido es acabar con el misterio sagrado, íntimo y espiritual de la sexualidad. Y, en última instancia, la familia. Lo que, vuelvo a repetir, explica el hecho de que un libro tan lleno de resonancias y floridos simbolismos como el Kama Sutra se consulte menos ahora que cuando estaba prohibido hacerlo por la censura o el éxito de la narrativa de Michel Houlebecq que no ha cesado de vislumbrar esta liberalidad sexual como un extremo decadente.

Decía por ejemplo el francés en Las partículas elementales: “Siempre me ha soprendido (…) la extraordinaria precisión de las predicciones que hizo Huxley en Un mundo feliz. (…) La sociedad occidental no ha hecho otra cosa que acercarse a ese modelo. Un control cada vez más exacto de la procreación que cualquier día acabará estando completamente disociada del sexo mientras que la reproducción de la especie humana tendrá lugar en un laboratorio en condiciones de seguridad y fiabilidad genética totales. Por lo tanto desaparecerán las relaciones familiares, las nociones de paternidad y filiación. (…) Habrá total libertad sexual y ningún obstáculo para la alegría y el placer”.

Probablemente, hace siglos, el velo de monja no tenía más intención que subrayar el carácter sagrado y divino de la sexualidad. Lo importante que era si queríamos mantenernos indemnes, fuertes y vivos que nuestros sexos no fueran mostrados públicamente o que comerciáramos con ellos. Pero ese velo, lo sabemos bien, se fue agigantando hasta que en vez de salvaguardar el sexo, velar por su secreto, se convirtió en un inmensa túnica que incluía en su interior cinturones de castidad, látigos y esposas con las que luchar contra el apetito sexual. Nuestra época es tan esquizofrénica, no obstante, que en nuestras sociedades conviven con aparente normalidad retazos de aquel puritanismo que castigaba la masturbación con ingentes cantidades de pornografía, sexualidad fría, libre y sin freno. Y si bien, en principio, este hecho debería hablar bien de nosotros, podría ser analizado como un signo y símbolo de nuestra pluralidad, en realidad, no lo creo. Pues castidad y sexualidad sin freno son dos caras de la misma moneda. Dos manifestaciones complementarias que ponen de manifiesto los intentos de los estados modernos neoliberales por controlar el sexo, nuestra intimidad y por tanto, nuestra capacidad de consumir y elegir.

Si los frescos de Pompeya fueron bienvenidos, un soplo de aire fresco hace varios siglos, ahora no serían más que otra constatación de nuestra decadencia. Probablemente pasarían inadvertidos. Una solución para este atasco podría haberse hallado en el sexo tántrico al que de una u otra manera, se alude en el kama sutra. La íntima sacralización del acto sexual enfrentada a cualquiera de los coercitivos planes que regulan nuestra intimidad.

Ocurre que, como a todo lo que le molesta o teme, Occidente ha intentando banalizar y ridiculizar mediáticamente la exploración erótica, logrando que cualquiera que se refiera a ella, quede en entredicho. Pero entiendo que si no es ahora, será en un futuro, si es que aún deseamos alcanzar ciertas dosis de noble libertad y no nos encontramos totalmente esclavizados, que acabaremos dirigiéndonos hacia allí. Pues el sexo, y eso es en el fondo de lo que nos habla el mítico libro oriental, no es asunto de orgasmos sino del encuentro entre soles y lunas, noches y días, minotauros y guerreros en un espacio legendario que convierte a los seres humanos en dioses y héroes que no deberíamos jamás dejar en manos de los estados. Y menos utilizar y usar como si no tuviera importancia alguna -tal y como lo desea el neoliberalismo- cuando ahí radica nuestro más inmenso poder como personas. El síntoma y signo de nuestra rebeldía y creatividad. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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