Ultras

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Murió ayer un seguidor de un equipo de fútbol español en un enfrentamiento entre ultras. Aunque lo que me sorprende no es su fallecimiento sino que no haya más muertes de este tipo. Teniendo en cuenta la destructiva sociedad en la que vivimos, lo raro no es, en realidad, que haya una muerte entre fanáticos deportivos de tanto en tanto sino que no haya muchas más. Ultras, desahucios, destrucción de la clase media, moda, consumo masivo de cocaína y mayoría absoluta del PP son el fondo reflejos del mismo fenómeno: formas a través de las que el capitalismo global se impone. Acontecimientos huecos, vacíos que muestran la imposibilidad del diálogo entre clases sociales e individuos en el mundo caníbal del consumismo. Símbolos de impotencia ante el avance indestructible e imparable de la globalización. El mundo transnacional.

Exactamente, bajada de salarios, represión empresarial, política neoliberal, ultras, patriotismos y fanatismos no son más que cara y cruz de la misma moneda. Tras todo ultra no hay tan sólo una historia personal de carestía afectiva sino actualmente, también un padre de familia o un joven que o bien no tiene el suficiente dinero para adquirir bienes en el black friday o bien desconoce el festejo zombi.

El consumismo, en el fondo, es el único fanatismo permitido porque interesa más que el ultra compre que no que muera. Se trata de pagar por luchar -videojuego- y no de hacerlo en la vida real, y por ello, la muerte del fanático será penalizada con los típicos artículos, adjetivos, eslóganes y apelaciones a la no-violencia. Por lo que sospecho que, más allá de estas consignas, lo cierto es que los poderes fácticos que dominan nuestra sociedad -empresas y corporaciones- además de sus voceros (mass-media) están de luto porque ayer murió un consumidor. No porque lo hizo una persona. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

La primera vez es una gracia, la segunda una regla

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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