Una perversa fantasía

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Me llama la atención que tanto François-René de Chateaubriand como Giacomo Casanova comiencen sus Memorias haciendo largos recuentos genealógicos. El mismo Redmon Barry que protagoniza la famosa novela de Thackeray se encuentra muy preocupado con su origen; desearía entroncarse con una familia de alta alcurnia para poder realizar un granado recuento histórico de sus ascendentes. Tengo la impresión sin embargo de que la mayoría de quienes redactan sus biografías actualmente ocultan algunos de esos datos conscientemente. No los creen de interés y directamente, comienzan con lo esencial: su propia vida. En muchos casos, in media res. Tal vez porque hace unos siglos había una necesidad de construir. Y para ello era necesario tender puentes entre el pasado y el futuro. Y actualmente, la necesidad latente en el ser humano es la de autodestrucción. No trabajamos para progresar sino con la esperanza de que se destruya todo y que así podamos comenzar de nuevo. Hace siglos los tratados históricos eran referentes de nuestra civilización y, hoy en día, lo son las novelas apocalípticas. Los zombis que niegan el linaje y la identidad y el terror que paraliza la voluntad, nos sepulta en el miedo y obstruye el porvenir.

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Las revueltas y manifestaciones que se están produciendo en Estados Unidos debido a la despiadada muerte de George Floyd así como los mensajes de Anonimous siguen perfectamente esta lógica zombi. En medio de una pandemia histórica, las masas informes se juntan sin esperar los tiempos (tardíos, siempre tardíos) de la justicia ni miedo a ser contagiadas porque no se trata tanto de construir un mundo mejor sino de fulminar para siempre el actual. No hay de hecho reivindicaciones claras y concretas más allá del deseo de acabar con Trump y la enésima rememoración de un racismo al que se pretende combatir por medio de la autodestrucción colectiva y global, actos psicomágicos (que emulan la operación realizada por Tarantino en Django desencadenado) y la exterminación de la civilización y la historia; de las genealogías y alcurnias. Un horizonte muy cercano al previsto en las precuelas de El planeta de los simios o en películas tipo 28 días después aunque, en apariencia, imite a los vídeos de N.W.A. y Public Enemy o el escenario de varios de los filmes de Spike Lee.

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No se trata ya de si la revolución será televisada o no sino de que nuestra autodestrucción lo sea. De repente, las cámaras instaladas por todas partes en las ciudades modernas ya no vigilan nuestros comportamientos fuera de la ley. No se preocupan en exceso por los robos y combates callejeros sino que continúan imperturbables su movimiento de izquierda a derecha porque, repito, lo que de ninguna manera desean perderse y deben estar preparadas para grabar es nuestra autodestrucción.  Lograr que ésta sea un espectáculo.

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Mientras tanto, las bolsas suben. Señal no tanto, como un romántico podría pensar, de que el Titanic continúa siendo una buena metáfora para profundizar en nuestra época sino de que el coronavirus ya se ha comenzado a convertir en negocio. Oportunidad para hacer dinero gracias a la caída del mundo antiguo (físico) sustituido por uno nuevo (más virtual). Lo que implica la venta de varios de los viejos y prósperos negocios a precio de saldo así como la inauguración de unos cuantos nuevos y la próxima fusión de varias multinacionales.

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La Bolsa no respeta apellidos ni invoca pasado alguno. Tan sólo suma y resta cifras. Por lo que sus advertencias y movimientos han de ser tomadas en cuenta. De hecho, es posiblemente el Oráculo de Delfos del mundo moderno. Y lo que nos dice es que, en realidad, el coronavirus nunca ha sido una amenaza real para el capitalismo (sí para varias de sus empresas) que lógicamente saldrá fortalecido de esta lucha sin importar las quiebras económicas ni las muertes que se continúen produciendo. Del mismo modo que las ruinas y monumentos de las civilizaciones antiguas son el actual sostén económico de muchos países, las muertes actuales serán los soportes en los que se sostengan las bases y fundamentos autoritarios de las sociedades futuras.

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Leyendo “Mutaciones” de Fernández Mallo, me encuentro con que Robert Smithson advertía que los edificios de las ciudades modernas ya no se transforman en ruinas ni por el paso del tiempo ni debido a una demolición sino que alcanzan el estado de ruina antes de construirse. No encuentro una definición más precisa para describir lo que ocurre actualmente con nuestra civilización zombi y ese intenso y perverso deseo de hacerse añicos de una vez. Convertirse en fantasía fantasma. Shalam

الوقت يخشى الأهرامات فقط

El tiempo sólo teme a las Pirámides

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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