Rondador nocturno

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Tras ver el magnífico documental de Justin Webster, Muerte en León, le pregunté insistentemente a mi novia una cuestión muy recurrente para muchos de nosotros. ¿Por qué nos atraen tanto las películas y documentales protagonizados por asesinos o mafiosos?

Ciertamente, detesto a los asesinos en serie. No los soporto en la vida real. Cuando veo la fotografía de uno en los periódicos, por lo general siento asco. Pero en pantalla los amo. Desde luego, nunca hubiera deseado, por ejemplo, cruzarme con Pablo Escobar. De ser colombiano, posiblemente hubiera respirado aliviado e incluso festejado el día de su muerte. Sin embargo, recuerdo ver El patrón del mal con la boca abierta. Extasiado casi. E incluso ponerme de la parte del mafioso en situaciones en las que estaba en juego la vida de sus víctimas. ¡Una auténtica locura! Sé que existen libros que han intentando responder a este comportamiento. Incluso hace meses cité un lúcido y convincente razonamiento de Roberto Saviano en un avería. El mejor de todos los que he leído: http://www.averiadepollos.com/literatura/mafia/

En cualquier caso, si tuviera que aventurarme a dar una explicación sobre este hecho, yo diría que se debe a que los asesinos realizan actos que son imposibles para la mayoría. Y que, aunque los rechacemos tras una elaboración consciente, en algún momento de nuestra vida, casi con toda seguridad, hemos deseado llevar a cabo algo parecido. Ellos sí que son los auténticos transgresores de las costumbres y las reglas divinas. Mucho más obviamente que los rockstars. Las idas de olla e ingestiones de droga de Axil Rose o Steven Tyler palidecen ante las de Henry Lee Lucas o Ed Gein. Motivo por el que muchos -incluso en contra de su propia voluntad- han sido tratados como estrellas o han estimulado la libido de las múltiples jóvenes que los admiraban por haber sido capaces de realizar actos sobrenaturales. Fuera de lo común. Caso, por ejemplo, del odioso Richard Ramírez quien durante su juicio, no sólo estaba rodeado de decenas de seguidoras deseosas de entregarse a él sino que recibía habitualmente unas cuantas fotos de mujeres desnudas dispuestas a todo y, de hecho, incluso una de ellas terminó casándose con él ya estando en prisión. Precisamente por haber sido declarado culpable de los horrendos crímenes de los que se le acusaba. De ser inocente, muy probablemente le hubiera pedido el divorcio o le hubiera plantado el día señalado.

Uno de los grandes problemas que encuentro al escuchar hablar sobre asesinos es la hipocresía. Mentiría si dijera que no he deseado matar a dos o tres personas a lo largo de mi existencia. Hace más de un año apareció un fantoche en mi vida que no quería pagarme el alquiler de un local. Me desafiaba e insultaba por teléfono. E incluso intentó sobornarme. Pero fui lo suficientemente sensato y paciente para llevar el tema a los tribunales que, tras largo tiempo, me dieron la razón. Pero antes de que el asunto estuviera encauzado, cuando me amenazaba con venir a casa para darme una paliza si seguía llamándolo para cobrar mi alquiler, fantaseé en muchas ocasiones con meterle unas cuantas patadas y romperle la cabeza contra la pared.

Veía los filmes de Scorsese e, inmediatamente, me imaginaba en el papel de De Niro y Pesci rompiéndole la nariz con mis nudillos y no contento con ello, luego pateándosela hasta destrozarla por completo. Por supuesto, culminaba esas fantasías, imaginándome que le orinaba por todo el cuerpo y a continuación, haciéndole una foto y dejándola en su billetera para que la tuviera de recuerdo allá donde despertara. ¡Ojalá en el infierno! Allí donde seguro que se encuentra Richard Ramírez quien no sólo se presentó a su juicio con un pentagrama sino que invocó varias veces el nombre del Maligno delante del tribunal y a varias de sus víctimas les hizo jurar amor eterno a Satán antes de ejecutar sus carnicerías habituales.

En otra ocasión, estuve a punto de contratar a alguien para que le diera una paliza a mi abogado. Un señor que, aprovechándose de que me encontraba en México sin nadie en que apoyarme, me hizo perder un trabajo muy importante. Meses después, un policía me dio el teléfono de varios matones. Por 100 euros le daban un susto. Por 200 euros una fuerte paliza. Y por 300, lo enviaban al hospital. Los precios de asesinarlo no quise preguntarlos. Me sentía tan enojado con aquel estúpido leguleyo que llamé a uno de aquellos teléfonos donde me explicaron los pasos a dar. La mitad del pago al principio. La otra mitad al final. Ellos me enviarían fotografía certificando el «trabajito», como le decían. En fin. Lógicamente, me paré a reflexionar y minutos después ya había olvidado el tema. Pensé que tenía toda mi vida por delante y, en el mejor de los casos, acabaría con total seguridad arrepintiéndome de este acto. Teniendo remordimientos de conciencia. En el peor, en la cárcel. Aunque por supuesto, tenía pensado que el día que diera la orden, tendría un billete de avión de regreso a España.

Afortunadamente, no seguí adelante. Y hoy me siento satisfecho por ello. De hecho, no puedo evitar sentir pena por aquel hombre divorciado de dos mujeres, con varios hijos a su cargo, atrapado en un trabajo al que dedicaba más de 14 horas diarias y que para salir adelante tuvo que joder momentáneamente mi vida. Como la de quien se le pusiera delante. Aunque, en el fondo, tal vez me hiciera un favor. Porque lo que apareció después fue mejor.

Dicho esto, volví a preguntar (en esta ocasión, por curiosidad) a un amigo hace unos meses los precios de las palizas y me comentó que ahora por 100 euros envían al hospital a la víctima. La violencia por lo que veo es lo único que (al contrario que los alimentos y el transporte) está siempre de rebajas en México. Precisamente lo que fascina de los asesinos seriales es que no suele existir un móvil económico detrás de sus actos en la mayoría de los casos. Si alguien le hubiera dado 1000 dolares a Ramírez por ejecutar uno de sus crímenes, lo hubiera tomado como una afrenta y hubiera escupido sin dudas a quien tuviera esa ocurrencia. Si algo caracteriza a estos tipos es actuar vocacionalmente. Y eso también los distingue del resto para bien o para mal. Shalam

أفضل طريقة لعدم التعاسة هي ألا تتوقع أن تكون سعيدًا

La forma más segura de no ser miserable es no esperar ser feliz

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….ambigüedad y desafio……
    2ºimagen:….lo veo un poco aspecto jim carrey……..sonrisa…..
    3ºimagen:…..aqui si que esta desequilibrado….he perdido y me llevare todo lo que pueda por delante…..
    PD:….https://www.youtube.com/watch?v=BbVjgaY842M…..la mascara…jim carrey….cuban pete….

  2. Alejandro Hermosilla on

    1) Estamos Mick Jagger y yo en el mundo. 2) No me arrepiento de nada. 3) Mi único amigo es el Maligno. PD: muy Michael Jackson

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