Davis

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Entiendo perfectamente que el personaje, Davis McAlary, interpretado por Steve Zahn en Treme fuera el más controvertido de la serie. Muchos espectadores lo amaban, otros lo detestaban y algún crítico incluso se animó a realizar un artículo explicando las razones de su fobia. Quiero aclarar que yo soy de los que disfrutaba con Davis y no de los que lo sufrían pero sé que la naturaleza del personaje se prestaba a todo tipo de controversias. De hecho, existía algo en Davis que no resultaba creíble o que al menos hacía pensar que alguien tan cerebral y obsesivo como David Simon no terminó de pulir sus aristas al máximo: su alocado optimismo. Su comportamiento, en cierto sentido, descerebrado que, por otro lado, casaba bien con su sensibilidad. Con su corazón de niño grande y respetuoso que lo mismo protegía con eficacia a sus novias como estallaba de rabia porque no le dejaban pinchar su tema favorito. Y con la misma ilusión y escaso sentido de la templanza se gastaba los últimos dolares que le quedaban en el bolsillo en una colección de discos que honraban la memoria de míticos bluesmen como se inventaba un extraño combo de rap y jazz u homenajeaba a James Brown en  el escenario con increíble desenfado.

Muchas veces, Davis no actuaba como un adulto sino como un adolescente. Desde luego, parecía no haber perdido ni la fuerza ni la vitalidad y capacidad de regenerarse propias de esa edad porque se levantaba de golpes que hubieran hecho a muchos pensar seriamente qué estaban haciendo con su vida, con una fuerza inusitada. Enviando “fucks” a medio mundo y escuchando a todo volumen incombustibles temazos de soul. Davis, en realidad, no tenía nada de filósofo. Simplemente, vivía la vida. Se dejaba ir. Pero siempre lo hacía con cierta actitud “rockera”. Porque Davis, indudablemente, tenía “groove”. Pero un “groove”, eso sí, a veces excesivo que casi lo convertía en una marioneta. Más en una parodia de un aficionado del rock que en la viva imagen de lo que el espíritu del blues y el soul puede hacer con un muchacho de New Orleans, que es lo que pienso que Simon quería transmitir con el personaje.

No obstante, también puede ser que Simon hubiera elaborado meticulosamente a su personaje de la forma en que lo conocemos. Que no fuera fruto de un descuido sino de un plan bien calculado. Eso sería lo lógico hablando de Simon y no lo contrario. Además, en gran medida, el rock es precisamente eso: mantener un grado de inocencia inalterable y no permitir que nunca se vaya de nuestra vida el adolescente que fuimos. Pues eso significaría la muerte. La llegada de una vida adulta que ni está ni se desea que llegue, como demostraba la actitud de Davis. Un pulmón de emociones contradictorias cuya colisión en vez de debilitar su fe en la existencia, lo fortalecía.

Davis es como el niño que juega al fútbol dentro del equipo más débil y, a pesar de ser consciente de su inferioridad, lucha como un jabato e incluso se da el gusto de meter un gol. Es, sí, el alma de su club y por ello, aunque salga derrotado, en ningún caso se lo verá llorar o lamentarse. De hecho, aun con el rostro desencajado y lleno de tierra y heridas, todavía tendrá fuerzas para alzar sus manos, saludar a sus compañeros y darles un discurso confesando lo orgulloso que está de su esfuerzo. Motivo por el que creo que, finalmente, me acabó gustando el personaje. Porque Davis conseguía indudablemente transmitir pasión por la música. De hecho, su personalidad no se entendía sin ella y hasta el menor de sus gestos y pensamientos respondía al código no escrito del rock. Pues Davis era un volcán enérgico. Un trallazo de vitaminas. Una camisa de flores siempre a punto de abrirse. Una prueba de que la música del diablo esconde ciertas píldoras rejuvenecedoras en su interior y que quien consagra la vida a ella nunca se aburrirá. De algún modo, está destinado a navegar los acontecimientos diarios como si fueran olas del mar. Transformar cada día en el último. Y convertir añejas barras de bares en las que suenan saxofones atronadores y se sirven bebidas parecidas a pócimas mágicas, en su despacho de trabajo. Shalam

إِنْ كَانَ فِي الْجَمَاعَةِ فَضْلٌ فَإنَّ فِي الْعُزْلَةِ سَلاَمَةٌ

La estupidez insiste siempre

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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