El desafortunado

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Contra todo pronóstico, Nelson Van Alden (Michael Shannon) es el gran personaje de Boardwalk Empire. Un hombre cuyo periplo vital refleja a la perfección que un sistema corrupto termina enfangando antes o después a todos los que participan de él. Debo confesar que en la primera temporada de la serie, cada vez que lo veía aparecer, me cargaba. Deseaba que algún cochino gángster acabara de una vez con este obsesivo y cabezón policía puritano. Nelson Van Alden era un hombre chapado a la antigua que exhibía tal pulcritud que recordaba a esos repelentes empollones de escuela. Uno de esos hombres tan rectos y bondadosos que acaban produciendo arcadas y demuestran que la existencia del mal es un acto higiénico divino.

Nelson Van Alden era el descerebrado hombre de la ley. Si la ley hubiera dictado que era justo y necesario matar a un niño, no tengo dudas de que Nelson hubiera limpiado su pistola, se hubiera asegurado de que tenía todas las balas cargadas y hubiera disparado sin mostrar emoción alguna ni por, supuesto, compasión. Porque la líbido de este mediocre policía con alma de funcionario se excitaba, ante todo, cumpliendo órdenes aunque éstas fueran erradas. Era un perrito faldero que salivaba con cada prohibición o detención y ante cualquier uniforme, rememorando probablemente funestos traumas de una infancia que imaginamos visceralmente represiva. Pues durante los primeros capítulos, a Van Alden sólo le faltaba la sotana para convertirse en un monaguillo. Parecía, de hecho, un predicador o un cura que había encontrado una salida a sus traumas y dudas existenciales en el cuerpo de policía. Un muerto en vida, en suma, encargado de acabar con la fiesta de tiros, sexo y alcohol habitual en Atlantic City.

No obstante, la cabezonería de Van Alden era tan desmesurada que, al poco tiempo, comenzaba a resultar interesante. Porque además, iba lentamente mostrando sus debilidades, vicios y perversiones sexuales a medida que flirteaba con el mal. Probando que justicia y crimen son dos enveses de la misma moneda; que muchas veces, son los temperamentos religiosos los que más fascinación sienten por el crimen y viceversa; y que, en cierto sentido, la extrema vocación de los hombres justos no esconde en ocasiones, más que un deseo incontenible (frustrado y reprimido hasta la saciedad) por una vida de pasión en los márgenes de la ley.

Desgraciadamente, para este Eliot Ness de segunda fila su conversión al mal no lo transformaba en un deslumbrante demonio, en alguien temible y respetado, sino que hacía de su vida una huida hacia ninguna parte. Un purgatorio de insondable dolor. Una cloaca que hacía que su muerte fuera más deseable que las innumerables humillaciones que debía sufrir. Las cuales terminaban por transformarlo en el personaje más humano y creíble de la serie de la HBO. Haciendo de cada una de sus apariciones, un acontecimiento. Un momento de inigualable tensión artística.

Nelson Van Alden era la imagen del infortunio por excelencia. Un nerd de principios del siglo XX cuya vida era la pura encarnación de la ley de Murphy. De la absoluta desolación de los fracasados. Y ante todo, era un inmenso personaje porque era más ambiguo y real que cualquiera de los grandes caracteres de Boardwalk Empire. Nucky Thompson parecía más un mito que una persona real. Era la típica personalidad estrella que dirigía turbios negocios con puño de hierro. Al verlo caminar y gesticular, sabíamos que dudaba pero no teníamos tan claro si sudaba. E, igualmente, muchos de los despiadados gansters que aparecían a lo largo de la serie, respondían punto por punto a los tópicos decenas de veces filmados sobre su legendario mito. Eran maquiavélicos y carismáticos. Pero Nelson Van Alden no. Nelson Van Alden era mediocre. Nelson Van Alden era el vecino de al lado. Un vendedor de planchas que siempre estaba sudando. No tenía un respiro. Despedía contrariedad y mala suerte. Y por ello mismo, acababa transformándose en alguien real. Ese compañero de trabajo cuya mirada agria y vencida refleja a la perfección, las montañas de mierda escondidas bajo las entrañas de cualquier ciudad moderna y el sórdido paisaje mental que dejan las balas tras ser disparadas. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

La amabilidad es la forma más segura del desdén

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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