La oficina

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Más que unas sátira, The office -la versión americana- era una gamberrada. Puede que Greg Daniels tuviera dudas en los inicios de la serie sobre cómo realizar de manera más efectiva el enésimo “esto es lo que hay” capitalista pero, afortunadamente, conforme se fueron sucediendo los capítulos, su producto se transformó en una gozosa macarrada. Un acorazado televisivo que disparaba bombas en todas direcciones y se carcajeaba de su propia sombra. Un Saturday night live con vocación de obra menor que iba poco a poco dejando de lado las formas y las normas, hasta convertirse en un anárquico disparate. The office era una obra rodada a la manera de un documental pero que, en realidad, parecía un musical. A nadie le hubiera extrañado que sus protagonistas realizaran sus hilarantes monólogos entonando una melodía o verlos trabajando mientras movían los pies y alzaban los brazos al compás de una música. The office no era sólo una parodia de los documentales sino una parodia de la comedia. Casi todos los actores se encontraban “on fire” y llevaban al límite su gestualidad. Muchas veces parecían a punto de romper la pantalla o traspasarla y que más que golpear a sus compañeros con sus mordaces críticas, lo que deseaban era destruir al espectador. The office era un puñetazo al estómago. Algo parecido a comer un desayuno lleno de bollos y dulces en los que alguien hubiera puesto unas gotas de ácido. Veneno para el confort y la rutina. Con desparpajo inaudito y naturalidad suicida conseguía retratar y casi que convertir en su motor, todos esos momentos off the record que pasamos en la escuela y el trabajo y se acaban transformando (mal que nos pese o no seamos capaces de reconocerlo) en su guinda: las bromas y ácidas críticas sobre los compañeros. Además de un sinfín de conflictos y envidias que mostraban con claridad esas personalidades esquizoides y bipolares que normalmente quedan camufladas por montañas de papeles y las montones de horas de rutina.

The office tenía la virtud de hacernos reír con lo banal. Con los tiempos muertos. Con todas esas reuniones inservibles, remodelaciones de plantillas e interminables jornadas de entrevistas a las que el americano medio dedica horas y horas de su vida. The office era un prueba muy clara de que en la empresa actual el trabajo consiste más en pensar la manera más eficaz de trabajar que en realizar las tareas más elementales. Michael Scott, el rutilante protagonista de la serie, era el maestro del escaqueo. ¿Qué hacía realmente en su trabajo? Básicamente, ejercer de bufón. Su puesto justificaba cualquiera de sus comportamientos y actitudes. En realidad, la visión de The office de las sociedad norteamericana no estaba tan lejana de la de Los Simpson. Tal vez por ser dibujos animados, en Los Simpson el disparate social quedaba más profusamente reflejado pero The office tampoco dejaba títere sin cabeza. Porque había temporadas en que uno dudaba de que alguien trabajara realmente en esa oficina y tenía muy claro que si Michael Scott era el jefe lo era más porque le quedaban bien los trajes y tenía cierto aire aniñado que lo convertía en alguien dócil y adaptado que por sus verdaderas capacidades. Que, por otra parte, a nadie importaban. Pues todos los empleados de la compañía de papel Dunder Mifflin se encontraban allí por el dinero y para huir de sí mismos. Casi, casi, me atrevería a decir para pasar el tiempo o cumplir con cualquiera de los “espectrales” sueños del americano medio.

The office, en definitiva, demostró que a estas alturas, no hay norteamericano que no sea un nerd. Que todos somos nerd. Uno de ellos, esa masa de huesos y donuts llamada Dwight Schrute, se convirtió por ejemplo en el “foco de atención” de la serie durante varias temporadas. Algo comprensible porque pocos personajes han retratado con tanta visceralidad al trabajador medio norteamericano. Alguien con una enorme vena agresiva sublimada por su deseo de ascender y conseguir unos cuantos dolares más. Dwight Schrute -que bien podía haber protagonizado Happiness de Todd Solondz y desde luego, haber aparecido perfectamente en muchas de las canciones de The fall- era en realidad, un punk. Un nihilista que no se suicidaba porque su necesidad de competir y ascender eran superiores. Porque su sangre se estremecía, su corazón se agigantaba y empezaba a salivar en cuanto un superior lo piropeaba o mimaba un poco su “ego”. Era, en suma, una prueba de que entre el oficinista medio y los feroces psycho killer cuya fantasmagórica presencia llena tantas películas “slasher” apenas hay un paso. De hecho, esto es lo que hacía Dwight en The Office: asesinar la concordia, el compañerismo y cualquiera de esos valores “progres” que en su superficie “defiende” el capitalismo pero no son parte intrínseca de su “ser”. Del voraz tiburón.

Vista con el paso del tiempo, creo que The office deja muy claro que los norteamericanos empezaban a estar hasta los cojones de lo políticamente correcto. Que necesitaban un Trump o alguien que pusiera los pies en la mesa y si es posible comiera unos cuantos macarrones con las manos. Más que nada porque The office estaba llena de humor infeccioso. Era una jocosa loa a muchos de los contenidos culturales y tópicos prohibidos por la socialdemocracia. Era pura subversión disfrazada de entretenimiento vulgar. Y en cierto modo, reflejaba una salvaje pulsión de brutalidad creciendo en el país que antes o después, iba a estallar. De hecho, The office nos decía con sentido del humor que si los norteamericanos no se matan entre ellos es porque tienen hamburguesas que compartir y una silla de escritorio en la que sentarse semanalmente. Que la empresa contiene al salvaje. Pero que, antes o después, alguien le pegará un tiro a su jefe y a continuación, se escuchará un berrido enorme procedente de Wall Street que será el preludio de la catástrofe. En resumen, insinuaba mientras le guiñaba el ojo a la cámara, que cualquiera de los contenidos del sueño americano dejaron de existir hace mucho tiempo pero su efigie se mantendrá refulgente en el horizonte mientras se siga imprimiendo papel dineroShalam

إِنَّ الرِّجَالَ لاَ تُكَالُ بِالْقُفْزَانِ، وَلاَ تُوزَنُ فِي الْمِيزَانِ

¿Te sientes solo? ¡Hazte esquizofrénico!

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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