Los monstruos

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The Munsters era una divertidísima y entrañable telecomedia que convencía por los detalles. Puesto que, siendo sus protagonistas una recreación de determinados personajes monstruosos de la Universal como es el caso de Frankenstein, Drácula o el hombre lobo; (es decir, la excentricidad personificada), su aspecto externo era útil e importante para provocar espanto, miedo o sorpresa en los incautos visitantes e invitados que, de tanto en tanto, accedían a la elegante y vetusta mansión que regentaban situada imaginariamente en el 1313 de Mockingbird Lane (California). Pero, ante todo, lo era  para comprender la peculiar óptica a partir de la que los integrantes de la familia interpretaban la realidad. Era por ejemplo tan sorprendente como divertido saber que la sobrina de Lily Munster, Marilyn Munster, una atractiva universitaria, era considerada un patito feo por sus parientes. Quienes, ante todo, sentían pena por ella. Y no cabe duda de que muchos de los momentos más disfrutables, relevantes y picantes de los episodios estaban relacionados con la particular perspectiva desde la que cada uno de los miembros de esta atípica y maravillosa comuna de cómicos, crepusculares y esperpénticos vampiros y seres del Averno abordaban los sucesos más cotidianos.

Por otra parte, existían ciertos gags que se repetían a lo largo de los episodios que también eran sumamente disfrutables como era el caso de los jueguecitos de Eddie Munster con el dragón Spott y las apariciones del murciélago Igor o Charlie el cuervo. Pero, sin dudas, el jugo de cada episodio se encontraba en la melosa relación de Lily y Herman llena de distópicos halagos y consideraciones sobre la belleza y la sociedad realmente desternillantes además de, claro, las anécdotas escolares de Eddie y, ante todo, cualquiera de las correrías, sentencias, consejos o historias narradas por el, a mi entender, personaje más carismático de aquel elenco: el Abuelo Drácula. Un señor que hubiera merecido un spin-off para él solo puesto que con cada una de sus apariciones lograba transformar una serie tan disparatada como ésta en creíble. Le daba empaque y elegancia además de un toque y tono de humor negro y surreal que convertían los minutos de los que disfrutaba en cada episodio en relevantes.

Creo de hecho que la serie hubiera alcanzado más trascendencia aún si el Abuelo se hubiera dedicado a rememorar sus hazañas en Transilvania y su desembarco en Norteamérica y así se le hubiera dado una continuidad histórica a la genealogía de la familia. Por más que es obvio que The Munsters era mucho más liviana que todo eso. Apostaba por el humor fino pero directo. Y basaba su éxito en los extraños puñetazos y diálogos de sus personajes y no tanto, claro, en la búsqueda de un origen. Una instantaneidad que, entre otros motivos, hizo que la serie conectara perfectamente con la contracultura rockera necesitada de freaks y personajes no convencionales para crear su mitología subterránea; llegando a convertirse en una referencia central de grupos como The Cramps, discográficas independientes y bandas de quinceañeros fascinados con la manera en que los guionistas jugaban y le daban la vuelta de manera deliciosa a todo tipo de tópicos establecidos.

Había algo ciertamente paradójico y encantador en The Munster. El hecho de que, a pesar de que sus protagonistas poseían un aspecto atemorizador, existía mucha más bondad, educación y dulzura en ellos que en el ciudadano medio norteamericano. Algo que ayudaba a la elaboración de una serie de reflexiones irónicas sobre algunas de las grandes mentiras de la sociedad de consumo. Puesto que, siendo los monstruos, (los “diferentes”), tan carismáticos, benévolos y complacientes podía pensarse perfectamente que las personas normales eran las malvadas o al menos que no eran tan magnánimas como deseaban aparentar. En gran medida, por tanto, The Munster eran una crítica a la rigidez social. Un elogio de la diversidad y la extrañeza. Un reflejo en un espejo expresionista de una sociedad que se contemplaba orgullosa en los anuncios de Marlboro y se buscaba en la imagen angelical de sus presidentes pero que probablemente tuviera un fondo espiritual más aterrador (no hay más que remontarnos a las causas de la muerte de Marilyn Monroe para corroborarlo o del atentado contra J.F.Kennedy) que la imagen externa de las creaciones de Allans Burns y Chris Hayward.

Es por todo lo dicho anteriormente, que puede considerarse a The Munster (y por supuesto, también a la serie hermana, La familia Addams), un puñetazo de guante blanco contra la hipocresía. Una especie de amable psiconálisis oculto de una sociedad norteamericana dispuesta de alguna forma a contemplar su monstruosa faz en la pantalla en medio de todos estos terremotos sociales acaecidos durante los años 60 que terminarían por levantar decenas de fantasmas psíquicos, producir revueltas y asesinatos además de poner de manifiesto un sinfín de fantasmagóricas experiencias llevadas a cabo por el capitalismo feroz con tal de prevalecer sobre el comunismo e imponer las reglas del mercado. Esas que convierten a los que no las siguen en disidentes, momias del pasado o, sí, monstruos. Habitantes de viejas mansiones y vetustas cavernas. Shalam

الثروة هي لمن يتمتع بها. ليس للشخص الذي يحتفظ بها

La riqueza es para el que la disfruta. No para el que la guarda

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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