Los niños galácticos

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Debería tener yo nueve o diez años cuando contemplé y disfruté plenamente del primer episodio de Galáctica, estrella de combate, (1978) como se la conoció en España. Éramos niños y además nos encontrábamos en un verano de aquellos de la infancia, eterno y feliz. Por lo que no le pedíamos una calidad excesiva a las series que contemplábamos en la pequeña pantalla. Simplemente con que nos entretuvieran tras la hora de la comida, -antes de volver a confundirnos con la arena y el mar- ya nos dábamos por satisfechos.

A esto se debe, supongo, el grato recuerdo que tengo de mediocres productos como El coche fantástico, El gran héroe americano o El equipo A con los que no desperdiciaría un solo minuto de tiempo de mi vida actual a no ser por remembranzas nostálgicas o la siempre evocadora revisión de sus soundtracks que a tantos buenos momentos nos remiten. De hecho, debo confesar que basta con ponerme a escuchar la sintonía hortera cantada por Joey Escarbury, “Believe it or not”, mientras se deslizan las imágenes de presentación del extraño e hilarante producto protagonizado por William Katt y puedo ponerme a llorar. Extrayendo de mi memoria algunos de los momentos más felices y sagrados de mi existencia. Como si yo fuera Proust y la acaramelada melodía, la sonata de Vinteuil. Algo que puede contribuir a explicar mi amor por la música italo-disco que, de alguna forma, fue el estilo melódico que con más insistencia sonaba en los casettes que me bajaba a la playa para hacer aún más amenos los baños y con el que aprendí a bailar entre libros de Salgari, partidos de fútbol en la arena e incursiones en el mar soñando agarrar peces con los dientes y devolverlos a la vida. Sin darme más importancia. Casi como si fuera una alga o un caballito de arena que disfrutara por el mero hecho de encontrase vivo. Y no pidiera nada más a cambio.

Explico esto porque aunque una posterior revisión de algunos de los capítulos de Galactica estrella de combate que me fascinaron en su momento, me los ha revelado como defectuosos, llenos de efectos especiales impostados y, en algún caso, guiones apresurados, esto no ha conseguido atenuar la sensación de fascinación que aún siento cuando contemplo por unos instantes a la nave Galactica comandada por el General Adama surcar el espacio, a los cazas Viper de Apolo y Starbuck colocarse en la pista de combate antes de un despegue o las siluetas amenazadoras de los robots cylon que habían destruido, gracias a un ataque nuclear y la traición a su raza del conde Baltar, los doce planetas (llamados las doce colonias de Kobol) que los seres humanos habitaban. Y, por supuesto, que no puedo evitar que se me hinche el corazón cuando escucho la marcial y pegadiza sintonía compuesta por Stu Phillips de la que, más tarde, Giorgio Moroder se aprovecharía para realizar una de sus apasionantes sinfonías disco.

Tenía algo esa historia, desde luego, que era emocionante. Lo suficiente como para que un niño de 10 años no pudiera olvidarla. Y le perdonara -acaso porque no se diera cuenta- todos los defectos que el tiempo y mi crecimiento me han hecho evidente y que hizo que, por ejemplo, los muchos seguidores de Star Wars que se acercaron a verla en cines esperando una digna competidora de su saga galáctica favorita, se llevaran una dura decepción. Sin ir más lejos, esa estética de videojuego que provocó tantos abucheos entre los espectadores adultos de la serie en su estreno, me gusta bastante pues me hace rememorar mis primeras incursiones en el mundo de las videoconsolas o en las gigantescas máquinas situadas en centros recreativos. Pero entiendo que a quien no pueda relacionarla con juegos como Fénix (a los que habrá que dedicarles un escrito antes y después) se les haga insoportable.

De todas formas, es justo reconocer que la serie poseía ciertos detalles muy interesantes como el hecho de que el lugar buscado por las escasas naves que se salvaron de la catástrofe, (la legendaria decimotercera colonia), no fuera sino la tierra o que los nombres de los cazas o los personajes hicieran referencia a deidades griegas: Apolo, Atenea, Pegaso. Y me parece por ello comprensible que el tono y cariz mitológico de esta historia de tintes odiseicos envuelta en cierta imaginería egipcia que hacía un guiño a las primeras civilizaciones humanas y a las perdidas (La Atlántida, Lemuria, etc,) en su introducción, atrajera toda mi atención, más allá de la calidad de los resultados, durante mi niñez.

De hecho, pensar que existe otra raza de humanos en otro Universo  a los que podríamos encontrarnos en cualquier momento de nuestro desarrollo histórico como sugería el final de la serie donde se contemplaban las sempiternas imágenes de Neil Amstrong llegando a la luna, se me antoja muy seductor. Tanto como la de que al aterrizar de un hipotético viaje especial, lo hiciéramos en el futuro y allí nos lleváramos la sorpresa de que nuestro planeta, como consecuencia de la devastación producida por una guerra nuclear, se encontrara dominado por una raza de monos inteligentes que es la idea que se desarrollaría en la novela de Pierre Boulle, El planeta de los simios, sobre la que ya habrá tiempo de hablar más adelante. Como también lo habrá para referirnos a ese enmarañado viaje psicodélico hacia el Siglo XXX narrado en el cómic Los náufragos del tiempo de J.C. Forest y Paul Guillon que narra las peripecias de un hombre que se ha mantenido  vivo en una cápsula durante diez siglos y despierta en un futuro áspero y libidinoso, con todo tipo de tintes surreales, que parece salido de un ralo sueño de Lewis Carroll.

En cualquier caso, -y más allá de mi memoria emocional- he de reconocer que la primera Galactica nunca fue una gran obra. Y, desde luego, su continuación en 1980 es un desastre que únicamente se salva por la idea de fondo que sostiene toda la saga que, a pesar de todo, dada la plana realización, puede llegar a hacerse insoportable. Por lo que, en esencia, Galactica estrella de combate hubiera permanecido más como una serie de grandes ideas que de grandes resultados de no ser por el remake estrenado en 2003 ideado por Ronald D Moore que la llevó a otra dimensión y que sin ser una obra maestra, sí que estuvo en muchos momentos a la altura del mito que narraba.

Lo cierto es que a pesar de que la serie estuvo prácticamente 6 años en antena, yo no la conocí sino por casualidad. Me encontraba en Seattle por cuestiones de trabajo y antes de volver a España, decidí acudir al museo de ciencia ficción y experiencia musical de la ciudad (Seattle’s Experience Music Project/ Science Fiction Museum) y justo allí, tras visitar una exposición sobre films de horror y realizar una suculenta travesía musical protagonizada por el espíritu de Kurt Cobain, me dirigí al piso superior con la intención de visitar una nueva exhibición y cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré de frente, y casi sin esperármelo, con algunos de los originales cazas de la serie original (también usados en la nueva versión), una maqueta gigantesca de la nave Galactica y todo tipo de información y documentales sobre la nueva versión realizada por la que comencé rápidamente a sentirme intrigado.

Esta experiencia, obviamente, me hizo recordar uno de los textos esenciales de Sergio Pitol, El viaje, donde relata uno de sus estancias en Rusia y cómo allí encontró en una sala del Museo Pushkin de Moscú, una acuarela de Matisse, Peces rojos, que le había fascinado en su infancia y sintió que más ante una experiencia estética se enfrentaba a un trance místico, una revaloración instantánea del mundo, de la continuidad del mundo. Porque en absoluto, más allá de ciertos momentos muy espaciados en el tiempo, recordaba yo a la flota comandada por William Adama y, de repente, ser capaz de tocar el caza que yo observaba obnubilado de niño durante mis estancias en mi casa de la playa, me hizo interiorizar mejor la máxima central de la obra del escritor veracruzano, “todo está en todas las cosas”, y desde luego conectarme interna y externamente con los tiempos libres e infinitos que habían desembocado en la posibilidad de que este encuentro se hiciera realidad y cerrara un círculo vital cuando ni siquiera me lo había planteado. O más bien, me rindiera ante el flujo incontenible de la vida y su carácter abierto a todo tipo de revelaciones y sorpresas. Además, desde luego, de apuntar en mi agenda la imperiosa necesidad de contemplar la nueva traslación a la pantalla de esta mítica serie televisiva que, por cierto, terminé de contemplar ayer.

Tal vez sea pronto para afirmar algo sobre ella. Aunque probablemente sea el momento adecuado pues tengo muy fresco el recuerdo de sus cuatro temporadas repletas de ideas vibrantes y momentos interesantes pero también de ciertos vacíos evitables y bastante confusión que, desde luego, necesitan un amplio análisis para dar cuenta de ellas en toda profundidad. Algo que confío hacer próximamente, aunque lógicamente a mi manera, (intentando escuchar su discurso profundo más que centrarme en temas y peripecias), si es que la salud y el tiempo lo permiten. O no acaece antes una catástrofe. Lo que, visto el rumbo que llevamos como humanidad, no debería sorprendernos. Pero ruego a Dios que no suceda dado que aún no hemos desarrollado la tecnología suficiente para surcar el espacio durante años en busca, como los personajes de Galactica, de nosotros mismos. De esa fe y confianza perdida en el ser humano que ciertos productos de ciencia-ficción, con un determinado componente naif, intentaron reactivar cuando ya se había pasado la época del flower power y las drogas duras, el escapismo y el consumismo comenzaban a convertirse en los paraísos artificiales más transitados. Aquellos que prometían llevarnos a una tierra de estrellas de las que no descenderíamos ya más. Hasta que la caída de las torres gemelas de Nueva York sacó definitivamente a Occidente de esa especie de cápsula falaz en que vivía encerrado. Para siempre y jamás. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Acaso sea una pena ser viejo, pero lo cierto es que no lo es todo el que quiere

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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