Mi nombre es Walter White

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¿Quién fue Walter White? Me parece que esa será la pregunta que, con el tiempo, prevalecerá sobre el resto de cuestiones que se  plantearán conforme pasen los años y el recuerdo de esa memorable serie televisiva, Breaking Bad, se vaya alternativamente desvaneciendo y agrandando en la mente de sus seguidores. Unos responderán que fue un ser malvado, un ser egoísta enamorado del poder y el dinero. Capaz de todo, absolutamente todo, para conseguir sus objetivos. Otros que fue un producto de las circunstancias y que su comportamiento, en realidad, no habla tan mal de él sino de la sociedad que lo creó. Para algunos, será un prototipo de héroe moderno y habrá quien piense, entre los que me cuento, que es uno de los personajes más complejos nunca construidos para la televisión; resultado en parte de todas las hipótesis recién mencionadas. Lo que supongo que hará que se formulen tantos o más análisis acerca de su figura que sobre la del mismísimo Tony Soprano. El para mí, hasta ahora más carismático personaje creado por y para este medio.

No sé si puedo aportar mucho sobre este fascinante sujeto. En realidad, -al contrario que con Tony Soprano- yo nunca he sentido miedo de él. Siempre le he tenido confianza más allá de los perversos actos que pudiera cometer. No me he sentido herido por sus muchos asesinatos cometidos. Pero en realidad, ahí radicaba su peligro; dado que podía ser tan amenazador y pernicioso como aquel. De hecho, llega a convertirse en uno de los  narcotraficante más temidos y buscados de un país repleto de ellos. Y su comportamiento en determinados momentos traspasa todos los límites éticos. En cualquier caso, la genialidad de Vince Giligan consigue que observemos sus actos y comportamiento con total normalidad y lleguemos a disfrutar de su esquizofrénica transformación en Heisenberg (Dr. Hyde). Posiblemente porque Walter White no se representa únicamente a él mismo. Sino a muchos más. Millones de personas que viven sometidos a un sistema perverso   porque no tienen otro remedio. Pero en el fondo, dado el odio que éste genera, les gustaría en algún momento, aunque únicamente fuera uno, cometer los mismos actos criminales que el antiguo profesor de química. Pues preferirían ser temidos y respetados que amados. Lo que habla bien a las claras del cáncer mental inoculado dentro de nuestro mundo. Que es en el fondo el tema de Breaking Bad. Como se deriva del hecho de que ninguno de los personajes que aparecen involucrados con la droga disfrute ni del dinero generado por ella o de la paz y tranquilidad que su posesión podría concederles. Al contrario, sus actos cada vez les generan más stress y problemas en una escalada que no se detiene hasta terminar con las vidas de cada uno de ellos. Como si la enfermedad real que afecta al señor White se fuera contagiando a las personas que se relacionan con él fuera de su casa o el instituto en que trabaja.Probablemente, el “mal” se encontraba desde hacía mucho tiempo incubándose en su interior, dado el rencor que guarda a su antiguo socio Elliott Schwart por el éxito que tuvo con la empresa, Gray Matter, que co-fundó con él y de la que se apartó justo antes de que comenzara a despegar. Pero no se pone de manifiesto hasta que le es detectado el cáncer del pulmón y comienza a tomar conciencia del negocio construido alrededor de la enfermedad; cómo el sistema sanitario privado norteamericano es capaz de jugar con vidas humanas y disfrazarlo de absoluta normalidad en lo que supone un acto de hipocresía y violencia ante el que no le quedará más remedio que reaccionar sino quiere además de abandonar a su familia físicamente, dejarla arruinada. ¿Esto justifica a Walter White? No lo sé. Pero sí entiendo que al menos le da una coartada, una razón para empezar a actuar como lo hace. Le ofrece un relato a partir del que cualquiera de los actos que realice tendrán cabida dado que es el sistema capitalista quien saca fuera su odio y frustración escondidas teniendo en cuenta que  se encuentra sustentado en la ley del talión o la del más fuerte y posee características puramente maquiavélicas. Es, por tanto, heredero directo del Antiguo Testamento. Y únicamente llegando a convertirnos en Dioses; derramando la sangre de quien no nos obedece o escucha, quien se opone a nuestros deseos y creencias, es que podemos destacar, sobrevivir por encima de sus normas destinadas a favorecer a quienes se encuentran en la cima de su pirámide. Lo que hace a White un héroe de resonancias bíblicas y estatuto divino que siente la entera justificación para matar a quien se oponga a su voluntad. Y no tiene reparos en mentir y manipular cuantas veces sea necesario puesto que, de alguna forma, como Yahvé cuando decidió acabar con las ciudades de Sodoma y Gomorra, siente estar haciendo justicia. Y si no es así, como Dios que es, se puede permitir de quitar de en medio una cuanta escoria de la tierra, porque le gusta y por sus cojones, como le confiesa a su mujer en el último encuentro que tienen antes de partir a ajustar definitivas cuentas con este mundo e irse hacia el otro.

Al fin y al cabo, si nos damos cuenta, Walter White no mata prácticamente a nadie que no lo merezca; que no esté, de alguna forma, en falta y no viera, por lo tanto, el Dios airado del Antiguo Testamento con agrado su muerte. Ok. Sí. La novia drogadicta de Jesse. Pero ¿no estaba ella de alguna forma en pecado? La transformación de Walt en Heisenberg es para mí compleja porque no consiste tanto en la caída en el mal de un hombre bueno sino en la progresiva conversión de un ser humano en Dios. Y su lucha contra otros Dioses que desean controlar la ciudad, el país y si pudieran, el mundo. Llegado un momento, traspasan una línea, y a partir de allí, no hay vuelta atrás. Podrán ser humanos momentáneamente, durante cierto tiempo pero antes o después tendrán que asumir sus responsabilidades divinas y luchar contra los demás para demostrar quién es el más fuerte y verdadero (“el auténtico capo”) en una batalla sin fin en la que la droga no deja de ser la mera excusa a través de la que consiguen situarse más allá del bien y el mal. Un mundo nitzscheano donde no existe moral válida y se compite por ser más cruel que los demás (o al menos demostrar que se tiene esa capacidad) que es lo que no termina de comprender, por ejemplo Jesse Pinkman; condenado a pasar un suplicio que sólo encontrará justificación en cuanto su ignorancia le permitirá finalmente salvar el pellejo; ser el único de los personajes principales involucrados directamente en la compra-venta de droga que sobrevivirá. Precisamente por no haber cruzado esa línea en la que se pasa a ser Dios. Que es lo que siente Walter White a partir de un momento determinado -como antes lo hicieron muchos de los traficantes a los que se enfrentó- haciéndole enamorarse tanto de su trabajo como de su nuevo rol y personaje, Heisenberg, que no es que interprete, sino que disfruta experimentando hasta sus últimos límites. Y termina por apoderarse de él para siempre tras cinco impresionantes temporadas que dejan claro -me parece a mí- que el ego es la droga más adictiva y peor que existe. Mucho más que esas pastillas azules que son consumidas con frenesí por todo tipo de personas en medio mundo. Y que son en el fondo, -tal y como se nos plantea aquí- una especie de suero para perdedores; un analgésico para todos aquellos que no han tenido la valentía de levantarse sobre sus cenizas y se encuentran necesitados de un producto que les haga sentirse por unos instantes en el cielo. Que es lo que hará bajar a este mundo Walter White cada vez que acabe con alguno de sus muchos enemigos. O al menos, así le gustaría que sucediera. Y si no, ¿qué importa? Pues al fin y al cabo, pasando a la otra frontera, puede experimentar el reconocimiento y el respeto que siempre quiso. Tanto es así que no veo para nada casual -más aún teniendo en cuenta su extrema inteligencia así como su detallismo y cuidado con las pistas que pudiera dejar- que olvidase precisamente en el baño de su casa aquel libro, Hojas de hierba, donde se encuentra la dedicatoria de Gale que permitirá a su cuñado, Hank, comenzar a hilar cabos y comprender que Walter White y Heisenberg son la misma persona.

De hecho, probablemente, más que el bienestar de su familia, el  deseo subyacente y oculto del señor White es conseguir el respeto de sus semejantes. Que se reconozca lo inteligente que es como hace Hank antes de morir. Y para él, hubiera sido una tragedia irse de este mundo sin sentir que hasta la última de las personas que la conocieron o tuvieron un pequeño trato con él, (como es el caso de aquella vecina que se asusta al verlo rondar por su casa horas antes de que expíe sus pecados consumando una venganza ritual) no eran conscientes de su potencial como ser humano por más que lo desarrolle maquiavélicamente. Y, en este sentido, diría que su trágico epílogo es premeditado.

Al fin y al cabo, sabe que tampoco le falta demasiado para morir a causa del cáncer de pulmón. Lo que sí que sería una auténtica desgracia. Y prefiere hacerlo en pie. Matando. Llevando al límite la personalidad a través de la que alcanzó todo aquello que no pudo conseguir en su (otra) vida. Sabiendo que nadie podrá olvidarlo y que todos se estremecerán al escuchar su nombre más allá de su muerte. Como lo hacen todavía el bueno de Job y el patriarca Abraham al oír la voz de Yahvé; o lo harán todos aquellos que revisen una serie que, por méritos propios y contra pronóstico, se encuentra allí donde únicamente pueden llegar unas elegidas (Los Soprano, Twin Peaks, La dimensión desconocida) pues ha conseguido profundizar hasta extremos muy agudos en el alma humana sin dejar de divertir y conmover ni tener porqué ralentizar la acción. Ha vuelto a lograr que derramemos unas lágrimas tras ver a Walter White caer al suelo ensangrentado (en un final, eso sí, un tanto previsible e insatisfactorio realizado para contentar al máximo posible de público) mientras escuchamos un tema, “Baby blue” de Badfinger, que, como el “Don’t stop believing” de Journey con el que concluye de manera impresionante Los Soprano, forma desde el primer momento que lo escuchamos de nuestra memoria emocional. Para siempre y jamás. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

La riqueza es para el que la disfruta y no para el que la guarda

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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