Roma

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Roma, la serie de la HBO, era el punto medio exacto entre una superproducción bélica y un retrato histórico. Entre el espectáculo, la reflexión, un ensayo y una novela. Una meditada, didáctica, pedagógica y divertida visión de la Roma eterna centrada en su período más conocido y divulgado: su paso de República a Imperio y la posterior batalla, tras el asesinato de Julio César, entre Octavio y Marco Antonio.

De hecho, tal vez fuera ese el único defecto de la serie. El que los guionistas y productores decidieran centrarse en un momento histórico tan conocido. Lleno de magnetismo y personajes más propios de un sueño fantástico, sí, que de la realidad, pero demasiado manido, estudiado, filmado, comentado y loado una y otra vez por las voces de los más extraordinarios artistas. Pues sólo de imaginar a Lucio Voreno y Tito Pullo -los dos soldados protagonistas- en otras épocas de igual interés histórico pero que prácticamente no han recibido adaptaciones cinematográficas como pudieran ser cualquiera de las guerras púnica o, por ejemplo, los períodos comprendidos en los últimos cien años del Imperio, he de reconocer que se me hace la boca de agua.

De hecho, creo que ambos personajes hubieran sido ideales para mostrar la incertidumbre y decadencia del Imperio Romano en sus últimas décadas. Hacerlos combatir en medio de un mundo donde ya se presentía la caída de Roma y sus huestes se encontraban muchas veces en franca inferioridad frente a sus enemigos.

stoleneaglevercObviamente, Roma era ampliamente disfrutable. Pues era capaz de que percibiéramos tanto los entresijos de la alta política y de los grandes personajes históricos como los distintos episodios de la vida de dos soldados. Las costumbres de la época y el clamor de la guerra. Y era además, tanto un homenaje a la sensualidad venusiana como a la marcialidad de Ares. Exprimía perfectamente las diferencias entre sexos ofreciendo una espectacular visión de un mundo donde los hombres, por lo general, se correspondían con el arquetipo del guerrero y las mujeres eran intuitivas, vengativas y sensuales. Serpientes enroscadas dentro de los constantes flujos de lucha por el poder.

Un aspecto sensacional de la serie, sin dudas, era su realismo. El lujo de decorados y la amplitud de horizontes con la que estaban firmadas las batallas. Roma relucía esplendorosa, permitiendo que toda su historia se actualizara y se hiciera comprensible. Los complots y combates, por ejemplo, eran filmados con absoluta naturalidad en medio de un horizonte vital en el que era mucho más común el sentido del humor que la piedad; la crueldad que la santidad; la violencia que la paz; y el orgullo que la modestia. Y, sin necesidad de demasiadas explicaciones, se comprendía perfectamente un mundo, el romano que, en cierto sentido, nos es mucho más familiar que el de épocas posteriores. A veces parece casi contemporáneo nuestro.

627052_601820_2448x3264-2Una de las grandes virtudes de Roma radicaba en que no sólo nos mostraba la maquinización de los soldados. La majestuosidad de un ejército entrenado para matar y conquistar la gloria, acostumbrado a superar las más duras pruebas. Eso, al fin y al cabo, lo habíamos visto muchas veces. Era casi una costumbre del género histórico o del Péplum.

Lo importante aquí es que, al fin, más allá de los grandes generales, asistíamos a la humanización de las tropas. A las dudas, amores, problemas y derivas vitales de los grandes olvidados de los frescos históricos.

Lucio Voreno y Tito Pullo formaban una pareja creíble. Absolutamente complementaria. El uno más reflexivo, el otro más impulsivo. Uno, el típico cupido latino, el otro más retraído. Ambos feroces luchadores y aventureros con un amplio sentido del honor y la amistad que, no obstante, podían romper ante cualquier amenaza, pues se encontraban entrenados para matar. Eran en su más amplio sentido del término, guerreros que probablemente no hubieran podido disfrutar plenamente de una época de paz. Y sabían que su vida consistiría básicamente en saltar de peligro en peligro hasta la muerte, honrando el nombre de un Imperio capaz de aunar las más diversas voluntades para su causa. La eternidad y la conquista interminable.

Ambos dos eran, sin dudas, el gran acierto de la serie. El rostro humano de la vastedad histórica. La prueba fehaciente de por qué, durante años, Roma fue indestructible e inexpugnable siendo a la vez muy humana. Un altar al vicio y la corrupción llena de destrucción, sostenida por el alma estoica de hombres capaces de soportarlo todo. Los peones de un juego totalitario llevado a cabo para goce de unos cuantos dioses lejanos, exportados de Grecia.

615688_rome_279No parece nada casual, por otra parte, que Roma se rodara durante los años de apogeo de la administración Bush. Tras los atentados del 11-S, EUA buscó asideros y excusas de todo tipo que justificaran su posterior cruzada contra el mundo islámico. Ese trasvase que llevó a cabo desde un imperialismo “blando” a uno “duro”.

De hecho, dejó de ocultar sus intenciones y, a la vista de todos, se lanzó a una guerra que obligó a decenas de ensayistas y politólogos a buscar ejemplos aleccionadores en la historia occidental que dieran sentido a sus afanes bélicos entre los que destacaban los cientos de conquistas emprendidas por la Roma Republicana e Imperial. Y, en fin, astuta e inteligente, oteando el interés por el tema y las pulsiones instintivas de la nación norteamericana, la HBO puso a todo un granel de guionistas -con “la bestia” John Milius a la cabeza- a trabajar para responder a los designios megalomaníacos de un pueblo que, durante unos años, se creyó destinado definitivamente a controlar los destinos del planeta entero. Transformarse en el dragón que quita y extiende los pecados del mundo a su antojo. El centro neurálgico al que llegaban todos los caminos. Shalam

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Todos escuchan lo que dices pero los verdaderos amigos escucharán lo que no digas

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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