Closer

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Hay algo en el testamento de Joy Division, Closer, que huele a Edad Media. A clásico. Y atemporalidad. No sólo por la impresionante portada diseñada por Martyn Atkins y Peter Saville a partir de una fotografía de Bernard Pierre Wolff de la tumba de la familia Appiani situada en el Cementerio Monumental de Génova (Italia). O por haber sido grabado bajo una bóveda de estuco con la intención de lograr idéntica resonancia que la de una capilla. Sino por su atmósfera. Esa guitarra contenida e inquietante que rasga el espacio y tortura el sonido. Ese bajo y esa batería de una profundidad infinitas que asemejan piedras cayendo en pozos. La manera de cantar de Ian Curtis parecida tanto a la de un sacerdote (tal vez un papa) de una negra secta como a la de un neurótico que comandara un manicomio. A la de un profeta y a la de un loco. Un eremita y un esquizofrénico. Un anciano y un extraño y arisco adolescente. O a la de un reo condenado a muerte sufriendo una pesadilla la noche antes de ser sacrificado.Y, sobre todo, esos sintetizadores rayados, casi brillantes y opalescentes, pero también grises, cuyas notas parecen proceder de otra época. Surgir del limbo o un purgatorio de almas bendecidas y malditas por igual. En definitiva, por su intrigante y austera concepción musical nunca jamás conseguida por nadie, capaz de convocar un sin fin de imágenes espectrales. O de suscitar incógnitas. De tal forma que al escuchar el disco se tiene la impresión de acceder a una catedral. Pasear por los pasillos de un monasterio cuyos integrantes jamás han salido de sus compuertas. Leer un libro sagrado cuyas líneas se van borrando, difuminando al contacto con nuestra vista por algún motivo oculto, diabólico. Contemplar el mar con un catalejo desde un torreón solitario. O tener entre las manos un viejo sello basado en el Apocalipsis. Puede uno además imaginarse estas canciones sonando por ejemplo en la mente de un leproso. Sobrevolando una ciudad devastada por la peste. Ilustrando escenas de sadomasoquismo vicioso en un monasterio. O atravesando los cielos en medio de una de las cacerías del Ku Klux Klan. Porque son creaciones decadentes. La descripción de un inevitable ocaso. Una mirada profunda a los ojos de la muerte. Una conversación silenciosa con un anciano decrépito. Y el torturado cuerpo de varios jóvenes encerrados en prisiones. O en faros. Alejados de dios y los hombres en mansiones arrasadas por la enfermedad y las llamas de la maldad.

Closer es, desde luego, un disco literario. No sólo porque su lenguaje nunca aterriza en la realidad, flota envuelto dentro de una depresión sin descender al mundo cotidiano, sino por su temperamento visionario y autodestructivo. Su estructura rota, suicida que pareciera haber surgido de la mente de Kafka antes de lanzarse a los abismos y ser descuartizado por tres suntuosos, elegantes buitres. De hecho, la tensión que rezuma es ideal para ahondar, penetrar en los pasadizos de un castillo. Caer en los barrancos. Porque es capaz de escarbar en la oscuridad, a partir de la sugerencia. Conseguir que cada canción parezca una metáfora y cualquiera de sus textos un enigma indescifrable. De tal forma, que aunque su propuesta suene aún actual, y fuera capaz en su momento de recoger la rítmica y aliento de su presente, terminó por asaltar el palacio de la eternidad. Lo que la hace ideal para trazar las perversas coordenadas de una novela que transcurriera en una imaginaria Edad Media. Tal vez en medio del Barroco. O al final de romanticismo. Puesto que sus acordes enrarecidos, violentos y disformes se acoplan perfectamente con los frescos sexuales del Marqués de Sade, los puñales expresionistas de Thomas Bernhard o la mística destructiva que hay tras cualquier texto de Georges Bataille. Probablemente porque son el cruce rabioso e insólito entre el punk y la música eclesiástica. Una misa y un eructo. El séptimo sello de la música contemporánea.

Creo además que Closer recoge perfectamente la esencia punitiva y maldita de ese Occidente descrito por Michel Focault en su Vigilar y castigar. Es incluso más que los discos punk, la creación que mejor ha transcrito el No future. Mejor ha comprendido la trascendencia de aquel grito. Porque es el nihilismo hecho música. El testamento no escrito de Robert Musil. Un lienzo musical que podría haber sido compuesto por Egon Schiele o el Werner Herzog más salvaje. El álbum ideal para describir la desolación del continente europeo, el rostro de Klaus Kinski en la tumba y el ambiente de un campo de concentración alemán. La quimera de la modernidad. Y la destrucción de toda esperanza. Siendo en definitiva, un sombrío presagio que anuncia con suma lucidez el futuro estallido del estado de bienestar y el incendio de cualquier aspiración de solidaridad social. La llegada de una nueva Edad Media. Y una nueva peste: la soledad  y el aislamiento. El pérfido, fatal individualismo que como un ángel negro devora las cosechas trayendo consigo el hambre y el lamento. La era de la desgracia. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

Todos ladran pero sólo algunos perros muerden

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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