El patrón

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¡Fuera prejuicios! No sólo los norteamericanos consiguen forjar series de televisión universales. Que nos hagan gozar y pensar a partes iguales. Reflejen su identidad específica y al mismo tiempo, revelen secretos de la condición humana. Mencionar el nombre de Colombia tanto en el plano cinematográfico como televisivo, apenas provoca un arqueo de cejas en el cinéfilo. Una mirada mustia que sugiere abulia e ignorancia. Mayores impresiones causa, eso sí, a los amantes de la literatura debido a García Márquez, Alvaro Mutis, William Ospina o Evelio Rosero. Pero, a falta de conocer mejor su cultura audiovisual, Colombia y la pantalla (grande o pequeña) me parece que no terminaban de casar hasta ahora. O al menos no totalmente, hasta la aparición de El patrón del mal. Una obra enorme. Gigantesca. Absolutamente recomendable. Que, sí, obviamente no es perfecta. Posee unos cuantos minutos melodramáticos que podría haberse ahorrado. Tampoco -¿era esto posible?- es absolutamente fiel a la verdad histórica. Se toma lógicas y necesarias licencias artísticas. Y puede que le falte cierta espectacularidad para finalizar a lo grande. Pero sin dudas, es un monumento televisivo. Para hacerme entender por los amantes de las series norteamericanas, es una mezcla entreThe Wire y Los Sopranos dentro del desprejuiciado, vivo, alegre y violento entorno colombiano. Es The Wire en cuanto a que, pacientemente, tomándose su tiempo, realiza una disección de los distintos polos y estamentos de la sociedad colombiana para que comprendamos no tanto las causas, sino el marco político, social e histórico con el que se fue entretejiendo el fenómeno del narcotráfico, permitiendo que una personalidad como la de Pablo Escobar Gaviria existiera y prosperara. Y es Los Sopranos en cuanto retrata en primera persona, a través de un intenso y conciso plano frontal, los más relevantes momentos de la vida del capo de la cocaína. Haciendo de paso un cabal retrato tanto de su familia como de sus socios del Cartel de Medellín. Pero, sobre todo, es ella misma. Porque El patrón del mal no necesita inspirarse en nadie para conseguir alcanzar cotas grandiosas. Realmente aleccionadoras y disfrutables. Sus creadores tenían en el pasado reciente, en el cercano recuerdo de las bombas, atentados, heridas y muertes, un material absolutamente explosivo, por momentos inverosímil, del que no sé si muchos países pueden presumir. Porque lo cierto es que si me dijeran que El patrón del mal es una ficción, una obra de realismo mágico (o sucio) apocalíptico -del tipo La virgen de los sicarios– sería más proclive a creer esta afirmación que si alguien se empeñara con libros y artículos de periódico en la mano en intentar demostrarme que lo que contemplamos en la pantalla, fue real. Y probablemente continúa -mucho más sordamente, eso sí- ocurriendo en Colombia. Una frontera que cada vez que he visitado -tres veces- me ha hecho sentirme vivo como casi ninguna otra, por más que su naturaleza tan intensa, eso sí, me hace pensar que es mejor amarla en la distancia.

Respecto al género, más allá de los muy logrados cruces entre imágenes reales y ficticias, El Patrón del mal desde luego no es innovadora. Ni lo pretende ni tampoco es necesario que lo sea. La planificación de las escenas es sencilla y efectiva. Y el argumento ha sido en muchas otras ocasiones llevado a la pantalla: la ascensión y caída de un gangster. ¿Cuál es entonces su grandeza? Para empezar, su honestidad y valentía. El mismo hecho de su existencia. El que fueran varias de las víctimas de la crueldad de Pablo Escobar, las que decidieran comenzar el proyecto. Y sin dejar de mostrar los rasgos sádicos y criminales de Pablo, gozaran de la suficiente lucidez para ofrecer un retrato de él ambivalente. Lleno de sombras, obviamente, pero también de luces. Porque no sólo es que quede absolutamente claro, que el patrón era un hombre con una inteligencia superior. Maquiavélica, diabólica y sobrecogedora. Sino que por momentos, se nos hace simpático. Absolutamente familiar. Pudiendo comprender de tal forma sus motivaciones que no resulta extraño que deseemos que sus planes (aunque en ellos se incluya la muerte de inocentes) salgan bien o suframos el golpe cuando cualquiera de sus carismáticos sicarios son eliminados por las fuerzas del “orden”. Un hecho muy meritorio, teniendo en cuenta que lo sencillo hubiera sido retratar a los narcotraficantes como psicópatas. Salvajes ladrando en la jungla colombiana. Perros con la lengua fuera clamando por sangre y dinero. Y al contrario, sin ocultar su crueldad, conseguimos comprender sus motivaciones. Entender el escaso valor que concedían a la vida. Y que su lucha, siendo errada, poseía cierto mérito y sentido. Para empezar porque cuestionaba el mandato de una clase política y empresarial que, en gran medida, no se diferenciaba de los bandidos que deseaba combatir. Y en gran parte, debido a su escaso empeño en acabar con las desigualdades, fue corresponsable del surgimiento de titanes del mal como Pablo Escobar.

De hecho, como se ha recalcado en decenas de ocasiones, el gran error del maligno emisario fue intentar introducirse en la política, porque allí se encontró con el poder en estado puro. Y personalidades por lo general tan o más retorcidas que él, quienes temerosos de que su temperamento pudiera enardecer a las masas, no dudaron en utilizar cualquier ardid para frenar su presumible asalto a la presidencia, desenmascarándolo como narcotraficante ante la sociedad en su conjunto. Y probablemente este fracaso además del empeño de los distintos mandatarios en extraditarlo a él y a sus socios hacia EUA, fueron el principal desencadenante del monstruo (ya en ciernes) en que se acabó convirtiendo. Porque hasta ese momento, Pablo, sí, había demostrado ser un peligroso villano pero como se ha encargado de reiterar su lugarteniente, John Jairo Velásquez “el Popeye”, no preocupaba en exceso a la sociedad colombiana de los 70 o los 80. Una época en que las fortunas logradas por el contrabando de cocaína no eran juzgadas de manera excesivamente negativa. Eran vistas como algo festivo, y anecdótico, casi folklórico y popular, en cuanto muchos de aquellos nuevos ricos, como fue el caso de Pablo Escobar en sus inicios, no dudaban en repartir ese dinero entre los desfavorecidos, construir casas, ayudar a equipos de fútbol y mejorar infraestructuras. Además de que supongo que el ciudadano común y humilde, pensaría que de alguna forma, esos ingresos descomunales de dinero terminarían por favorecer sí o sí a la sociedad en su conjunto.

En cualquier caso, si se trata de referir las razones por las queEl patrón del mal es de obligado visionado, es imposible no citar la extraordinaria interpretación que realiza Enrique Parra de Pablo Escobar Gaviria. Realmente, una de las más grandes simbiosis de un actor con un personaje que jamás he contemplado. Tanto es así, que de haber sido la serie producida por EUA, estoy seguro de que este actor estaría ya consagrado en el Olimpo junto a los más grandes: Marlon Brando, James Gandolfini o Bryan Craston. Porque Enrique es literalmente Pablo Escobar. No es que consiga hacer creíble al personaje sino que se convierte en él. Es el mismísimo Pablo Escobar resucitado quien respira a través de Parra, volviendo a revivir los años en que ejerció con mano de hierro su dominio sobre el país, poniendo en jaque al gobierno hasta convertirse no ya en uno de los hombres más ricos del mundo -llegados a un límite, esto ya era lo de menos- sino de los más temidos. Aunque, obviamente, Enrique Parra no se encuentra solo. El elenco de actores que lo acompañan realiza por lo general, un trabajo bastante convincente. Notable en la mayoría de los casos y en otros -Christian Tappan (Gonzalo Gaviria) o Anderson Ballesteros (Jerson “El Chili”) sobresaliente. Poniendo el rostro y el gesto necesario al lienzo dantesco de la descomposición de la sociedad colombiana que con tanto arrojo y valor ha conseguido trazar Carlos Moreno. El director de una superproducción de Caracol Televisión realizada casi con espíritu de un filme de autor, en cuanto que no censura nada. Y muestra sin caer en la truculencia o el efectismo -más allá de cierto melodramatismo y guiños tarantinescos- lo que debe ser visto para que tanto los colombianos como muchos de los extranjeros que crecimos escuchando noticias de asaltos continuos y violentos crímenes en las calles de unas Medellín, Calí o Bogotá en llamas, poseamos al fin una idea general bastante clara, acertada de lo que sucedía en aquel país donde durante unos años, era un milagro continuar vivo. No sufrir ningún daño por un motivo u otro.

No recuerdo dónde leí que uno de los problemas de El patrón del mal consistía en que no explicaba las causas de la violencia colombiana. Pero ¿es necesario hacerlo? ¿No se pueden contemplar con absoluta claridad entre líneas? Pongámonos por un momento en la piel de uno de los sicarios de segunda fila de Escobar. ¿Qué posibilidades le ofrecía una sociedad donde la justicia siempre juega en beneficio de los poderosos y apabulla a los débiles, se humilla a los trabajadores honrados y la corrupción se encuentra extendida por todos los ámbitos? ¿Quién no pensaría o tendría ganas en circunstancias de absoluta exclusión social de golpear a los poderosos con el mismo rigor que lo hacen ellos y de paso conseguirse un dinero? Las causas pueden ser muchas o una sola. La ausencia de amor entre los seres humanos. O la absoluta desigualdad entre clases. Y de alguna forma, El patrón lo deja claro aunque no sea su objetivo principal. Porque su propósito -comenzar a reflexionar tras una breve pausa sobre el horror sucedido y realizar un complejo retrato de Pablo Escobar- lo consigue con creces. Tanto que, en lo que se refiere a mí, su final me ha dejado huérfano y falto de referencias. Entristecido, como sólo las más grandes series han conseguido hacerlo. Pues contemplar El Patrón del mal, no sólo es una puñetazo frontal al estómago, una intensa y recomendable vivencia sino una de esas experiencias que dan sentido a la vida. De las que permiten comprender profundamente al ser humano en estado puro. Un visceral terremoto de contradicciones. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

La liebre no come la hierba cerca de su guarida

Encabezado_Averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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