La dimensión desconocida: David Lynch

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El primer artista cuyo nombre acude a mi mente a la hora de hablar de agujeros negros es -¿podía ser otro?- David Lynch. Algo lógico teniendo en cuenta su interés por la meditación y sus métodos creativos, bastante bien explicados en el más que recomendable libro Catching the Big fish: Meditation, Consciousness, and creativity. Desde luego, su forma de penetrar y reflejar los agujeros negros de la conciencia es subyugante. Y permite comprender cómo ha conseguido hacer avanzar su cine dos peldaños más allá del clásico, situándolo en un lugar sumamente personal con el que -no importa lo elaborada y refinada que sea la forma en que nos presenta sus historias- apenas es posible conectar si no es de forma instintiva,

En realidad, creo que esto ocurre porque su arte (sobre todo, desde Twin Peaks) tiene la intención, la secreta ambición de explorar la tercera o cuarta dimensión. Es una inmersión por los agujeros abisales de la conciencia y los laberintos mentales. Un viaje a través de nebulosas en medio del que aparecen reflejos de vidas pasadas, sueños, trasvases temporales, y espacios paralelos entremezclados creativa, caleidoscópicamente por una mirada artística desatada que prefiere pecar por exceso que por contención. Y fuerza la fusión, combustión y engranaje de elementos discordantes allí donde el sentido racional y pautado del argumento narrado comienza a derrumbarse. Haciéndolo derivar en algo “diferente” a lo previamente estipulado.

En este sentido, David Lynch me parece uno de los primeros hombres capaces de liberar la esquizofrenia de la clínica y considerarla como un fenómeno creativo. Abordándola como consencuencia de un estado mental en constante movimiento, abierto a cientos de posibles interpretaciones que permite romper, como de alguna forma señalaba Deleuze en su Anti-edipo, las rejas racionales a través de las que el padre Estado ha maniatado a sus hijos. Convirtiéndolos en sumisos súbditos desde la Segunda Revolución Industrial a cambio de alimento, ocio, comodidad y confort (vuelta al útero enmascarada bajo el nombre de sociedad del bienestar).

Hace poco, he vuelto a revisitar la segunda temporada de Twin Peaks (de la primera no hablo pues es directamente una joya) al igual que su precuela, Fire walk with me, y he de reconocer -que a pesar de algunos errores a veces insufribles,- ambas me parecen, vistas hoy en día, un canto, una oda como pocas se han escrito jamás a las bondades del inconsciente. Son un canto pleno de magia y nocturnidad sobre la capacidad de contener, crear y transformar la realidad del cerebro humano. Órgano que es mostrado como una habitación conectada con todos los espacios y épocas, formas animales animadas e inanimadas, vivas y muertas. Contribuyendo a dar una visión del mundo disforme, dúctil, maleable, ensoñadora y peligrosa y, por ello mismo, fascinante, intrigante y temible. Pues al fin y al cabo, la libertad con la que procede Lynch es total. Casi radical. Tanto que permite explicar el pavor que gran parte de la sociedad siente a los artistas. La mayoría, condenados a vivir en una especie de agujero negro desde el que miran sin ser vistos y hablan sin ser escuchados. Algo que, por otro lado, tal vez sea sumamente positivo para que puedan extraer y sacar a la luz los fantasmas y muertos que habitan en su interior, devolviéndoles la vida en alguna de las dimensiones o mundos paralelos que nos rodean y que con tanto esmero, rigor y, en algún caso, ironía y pavor retrata el cineasta norteamericano en sus films. Shalam

 الصبْر مِفْتاح الفرج

Es una locura amar, a menos que se ame con locura

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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