Nemo

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Creo que si el capitán Nemo no ha alcanzado un status aun mayor en la literatura universal del que posee fue porque la mente racionalista de Julio Verne se sintió obligada a explicar su origen. El interés y misterio que había generado su soberbia figura en Veinte mil leguas de viaje submarino, forzó a Verne a hacerlo reaparecer al final de La isla misteriosa y desvelar su origen y capítulos esenciales de su biografía, antes de hacerlo desaparecer para siempre. Resulta curioso. Pero por una de estas paradojas del mundo moderno, una obra que invocaba el misterio desde su título, terminaba por desentrañar una de las mayores incógnitas literarias de su época. Cinco años escasos transcurrieron entre la aparición y desaparición del capitán Nemo y puede uno imaginarse a miles de lectores interrogándose una y otra vez por él. Fascinados por su magnetismo que, de alguna forma, fue opacado, oscurecido enLa isla misteriosa a medida que confesaba a quienes lo escuchaban, las motivaciones de una vida sin igual. Extraordinaria y radicalmente distinta. Pero que hubiéramos preferido no saber. Porque la esencia de la literatura es el desconocimiento. Y durante un lustro, Nemo fue el no-saber. Una acuarela por rellenar. Magia elegante y suntuosa. La imagen de un barón medieval recorriendo los océanos que nadie podía explicar. Un hombre culto sometido a las pasiones e instintos generando un cúmulo de sensaciones contradictorias. El reino del caos sostenido a las espaldas de un intelectual malévolo y señorial. Un déspota de la nobleza y la verdad. Un asesino elegante con principios más rígidos y fuertes que el común de los mortales. Capaz con su sola presencia de provocar más incertidumbre y asombro que el fondo de las aguas. Porque Nemo, mucho más que el océano, era el verdadero motor de Veinte mil leguas de viaje submarino. Pues todo en la novela de Verne dependía de él. Incluso por momentos el destino de la humanidad. Y hasta los tiburones parecían respetarle. Sentirse cohibidos por su aura. Esos silencios, esas miradas profundas y perdidas, su talante extremadamente respetuoso y sagaz unido a una visceralidad, cierta pesadumbre y remordimientos que abrían compuertas a un pasado inescrutable que cada uno de los pliegues de su frente además de su mirada adusta y tormentosa, dejaba entrever como traumático.

Nemo era, sí, un hombre al que le habían robado el templo de la infancia. Eso se intuía. Y desde entonces se había dedicado a comandar una cruzada no tanto contra la humanidad sino contra el colonialismo. Pues era desprendido con las gentes despiertas y educadas, ayudaba por ejemplo a los revolucionarios griegos en sus luchas de liberación contra Turquía, pero no dudaba en bombardear cualquier barco de procedencia inglesa que encontrara en su camino. Convirtiéndose en la respuesta meditada y al mismo tiempo instintiva en contra del colonialismo occidental. Una manifestación de que los límites del terrorismo son difusos, amplios y que la violencia posee sus razones inexpugnables. Pues la mayoría de las veces es ejercida por los estados modernos: los mayores perseguidores del humanismo. Con lo que la venganza puede convertirse a veces en un acto ético. De justicia divina. O no. Un dilema moral planteado por Nemo que, unido a sus lagunas biográficas, lo convirtieron por un tiempo en un personaje de una profundidad ingobernable. El mes de octubre o el profundo invierno hecho carne. Un personaje, sí, que en manos de Dostoievsky hubiera podido igualarse a Raskolnikov. Un hombre torturado.  El gemelo oculto del capitán Kurtz. Un destructor de la ley que, a pesar de los simples (pero efectivos) trazos con los que lo describió el mago Verne, podía rivalizar perfectamente con el capitán Ahab. Algo en cierto modo imposible desde la publicación de La isla misteriosa y la revelación de que era un príncipe indio. Lo que nos demuestra que en literatura la mayoría de veces menos es más. Y entre decir y no decir, es mejor no decir. De hecho, todavía hoy, existen muchas personas que, a pesar de que el misterio fue desvelado hace más de un siglo, desconocen el origen de Nemo. Y ni siquiera se plantean en averiguarlo. Un rasgo de lucidez. Porque de esta manera, es que el capitán Nemo puede continuar convocando imágenes de pasadizos, calabozos, bombas, luchas fratricidas, viajes imposibles, galápagos y descomunales tragedias. Ejerciendo de fantasmagórico símbolo que no sólo ayuda a explicar la raíz del mundo sino del arte. Las razones por las que la literatura es un submarino que continúa surcando los océanos y tierras a pesar de haber sido destruida cientos de veces. Y de que su definitivo naufragio es inminente. Siempre es inminente. Shalam

ذَا كُنْتَ فِي قَوْمٍ فَاحْلُبْ فِي إِنَائِهِمْ


                       Los pequeños arroyos hacen un gran río

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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