Planeta salvaje

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Hace unos días contemplé Planeta salvaje (1973). Un film que posee un aura que lo hace especial que probablemente se encuentre relacionado con la magia que subyace detrás de sus imágenes. La rotundidad y la conciencia con la que Roland Topor (el dibujante), René Laloux (el director) y Alain Goraguer (el compositor de la banda sonora) sintonizaron y equilibraron sus esfuerzos armónicamente con la idea fija de adaptar de la forma más poética y bella posible la novela desarrollada en el planeta Yqam de Stefan Wuls, Oms en serie, acerca de los Draags (unos gigantes de piel azul tecnológica y espiritualmente muy avanzados) y los Oms (seres humanos esclavizados y amaestrados por los Draags).

Planeta salvaje es una película en que cada una de las partes funciona perfectamente por separado y cuando se suman, el resultado es equilibrado y magnético. Algo que únicamente puede ser entendible, debido a que los tres artistas habían ya colaborado anteriormente en dos cortos animados también muy recomendables como Les Temps morts (1964) y Les Escargots (1965). No era la primera vez, por tanto, que se unían para trabajar. Y dispusieron del tiempo suficiente para preparar con tranquilidad una obra que pudiera inmortalizarlos y dejara un recuerdo de su fecundo encuentro artístico para siempre. Los tres eran conscientes, por tanto, de encontrarse ante un proyecto especial. Y, desde luego, actuaron en consecuencia.

Por ejemplo, el soundtrack creado por Goraguer es tan evocador como efectivo. Su recurrente tema principal combina los efectos de una melodía tenue y bella con cierto tono marcial que, a través de sus frecuentes repeticiones, nos introduce de lleno en la historia. Contribuyendo a que la visualicemos inevitable. A que observemos con total normalidad lo que allí sucede (el control, muerte y constante sacrificio de salvajes, casi primitivos seres humanos por los Draags) sin por ello perder el hálito poético que subyace detrás de una historia terrible que nos es contada con delicadeza. Equilibrando la extrañeza y onirismo de las imágenes mostradas como la naturalidad con la que actúan sus personajes. Mismamente, su tonos progresivos y dejes psicodélicos contribuyen a que el espectador se deje llevar por las imágenes presentadas. Las disfrute como quien tiene la oportunidad de realizar un viaje (exterior e interior) de amplias dimensiones y resonancias. Los tonos melancólicos contribuyen a que nos adentremos en las tristes aristas de una película en que muchas de las creencias del ser humano son cuestionadas; a que vayamos haciendo nuestro el planeta en que se desarrollan los acontecimientos y que a escasos minutos de la proyección, creamos haber estado allí mucho antes, en otras vidas, o en otros tiempos. Y los tempos medios permiten que no perdamos el hilo, que sigamos tras los pasos de unos personajes descritos de forma adecuada: con un cierto distanciamiento que en absoluto significa que no exista implicación ni empatía hacia los mismos.

Por otro lado, Topor realiza un trabajo excepcional. Sin dejar de respetar ni adaptarse a la descripción de los Drags realizada por Wuls y siendo fiel en parte a la enigmática visión del planeta Yqam que podemos extraer de la novela, consiguió realizar unos diseños gráficos exquisitos y sumamente creativos donde dejó su impronta personal muy marcada. Al carácter lunático y neutro que necesitaba para adaptarse a las pautas del relato de ciencia ficción, le agregó lógicamente ciertas dosis de componentes surreales (entre Chirico y Dalí) que terminaron por dotar a lo representado de un aire histórico y totalitario. Absolutamente mágico. Pues a lo ya dicho, hay que unirle constantes y sutiles referencias a los lienzos del Bosco, a las narraciones de Carroll o a los retablos de maravillas propios del teatro negro de Praga que encajaban perfectamente con la historia descrita. La cual fue narrada por René Laloux con cierto reposo que permitía que nos adentráramos en ella al ritmo necesario. Sin prisas pero sin pausa. Con ágil suavidad. Llevándonos de la mano a su esperanzador final pero al mismo tiempo, permitiéndonos que sacáramos nuestras propias conclusiones. Mostrándose en todo momento como un humanista. Un hombre  que transitaba la ciencia ficción buscando metáforas y parábolas que iluminaran la condición humana, enseñanzas a través de las que intentar regenerar sus tejidos recuperables. Y encontró un medio ideal para representarlas en esta historia deudora de Rosseau y emparentada, casi hermanada, con las viejas y maravillosas aventuras de Gulliver descritas en su célebre libro por Johathan Swift.

Se siente, se percibe el espíritu de la época por estos fotogramas. El miedo a un apocalipsis nuclear, el deseo y la necesidad de que la convivencia entre los seres humanos -sean de la cultura que sean- fuera factible y la guerra fría concluyera. Pero la apertura mental y sexual de los 60 también late en ellos. Como los experimentos pedagógicos tan en boga entonces. O la semilla que estaban empezando a dejar las filosofías orientales en Occidente. Afortunadamente, todo este maremagnum de ideas encaja perfectamente (aunque hay partes del final que no me parecen del todo conseguidas) pues se encuentra a disposición de la historia y no al revés. Y termina por convivir en grácil armonía en una película que tiene el mérito de describir los mayores horrores prácticamente con un tono naïf. Con elegancia y sin revolcarse en lo escabroso. Siendo capaz de mostrar ciertas escenas, (aquellas en las que el humano redentor es usado como mascota por un Draag niño o esas otras en que son tratados y exterminados como si no fueran más que insectos) verdaderamente impactantes que consiguen el objetivo que se habían propuesto sus creadores: enseñar deleitando. Mostrar el más absoluto horror con dulzura y sencillez.

Por supuesto que es un placer contemplar Planeta salvaje. Una película que el tiempo tal vez ponga en el lugar adecuado. Porque tras ella subyacen tanto respeto al cine como arte como fascinación por narrar y crear. Algo que le confiere dignidad y le ofrece su estatuto de clásico disfrutable más allá de épocas y modas. En una sesión de cine surrealista, de ciencia-ficción o animado. No importa. Porque tiene la virtud de ser permeable y adaptarse a toda clase de gustos y paladares sin perder por ello su carácter de obra de culto capaz de tocar y remover ciertos resortes e instintos arquetípicos en cada uno de nosotros. Aquellos que hicieron que David Bowie le dedicara uno de los temas, Fantastic voyage, más sugerentes de Lodger. Un disco, como esta película, atrevido, sugerente y fascinante. Un viaje a través de Oriente subido en una alfombra mágica; los colmillos de un elefante muerto; el río Niger; la mirada de ciertos vendedores de ungüentos; o la de los magos en los instantes previos a su desaparición delante del público. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Cuando el carro se haya roto, muchos os dirán por dónde no se debía pasar

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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