William Burroughs

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Una de mis bandas sonoras favoritas es la realizada por Howard Shore para la adaptación llevada a cabo por David Cronemberg de la novela de William Burroughs, El almuerzo desnudo. Un texto que no me interesa tanto por lo que cuenta sino por las visiones y metáforas que se pueden extraer de él. Es decir, por las imágenes e ideas que me asolan cada vez que lo abro. Acto que, en cierto modo, conlleva algo de fe por parte del lector pues el libro del escritor nacido en una de las cunas del blues, San Louis (Missouri), funciona un poco a la manera de un ruleta rusa surrealista. Dado que a veces le golpea a uno con una frase o secuencia de hechos que le inquietan y dejan perplejo durante varios minutos y otras, pareciera que buceáramos en el aire, en el vacío y ni nuestra perseverancia ni nuestra búsqueda de encontrar sentido a la narración, sirvieran para nada en concreto.

Todavía, veinte años después de nuestro primer encuentro, pienso que leer muchas de sus páginas es un acto perturbador. Es un acto que cambia y deforma el espacio y realidad en que nos situamos. Pues la novela de Burroughs es uno de los escasos libros que me atrevería a definir como peligrosos. Lo más parecido a inyectarse droga por la vena. Aunque no sé si esta es la metáfora exacta. Algo que tampoco me preocupa demasiado, pues el encanto de esta novela sigue siendo, entre otros muchos, su dificultad para ser clasificada o analizada. Un hecho que, supongo, procede en parte de su carácter amenazador. De la capacidad de Burroughs de resumir en frases parecidas a nebulosas o rayos, algunos de los miedos ocultos insertos profundamente en la psique de la sociedad norteamericana debido al trauma migratorio, las guerras mundiales, el crecimiento económico y el surgimiento de la sociedad de consumo hábilmente vista por este bohemio, con alma de asceta, como un monstruo totalitario cegador.

De todas formas, no quería yo hablar hoy del libro de Burroughs sino de su banda sonora. Porque para mí responde exactamente a lo que yo demando y necesito cuando escribo: música que abra mis canales de audición, los deforme y transforme y me conduzca por varios territorios al mismo tiempo. Y a este respecto, este disco cumple todos los requisitos, porque a la mayoría de inquietantes pasajes orquestales compuestos por Howard Shore, se le une el etéreo, por momentos divino, inenarrable saxo de Ornette Coleman, cuya aportación contribuye a provocar un excitante desparrame auditivo. Una alucinación sonora embriagadora con leves resonancias arábigas y beatknik evocadora, experimental y melancólica. Y también poética y arisca, capaz de describir fielmente el estado esquizofrénico de la sociedad de la que surge. Sirviendo, por supuesto, como complemento ideal a las lisérgicas imágenes utilizadas por Cronemberg en una de sus más experimentales e incomprendidas películas; así como a la lectura de un libro que no sé si nació para ser leído de un tirón.

Yo, en concreto, lo he ido disfrutando, leyendo una o dos páginas cada cierto tiempo. Saboreando las imágenes que me venían a la mente durante minutos sin, en muchos casos, pedirle una explicación cabal. Puesto que precisamente surgen para romper con la idea de que todo necesita ser explicado, razonado, controlado. Y desde esa grieta abierta en nuestro cerebro, inducirnos a gozar de una experiencia mística, o repensar todos los conceptos que el sistema educativo ha deseado inculcarnos. Idea en la que Burroughs indagaría en algunos de sus interesantes libros posteriores, como es el caso de Las tierras de Occidente: un western onírico y espacial que culmina una trilogía en que desmantela y pone en tela de juicio todos los estamentos político-sociales norteamericanos y, en cierto modo, preanuncia la futura llegada de un Gobierno Mundial.

En realidad, lo que me fascina de la banda sonora compuesta por Shore es que conjuga la música espectral y orquestal con el jazz. Porque esto, como dije hace varios días, es lo que yo busco cuando combino varios Lps en mi computadora. De hecho, varios de los discos que más utilizo son también de Shore. Soundtracks como los realizados para La moscaInseparables o Existen Z que escucho en conjunción a veces con varios temas de Miles Davis, John Coltrane o, si encuentro el loop adecuado, Sun Ra.

Buena parte del libro El jardinero ha sido escrito así puesto que, de este modo, puedo concentrarme mejor en una historia oscura, muy oscura, por momentos psicótica, pero que al mismo tiempo intento que respire cierta libertad por sus poros y se abra hacia nuevos parajes.

Ahora mismo, por ejemplo, estoy trabajando en una escena curiosa, en la que el conde que la protagoniza, tras realizar una migración por unas llanuras desiertas, llega a unas montañas rocosas. En principio, sólo me iba a centrar en la relación entre un eremita que se encuentra allí y el conde, pero de repente de no sé de dónde, han empezado a aparecer pequeños seres que viven en ese hábitat. Una especie de monstruos con cuerpo de foca que, debido a su tremendo peso, viven en la orilla de un extraño río circular, en las proximidades de la cueva en la que el protagonista aprenderá una gran lección. Y lo cierto es que, aunque mi primera reacción, ha sido eliminarlas puesto que su presencia me hacía pensar en un relato de ciencia ficción, y no me gustaría que mi novela fuera considerado así, he decidido dejarlas. Pues, de esta manera, es que entiendo que el texto respira, yo desarrollo mi creatividad por lugares imprevistos a los que no pensaba llegar y, de alguna forma, dejo que la historia decida la mejor manera de plasmarse, convertirse en aquello que desea ser.

Esto es precisamente lo que busco, escuchando música de la forma más extrema u original que pueda encontrar: abrir mi mente. Encontrarme preparado para dar la bienvenida a los monstruos y sorpresas que soliciten acceso a la novela. No censurarme a mí mismo. Otro asunto, claro, es que resulte a veces difícil diferenciar lo que artísticamente funciona, de lo que sería una mera paranoia. Pero para eso están las correcciones y lecturas de nuestros textos. Para reparar en estos detalles.

En cualquier caso, siempre es mejor -pienso yo- excederse que contenerse. ¿Habría escrito Burroughs su obra de otra forma? Para cortar y quitar lo extremo siempre hay tiempo. Pero la mayoría de veces estamos reprimiéndonos. Por lo que veo más conveniente, soltarnos, dejarnos fluir y convertirnos en un canal para que los símbolos se muestren.

Esto, por otro lado, no nos asegura nada. De hecho, a mí este pasaje en concreto continúa sin satisfacerme. Y le voy a tener que dedicar toda esta mañana para quedarme más o menos tranquilo con él. Pero mentiría si afirmara que no me emociona ver a esos monstruos allí. Hay algo en ese tipo de sorpresas que me parece divino. Al igual que el saxo de Coleman en Naked lunch. Un delirio musical que consigue que contemplemos el mundo como si acabáramos de nacer. Y, en parte, como mensajeros angélicos, cuya misión es dejar la mente en blanco para que los dioses digan todo aquello que desean, necesitan decir, a través nuestro. Encontrando en nosotros colaboración, y no oposición. Actitud que será la que, antes o después, más allá de opiniones pasajeras, nos hará recibir las bendiciones, el abrazo, así como el masaje divinos. Y permitirá que nos bañemos en la fuente del amor, disfrutando de esta experiencia como si fuéramos niños. Shalam.

 القافِلة تسير والكِلاب تنْبح

El que espía, escucha lo que le desagrada

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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