Yo Claudio

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Uno de los grandes méritos de Yo, Claudio, la serie dirigida por Jack Pulman, fue que permitió vislumbrar las intrigas y entresijos del imperio romano como si formaran parte de una tragedia de Shakespeare y cada episodio fuera una escena alargada en el tiempo de la inmensa obra del autor inglés. Yo, Claudio era un truculento cruce entre Macbeth u Otelo que permitía comprender sin necesidad de ofrecer explicación alguna que el escritor de Hamlet no inventó nada. Porque los orígenes de la civilización, los grandes dramas y fantasmas brotaron, crecieron y se desarrollaron con inquina feroz a partir de las luchas por el poder no sólo entre los integrantes de distintos bandos o dinastías sino, sobre todo, entre los de la misma familia. En medio de los revueltos lazos de sangre. La teta de la que se mama y el semen que la alimenta.

Que el surgimiento de la cultura y el nacimiento de las primeras ciudades trajo consigo el mal e instituyó el reino del pecado lo dejaba claro, por ejemplo, la serie desde su tradicional obertura: la insidiosa imagen de una serpiente reptando en libertad sobre un mosaico romano en el que se encontraba retratado el emperador Claudio conforme sonaba una sinuosa melodía que anunciaba que lo que íbamos a contemplar era, exactamente, puro veneno. El principio del teatro de la crueldad. Traiciones sin fin, degollaciones y muerte. Rapacidad y vaginas exudando placer ante unas cuantas cabezas decapitadas. En suma, el poder ejerciéndose sin contemplaciones y sin más barreras que unos cuantos senadores defensores de la República. Mansos adalides de un Imperio -el romano- que comenzó a fracturarse desde su cabeza y para cuando se derrumbó, había dejado detrás suya una cohorte de personajes dictatoriales, extravagantes, narcisistas, corrosivos y violentos digna de aparecer en cualquiera de los círculos más profundos del infierno dantesco o en la historia de la infamia borgeana. De tener, en definitiva, su historia escrita en letras de oro en los anales de la historia del sadismo.

La grandeza de Yo, Claudio radica en conseguir que los espectadores nos hagamos cómplices de lo que narra y, sobre todo, de su protagonista: el sagaz e inteligente Claudio imaginado por Robert Graves. Lograr que sintamos que estamos asistiendo como testigos mudos a varios de los episodios más fastuosos (y terribles) de la historia de Occidente como si se desarrollaran en una habitación contigua a la nuestra. Pudiendo además entenderlos tanto intelectual como intuitivamente hasta el punto de que cuando contemplamos a un adolescente Nerón o atisbamos por primera vez el rostro de Calígula, no sólo vemos comprensible lo que sucederá a continuación sino que, de golpe, vislumbramos la magnitud pero, sobre todo, la realidad de aquello que narran los libros de historia. Esos tratados escritos en latín arrumbados debajo de los púlpitos donde monjes y reyes se besan mutuamente.

Para el éxito artístico de Yo, Claudio se alinearon muchos astros porque el minimalismo y la austeridad de los escenarios en que los que fue rodada -producto del escaso presupuesto con el que se contó- fue una limitación que se convirtió con el discurrir de los capítulos en una baza totalmente favorable a la obra. Por más que, acostumbrados actualmente a la sobria espectacularidad de las series de la HBO, cuesta en principio acceder a sus secretos. Familiarizarse con sus ritmos e intrigas. Pues Yo, Claudio es una obra anti-Star Wars y anti-Ben Hur. Prácticamente teatro hablado. Los decorados son de cartón piedra y aparentan ser más bien atrezzos de obras teatrales que paisajes reales de la Roma antigua. El circo romano, por ejemplo, no es más que un palco. Se intuyen las luchas y al público por unos rugidos, unos gritos enlatados que tal vez en su época sonaran creíbles pero ahora se escuchan totalmente sobreactuados. Y, sin embargo, no importa porque a lo que el tiempo no puede substraerle un ápice de belleza es al rostro de Derek Jacobi, Brian Blessed, Sian Phillips y, por supuesto, al de John Hurt. Un actor que en principio nadie podría relacionar con un demonio del mal como Calígula pero al que le basta una sola mueca para encarnar toda la violencia metafórica y real contenida en el cuerpo y mente del tirano. Un niño grande y terrible capaz de acostarse con un caballo, bailar con la sensualidad de una vestal romana y matar a sus familiares sin inmutarse.

En Yo, Claudio no hay apenas escenas que sobren. Todas tienen su sentido. Responden meticulosamente a un plan maquiavélico. Porque la serie muestra que los clímax y momentos cumbres de la vida son producto de decenas de actos, esfuerzos y escenas anteriores. Y si deseamos entenderlos, debemos estar atentos a ellas. Pues únicamente así constataremos cómo el arte y la vida se imitan mutuamente.

En este sentido, desde luego que la obra es ejemplar aunque probablemente también lo sea en otro involuntario. Pues se intuye que todo lo relatado en ella podía servir de espejo al país que la creó teniendo en cuenta que Inglaterra había ido cediendo y perdiendo poder a lo largo del siglo XX comenzando lo que se intuía una lenta pero segura decadencia similar a la romana retratada en la pantalla. Por tanto, de alguna forma, Yo, Claudio ejercía de psicoanálisis involuntario de la nación. Era un descomunal fresco que servía de ejemplo preventivo a los ciudadanos británicos puesto que describía minuciosamente cómo, con cada muerte no justificada y asesinato, en vez de acrecentar su leyenda, Roma la disminuía y se iba convirtiendo lentamente en un inmenso cementerio de su propia gloria.

Creo recordar que Godard subrayaba en sus Historias del cine que los cineastas ingleses no habían aportado prácticamente nada a este arte. Afirmación con la que más o menos -sólo más o menos- puedo estar de acuerdo, si tenemos en cuenta que, por contra, la contribución de sus dramaturgos al teatro fue inmensa. Descomunal. Como demuestra esta serie que huye de los trucos y espectacularidad que permite el séptimo arte e incluso de muchos de sus recursos técnicos tradicionales para transformarse en “otra cosa”: teatro hablado que trasciende al propio teatro. Un robo prometeico a la caja de caudales histórica. Vicio elegante. Medio cuerpo degollado de la loba romana servido en un plato fino para que los espectadores nos regodeemos con el mal. El orgasmo de la traición. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

                Los estúpidos elogian a los estúpidos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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