Agonía

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Franz von Stuck es, sobre todo, conocido por ser uno de los pintores más admirados por Adolf Hitler debido al siniestro resplandor que emana de un lienzo compuesto el mismo año que nació el futuro Führer: Cacería salvaje. Una obra en la que retrataba al dios de la guerra germánico, Wotan, con rasgos similares a los del sombrío canciller. Un sobrecogedor retrato que impresionó sobremanera al niño Adolf quien posteriormente siempre que pudo ensalzó el arte de Stuck y decoró sus habitaciones particulares con algunos de sus cuadros en los que vislumbraba mensajes proféticos y ocultos sobre el Tercer Reich.

No es extraño por ello que la obra de Stuck haya quedado vinculada al nazismo. Algo que en gran medida ha lastrado su recorrido por el tiempo dando lugar a toda una serie de equívocos similares a los que han sufrido las de Richard Wagner o Friedrich Nietzsche. Cuando, en realidad, su pintura es una advertencia. Alerta (y se recrea) de lo que podía ocurrir en Occidente debido al cada vez más hostigante totalitarismo racional. Describe la agónica reacción de la imaginación mítica y el espíritu dionisíaco en contra las luces ilustradas. Pone de manifiesto la pervivencia de los monstruos en el inconsciente y sugiere que antes o después se alzarán de nuevo sobre el planeta.

Ciertamente, Von Stuck era un simbolista menos refinado que los clásicos. Le importaban menos los detalles. Era mucho más directo y frontal. Las figuras míticas que representaban no eran fantasmas. Eran reales. Se hacían presentes. Reaccionaba a la agonía de la mitología, insunflándole vida. Convirtiéndola en absoluto. Transformando sus penurias a finales del siglo XIX en odisea heroica.

Von Stuck imponía su visión onírica de la vida. Era wagneriano. Un romántico sin melancolía. Describía el caos y el desorden con rigor marcial. Con disciplina militar.  Buscaba la belleza tan desesperadamente como la verdad. Sus lienzos eran puñetazos ancestrales contra la técnica. Sexuales odas a la carne y al vicio. Homenajes burgueses al malditismo. Un severo reconocimiento al lado oscuro y el mundo antiguo en crisis por la modernidad.

Pienso en Von Stuck e inmediatamente me vienen a la mente las heroínas obsesivas y neuróticas de Fassbinder o Lars Von Trier. Sus combates por la lujuria. Sus ansias obsesivas de destruir las rígidas paredes de su mundo a través de la sexualidad. Porque las mujeres de Stuck le pegan unos cuantos bocados a la manzana y esperan desnuda en sofás ondulantes a sus amantes. Prefieren morir que vivir prisioneras. Por lo que, a pesar de la gracilidad y dulzura que puedan aparentar, sus danzas son libidinosas. Son recreaciones del mal llenas de veneno. Apuestas por la aniquilación. Lascivas caminatas por los abismos en medio de las que resplandecen fuegos y astros caídos.

Von Stuck es un gigante oscuro. Me recuerda a Sacher-Masoch. Un hombre aparentemente inofensivo y servicial con sus vecinos al que puedo imaginar perfectamente tomando té en reposo cuyo mundo interior no obstante se encontraba lleno de perversiones. Visiones aciagas y monstruosas sobre un mundo que, a medida que se había ido domesticando y tornando en más familiar, se había vuelto más siniestro. Más inhumano. Hasta el punto de que tal vez sólo los rugidos de las bestias de la guerra y los misiles en el cielo, el advenimiento del mal absoluto, podrían reanimarlo y devolverle su misterio primigenio. Permitiendo que las risas de los faunos pudieran de nuevo escucharse entre los bosques oscuros y las paredes metálicas de las infernales fábricas Shalam

أثق بأولئك الذين مخطئون  أكثر من أولئك الذين يشككون

               Confío más en los que se equivocan que en los que dudan

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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