Centauro muerto

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Como todos los grandes creadores, Odilon Redon no era un hombre sencillo. Era bastante complejo. Nunca mató al niño y no cesó de emitir carcajadas a lo largo de toda su vida. Amaba el carnaval y la fantasía pero también los ambientes lóbregos y oscuros. En realidad, era muy consciente del deterioro del espíritu humanista. De la progresiva extinción de la vida colectiva y social. Por lo que sus lienzos festivos no eran odas sinceras a la poesía y a las artes. No emergen con total naturalidad sino que más bien son imposiciones de jovialidad. Llagas, cicatrices, heridas amables y a la vez un tanto melancólicas que retrataban un mundo que percibía amenazador y se resistía a ver caer y hundirse definitivamente aunque lúcidamente sabía que era imposible detener el golpe.

No obstante, el Redon más contemporáneo no era ni el que titubeaba y vacilaba respecto al destino del ser humano sino el que dictaminaba su decadencia y se recreaba de manera tanto morbosa como visionaria en la contemplación y caracterización de figuras monstruosas que iban creciendo lentamente en el inconsciente del mundo moderno. De hecho, el rastro de muchas de ellas se puede sentir de manera directa o indirecta en las creaciones de David Lynch o filmes del cariz de Alien o Hellraiser y comenzaron a alumbrar las pesadillas de nuestra civilización con idéntica fuerza que las narraciones de Poe (del que Redon era un ferviente admirador) y H. P. Lovecraft.

En cierto modo, Redon anticipó tanto el surrealismo como el expresionismo. Sus lienzos son una mezcla de ambos estilos con grandes dosis de tonalidades impresionistas. Y por ello no se encontraba tan interesado con la experimentación del color como Monet o Cezanne. De hecho, la disolución y amplificación de los pigmentos y tonalidades de sus lienzos no nos hablan tanto de una experimentación como de cierta fascinación por el ocaso. Gran parte de su obra es desde luego una salutación de la decadencia. Del hastío frente a las ilusiones modernas. Las viejas utopías y las modernas. La contemplación diletante e impotente de un mundo que se va y el advenimiento de uno nuevo que traería consigo nuevas realidades aterradoras que interpretar y con las que convivir.

Fruto probablemente de sus frustrantes experiencias infantiles, Redon era un hombre escéptico incluso cuando miraba el horizonte con los ojos de un niño. Le molestaba, eso sí, ser un profeta apocalíptico. No se encontraba cómodo con ese papel. Por lo que en sus lienzos reunía tanto símbolos como vestigios del pasado. Retrataba la crueldad y la violencia de manera mítica y recurrente sin cargar las tintas en ese demoledor porvenir que asomaba a la vuelta de la esquina del siglo XX.

Un importante aspecto de la obra de Redon radica en que sus monstruos no son tanto amenazadores como nostálgicos. Son engendros tristes que no remiten tanto a enemigos de la humanidad sino a los propios seres humanos. Sus monstruos somos nosotros. No es un hecho que el pintor afirme y se encargue de recalcar continuamente pero sí que está expresado con claridad y sutileza. Con sibilina consistencia. Kafka por ejemplo ya se encuentra en Redon. La metamorfosis es un relato que podría ser ilustrado perfectamente con unos cuantos de sus retratos. Efigies y visiones que en el fondo hablan de la descomposición del mundo. De la destrucción del cielo y el infierno, de cualquier idea sólida, y del advenimiento de la soledad absoluta.

Las criaturas de Redon no producen miedo. Tal vez únicamente cierta aversión. Lo que provocan es tristeza. Puede incluso que desconsuelo. Porque no se encuentran arraigadas a ninguna parte. No viven en El limbo sino en medio de una naturaleza parecida a una caja de metal. A una opresiva jaula. No son libres para asustarnos. Tan sólo lo son para lamentarse y llorar. Por más que sus quejidos no son escuchados por nadie y se dirigen hacia ninguna parte.

La visión del mundo moderno de Redon coincide con la de un país exiliado. Un paraíso aniquilado por temporales de crueldad que son muestra de la codicia y la avaricia insertadas en el alma humana. Aspectos que Redon no juzga y se limita a describir e ilustrar con cierta desilusión. En realidad, sus lienzos no son un producto del esfuerzo y de la voluntad. Son rasguños y quejidos. Desalentadores gimoteos. Miradas compungidas a los abismos de los que emergen criaturas que son reflejo de vicio y compulsiones. De la sinrazón cotidiana. La impresionante frivolidad con la que los seres humanos se despedazan, honran la avaricia y el mal, y se muestran indiferentes a los llamados divinos o a los mínimos acordes en favor de la concordia.

Redon es considerado en la pintura moderna lo que Rimbaud y Baudelaire a la poesía. Fue un hijo bastardo de Delacroix cuya intensa oscuridad sedujo a Joris-Karl Huysmans que lo citó en su imprescindible Á rebours. Pero yo más bien lo siento contemporáneo nuestro. Más cerca de Lucian Freud e incluso de Francis Bacon que de los nocturnos pintores del siglo XIX. Básicamente, porque su obra no es un ataque al mundo moderno. Es una consecuencia y constatación de su decadencia. Y en ella además se encuentra omitido y rasgado todo ese simbolismo que caracterizaba las creaciones de William Blake. En los lienzos de Redon no hay ética. Hay exposición del dolor. Son una muestra de impotencia. Un grito de auxilio que intuye que no será recibido y se adhiere a la tradición con la esperanza de ser escuchado. Una ilusión vana porque el futuro dejó hace mucho tiempo de ejercer de invocación y esperanza y se ha convertido en una frondosa invitación al desaliento. A contemplar en primera fila los estallidos y chasquidos que emerjan cuando las ciudades modernas y todos los avances que traen consigo sean destruidas. Shalam

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El hombre no puede saltar fuera de su sombra

Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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