Francis Bacon: Tres estudios de Isabel Raws

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Más que intuitivo, el arte de Francis Bacon me resulta instintivo. Creo que este es uno de los  atributos esenciales de su pintura. Lo que le ha permitido continuar teniendo un lugar de referencia en la contemporaneidad y no perderlo. Bacon habla a nuestros  instintos, directamente a nuestra sexualidad. Sin roces ni caricias va directamente al centro. Es una especie de pintor-perro que emite ladridos en cada pincelada y se lanza a retratar sus modelos como si fuera tras un hueso, con más pasión que inteligencia. Mostrando sus deseos y sensaciones transparentemente en la mayoría de sus retratos.

Esto último, por cierto, es algo que me resulta ciertamente fascinante de su pintura. Su incapacidad de mentir. Lo directamente que se dirige hacia la verdad, con rabia, perspicacia, y absoluta frontalidad, como un toro que no tuviera miedo a ser corneado. Tal vez porque Bacon sea un artista-animal, o un artista de la animalidad, mucho más Minotauro que Teseo, cuya sinceridad apabulla. Un hallador de verdades que coloca lo sustancial de su ser en cada lienzo y da la sensación de jugarse la vida en todas sus creaciones. O mejor, no guardarse un solo sentimiento. Entendiendo que la mejor manera de retratar el misterio, lo oculto, es mostrarse por entero en cada gesto, color o retrato.

Siempre he disfrutado mucho observando los lienzos de Bacon. Me han transmitido energía, sinceridad y franqueza, sin dejar de explicarme algunos de los conflictos esenciales a los que se enfrenta el hombre contemporáneo. Precisamente, gracias a su franqueza y espontaneidad. Cualidades que me han hecho sentir el sudor de sus personajes retratados, su sexualidad a flor de piel, sus conflictos y problemas familiares con una carnalidad pocas veces concebida en el mundo de la pintura; casi como si fueran mis cómplices o amigos o los pudiera tocar, rozar. Porque los protagonistas de sus cuadros me son tan cercanos como mis maestros, vecinos o compañeras sentimentales. Apenas hay distancia entre ellos y nosotros que los miramos. Podrían ponerse a hablar en cualquier momento, fumarse un cigarrillo en el sofá de nuestro salón, besarnos o contarnos sus problemas y me parecería absolutamente normal. Probablemente, porque la naturalidad con la que Bacon deforma sus rostros, los desnuda. Logra levantar las defensas racionales entre las que se protegían, mostrando a su vez, con absoluta claridad, sus represiones y problemas que, de alguna forma, compartimos. Pues, en gran medida, somos rehenes, producto y germen de la sociedad consumista o capitalista, aunque sea muy de lejos.

En un mundo artificial, virtual, resulta muy estimulante volver a enfrentarse con Bacon. Un pintor que parece regocijarse en el tacto, a su manera propone una mística de la corporalidad y retrata seres vivos -y no meras abstracciones ni bosquejos- con los que es inevitable sentirse identificado. A veces, en verdad, me recuerda a uno de esos mágicos cantantes de soul, plenos de carnalidad, como James Brown, capaces de hacernos vibrar, transmitiéndonos serenidad y fortaleza y enormes dosis de amor en sus interpretaciones. Ya que posee una mirada sincera que se impone sobre la angustia e inquietud que cerca a los personajes que retrata, a quienes Bacon, por otra parte, no tiene miedo de llevar al límite, resaltando así aún más su vitalidad, su carácter resistente.

Tres estudios de Isabel Raws es uno de los lienzos suyos que más me han interesado. Hay muchos otros, por supuesto. Pero este, en concreto, me complace bastante. Tal vez porque hubiera sido muy fácil retratar a la pintora británica como una cucaracha o un insecto. Hubiera sido bastante sencillo impregnar de cierto aire kakfiano su descripción. Y, sin embargo, no sucede aquí así, puesto que la deformación de sus rasgos contribuye a hacérnosla más humana.

Tenemos, en primer plano, a la amiga. La Rawsthorne cercana, abierta en la intimidad a la amistad, a quien sentimos próxima pero, a la vez, rodeada de un  halo de misterio que desvela ciertas zonas perturbadora en su psique por donde se deja entrever la artista. Esa enigmática y seductora bohemia que fascinó a decenas creadores, cuyo olor, vicios y deseos ocultos casi que podemos adivinar. Tal vez porque Bacon la trata aquí de forma semejante a como John Casavettes retrata en sus filmes a muchas de sus heroínas. Mujeres que se drogan, beben y follan como respiran, y se encuentran tan cerca de la locura como de la genialidad. Aunque, en ningún caso, nos parecen habitantes de un mundo lejano o transeúntes de otra dimensión -caso, por ejemplo, de Nico en la Velvet Underground- ya que, en todo momento, nos queda claro que comparten nuestra realidad. No siendo por lo tanto difícil, imaginarnos tomando una cerveza en un bar junto a ellas o, centrándonos en este cuadro en concreto, prestándoles un destornillador para que puedan arreglar la cerradura de esa puerta que parece abierta sin complejos a todo tipo de gente, debido a que, al fin y al cabo, el misterio, tal y como lo muestra Bacon, no es privilegio o territorio exclusivo de unos pocos elegidos sino de todos.

En segundo plano, contemplamos otra Isabel adentrándose en su hogar, de la que apenas vemos su rostro, cuello y un vestido que intuimos -no podemos afirmarlo con certeza- negro. Y en este caso, sí, tanto su pose descuidada como su faz casi diabólica reflejan su genialidad al descubierto. Muestran sin ambages ni límites, el espíritu diabólico que se apodera de ella en los momentos cruciales de su vida, que le hace dejar un aroma peligroso en los ambientes que recorre, del que tal vez no sea enteramente consciente. Pues su mirada cegada trasluce desconocimiento hacia ese estado por parte de un alma que si bien, se nos muestra en primera instancia, de forma afectuosa y cordial, finalmente queda enterrado, dominado, por un aura oscura que arrastra su personalidad hacia parajes desconocidos. Angostas fronteras entre las que Bacon se mueve con soltura, posiblemente porque bordean los desfiladeros de la muerte. Al fin y el cabo, el tema, bajo mi punto de vista, del tercer y último retrato. Un retrato pintado precisamente en un lienzo sobre la pared en el que, bajo la masa deforme del rostro de Isabel, se intuye debilidad. Miedo a su propia mortalidad, su final, el golpeo de los huesos en la tumba. Lo que no es obstáculo para percibir cierta complacencia en ella: la de quien siente que ha vivido todo aquello que debía vivir, no tanto como le hubiera gustado -que también- sino como pudo pero, en cualquier caso, de poder elegir, volvería a hacerlo otra vez de la misma forma, aunque eso le supusiera yacer en el infierno por los siglos de los siglos.

No sé si se entiende por qué me subyuga tanto este cuadro. Lo hace porque, en un ambiente cotidiano, y bajo una apariencia de normalidad, con ciertos aires de vanguardia intelectual, Francis Bacon es capaz de profundizar en los aspectos más importantes de la existencia. Como dije, al principio, instintivamente, con la fuerza de sus testículos; como un animal desatado pero al mismo tiempo cauto y precavido.  De hecho, sin tener que recurrir al tópico y manido tema de las tres edades, refleja sobresalientemente la frugalidad juvenil pero también ese momento oscuro que espera a cada alma al final de sus días.

Multiplicando las posibilidades y resonancias por tanto, a partir de un retrato que se subdivide en tres pero que podrían ser miles, Bacon capta, sin necesidad de descender a los infiernos o ascender a los cielos, varias verdades trascendentales. Y lo hace con simpleza, como un amigo o un conocido que cuanto más nos dice sobre sí mismo, más misterioso nos parece. Posiblemente porque, en el fondo, considere a las palabras y los retazos de pintura no como soluciones sino meros camuflajes o símbolos a través de los que apenas se comienza a entrever ese misterio milagroso y asombroso que llamamos vida. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

Al perro que tiene dinero se le llama señor perro

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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