Frida

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Frida Kahlo es desde hace mucho tiempo, más un icono que una mujer real. Más un aparato publicitario que un ser vivo. Es ya más famosa que Emiliano Zapata o Pancho Villa. Reina en la conciencia de los mexicanos con mayor énfasis que Moctezuma o Quetzalcoatl. Y decora más carpetas de adolescentes que la efigie de Luis Miguel o cualquiera de los miembros de Timbiriche. Probablemente, porque es la artista del dolor. La santa de las desgracias. La artista de la ambigüedad sexual. La llaga indígena. Una sombra espiritual cuyas alas recogen gran parte de la visceral psicología americana. El odio y el amor llevados al límite. Sin sombras ni luces. Al natural.

México es un país sufrido. Un país que duele a sus habitantes. Las muertes, las desgracias naturales y los asesinatos han convertido a la nación en un centrifugadora de sufrimiento. En México, no llueve. El cielo llora. En México, no hay truenos. Los dioses se enfadan y rugen. Y la vida de Frida Kahlo responde punto por punto a esa desgracia metafísica que parece perseguir a los aztecas desde la llegada de Hernan Cortés. A esa especie de masoquismo social, casi antropológico.

La biografía de Frida es una gran novela llena de engaños, pasiones, amor y dolor, mucho dolor. Sufrió poliomelitis desde niña y un famoso accidente de autobús, la postró en cama durante más de un año y posteriormente, la obligó a sufrir innumerables operaciones hasta el prematuro fin de sus días. Obviamente, Frida vivió martirizada. Casi castrada. Pero silenciosamente, fue forjando un imperio. Fue convirtiendo su sufrimiento interno en un placentero espectáculo que la convirtió a su muerte, en una artista mass-mediatica. Si la vida y personalidad de Frida seducen tanto, creo que se debe a que su vida enmascara un triunfo: el del silencio y la oscuridad. Nadie hubiera dado un duro por ella al verla moverse. Pero algo la distinguía de los demás. Su salvajismo. En realidad, eso es lo que precisamente diferencia a sus lienzos de los de otros reputados y prestigiosos artistas: su frontalidad. El que sus creaciones son verdad. No son técnicas ni tampoco pertenecen al mundo de la Academia o a un movimiento en concreto. No siguen unas normas precisas. Son casi adolescentes. Muy personales. Sueños. Visiones. Estados de ánimo. Son, en suma, atributos de Frida como lo eran sus ojos y corazón. Pedazos de su biografía. Cicatrices. Cuencas de un collar que se había entretenido en decorar. Y por ello mismo, impactan. Llaman la atención a primera vista. Son sumamente reconocibles. Trozos de su piel expuestos morbosamente ante sus admiradores.

En realidad, los lienzos de Kahlo poseen la fuerza de los boleros. Los viejos tangos. Porque son viscerales. Probablemente, Diego Rivera le aconsejaría hacerlos de uno u otro modo. Le indicaría ciertas técnicas. Le mostraría determinados caminos. Pero al final, lo que plasma Frida en ellos, son sus celos, su amor, su odio, sus deseos y lágrimas. Porque Frida no pintaba ideas sino sentimientos. Pasiones. Su técnica era su fuerza. Su coraje. No su intelecto. Al fin y al cabo, ella detestaba las reglas. O más bien, no las tenía en cuenta. Era ajena a ellas.

Frida continúa seduciendo al pueblo mexicano porque era casi un reflejo vivo de las artesanas que pueblan sus mercados. Nunca se europeizó sino que mostró una fidelidad obsesiva a las tradiciones ancestrales de la nación. Convirtió, de hecho, sus excéntricos atuendos en marca y moda. Un símbolo del México oscuro e incontrolable. Del inconsciente profundo de un pueblo. Y llevó a los museos y a los terrenos de la alta cultura, el maíz y el nopal.  Mezcló los chilaquiles con la luna en medio del vientre de la Pacha mama y cantó voluntariosamente a su dolor conforme describía su vida íntima. Obviamente, aunque no terminó de despuntar en vida porque su arte era básicamente doméstico y catártico, un consuelo y remedio para sus males y demonios, llamó la atención de los surrealistas asombrados de la naturalidad con la que expresaba lo que a ellos les llevaba horas de sesudos ejercicios de desautomatización, lograr. Sus lienzos sorprendieron a André Breton y sus fieles acérrimos porque la suya era una mirada sin domesticar en medio de un panel artístico atrofiado. Era la de una artista que deseaba destruir la civilización y hablaba directamente con los dioses naturales. De hecho, Kahlo parecía la reencarnación de una de esas divinidades mesoamericanas. La viva imagen de Coautlicue. Una mórbida serpiente cuyo veneno fusionaba las fuerzas de la vida y la muerte con la potencia de un torbellino. Atributos que explican perfectamente por qué Diego Rivera se enamoró de ella.

De la relación entre el icono del muralismo mexicano y Frida, se ha hablado mucho y con razón. Diego fue el primero en vislumbrar el tremendo potencial de la joven muchacha. En sembrar en su útero rodajas de piña y aguacate para alcanzar la luna. Esa noche llena de estrellas negras. Su amor fue un torrente de puro surrealismo. Una de esas historias locas que hubiera filmado Buñuel sin despeinarse. Se ha pintado a Diego como el macho dominante y castrante. Tal vez un tanto envidioso y temeroso del poder de Frida. Un hombre ambicioso y mujeriego que descuidó al amor de su vida. Pero el tiempo ha demostrado que tal vez fue el sumiso de Frida. Que la que mandaba en la relación era ella. Pero eso sí, lo hacía desde el limbo. Desde la mudez y la discrección. Frida, de hecho, tuvo amantes de ambos sexos más o menos consentidos por Rivera que, en algún caso, llevaron a provocar escenas de celos. Y creo que si no llevó a más sus escarceos sexuales fue precisamente por su enfermedad. Lo que es seguro es que no podían vivir el uno sin el otro y eso no implicaba que necesariamente tuvieran que acostarse juntos y por supuesto, excluía totalmente la fidelidad. En realidad, su amor fue sí, eterno porque fue el de dos artistas. Dos seres más allá de las leyes a los que resulta imposible juzgar. Probablemente, nadie salve ya a Rivera de la quema en la hoguera de la historia pero quiero creer que fue Frida la que, tras el telón, manejó los hilos de la relación. Y permitió y toleró los engaños conforme ella misma los practicaba porque su visión de la vida era salvaje. Indomable. Creía en un mundo andrógino y la libertad de las almas y había visualizado México como un paraíso perdido. Su jardín de las delicias particular.

Lo cierto es que Frida fue una mujer adelantada a su tiempo pero de una manera totalmente azarosa. Casi instintiva. Porque todo en ella remite al origen. Al mundo ancestral. Ritual. Es de hecho, una artista tradicional. Una mujer arraigada a la tierra, enamorada del pasado de su pueblo. De los cultivos y las pirámides. Y sin embargo, alternó perfectamente en medio de los más sofisticados ambientes. Probablemente gracias al origen europeo de su padre. Un inmigrante alemán de origen judeohúngaro cuyo amor con una mujer indígena dio luz a esta artista feroz. Una mujer que parecía mirar directamente al Mictlan y surcar los más remotos abismos diariamente. Transmitía melancolía y alegría a partes iguales. Y aún hoy es posible escucharla susurrar palabras al oído de muertos y vivos mientras su espíritu camina al alba, erguido y orgulloso, por las casas que habitó en México Distrito Federal, proclamando la destrucción del dolor. La llegada de un futuro y seguro Apocalipsis primaveral. Shalam

إِنَّ الشَّقِيَ بِكُلِّ حَبْلٍ يَخْتَنِقُ

Lo mejor no es tan fácil de creer como lo peor

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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