El africano.

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Resulta siempre estimulante contemplar los lienzos realizados por Miquel Barceló durante sus repetidas y fructíferas estancias en Mali. Sobre todo, porque son el testimonio de alguien implicado en lo que retrata. Esos paisajes, animales y personas que hace suyos con absoluta naturalidad. A tanto llega esta complicidad de hecho, que parece como si Barceló hubiera vivido algunas de sus vidas pasadas allí y estuviera predestinado en la actual, a dejar constancia de una cultura que nos muestra embriagadora gracias a una mirada aguda y cómplice, afectuosa y respetuosa con las costumbres y explosiones de vida propias del continente africano.

Es fascinante cómo Barceló deja constancia del tiempo en estos lienzos. Un tiempo eterno e inamovible y asimismo, grácil e instantáneo. Resulta difícil no sentir la mirada (asombrada, cómplice y conmocionada) del pintor en cada aspecto de la realidad que retrata y verificar cómo lo contemplado le lleva más allá de sí mismo. A esa región ancestral donde presente y pasado se igualan, la vida se vive al ritmo natural y el sol y la luna ejercen de despertadores de pueblos enteros puede que necesitados de lluvia y alimentos pero, a su vez, dispuestos a sonreír haga mal o buen tiempo. Gentes sabedoras de que la vida es un auténtico milagro que es lo que, de alguna forma, Barceló intenta retratar en sus intensos lienzos cuyos pliegues parecen abrazarse a un cielo infinito y aparentan ser otra más de las creaciones naturales del clima y ambiente africano. Hasta el punto de que podría decirse que no se diferencian en nada del polvo del desierto, los meandros del camino o las rocas que yacen en el fondo de los ríos.

Desde luego, al revisar estos lienzos se percibe que Barceló encontró en África un refugio, una fuente de inspiración para su alma, un lugar a través del que reconectarse con la vida y disfrutar de esa apabullante claridad y lucidez que únicamente ofrecen la tierra; la naturaleza en su grado más puro. Por lo que más que un paraíso perdido, su mirada retrata al continente como un paraíso real. Una especie de Edén donde se dialoga diariamente con la muerte en medio de cánticos, latidos del corazón y voces que parecen proceder del fondo de la tierra cuya pronunciación no ha cambiado en siglos. Se intuye, asimismo, que el alma de Barceló encontró sosiego y paz así como los estímulos necesarios en aquel continente para seguir creando sin acomodarse ni repetirse. Pues sus lienzos son humildes. Destacan por su sencillez, su sinceridad y desnudez. No enmascaran nada y son una prueba de que el pintor disolvió en gran medida el velo de Maya y pudo retratar objetos y personas en su esencia original. De que estaba rodeado de espíritus que hablaban y lo acompañaban donde iba sin por ello entorpecer su trabajo. Pudiendo dedicarse a experimentar en toda su plenitud la vida. Fluyendo y respirando con absoluta naturalidad sin el entorpecimiento de la moral, la ley o las habituales prohibiciones.

Nómada infatigable, Miquel Barceló  expone aquí, con una maestría admirable su ansía de absoluto. Sus deseos de llegar a ese “otro lugar” al que el artista romántico soñaba llegar para no acabar con su vida. Y lo hace con una sencillez que casi asusta. Demostrando que disfrutó profundamente tanto con los pedregosos senderos, los accidentes fortuitos, los peligros reales e imaginarios o la belleza de los ríos y seres humanos con que compartió sus días. Siendo capaz de adaptarse a la tierra que lo acogió hasta prácticamente convertirse en un africano más. Un hombre que no necesitaba pintar toda su piel de negro para experimentar el grito primario. La llamada de la selva. Lo que le permitió retratar el misterio de estos parajes con absoluta profundidad y a la vez familiaridad. Indagando en los compases de danzas ancestrales. Los ritmos, la alimentación y pasos perdidos de los ancianos,  los gritos de los niños que nacen, los de las mujeres que paren, los rugidos de animales furiosos y las diversas formas de manifestarse de unas cosmogonías telúricas y oníricas, sagradas, que su mirada convierte en familiares.

A través de los lienzos de Barceló se siente cómo el pueblo africano respira, sufre y muere desde hace siglos. Y se pueden a su vez intuir, vislumbrar muchas de sus características culturales: tanto sus secretos y sus historias legendarias y míticas como sus ritos cotidianos o muchos de los episodios ocultos de su pasado: las guerras, batallas, muertes por celos, caza o enfermedades que, de toda maneras, quedan en segundo plano ante la fuerza con la que la vida cotidiana se abre paso en las creaciones del pintor mallorquín. La milagrosa forma a través de la que, por ejemplo, el río acaba ordenando, condicionando la vida de seres humanos que todavía sienten el corazón de la madre tierra cada vez que caminan sobre campos de cultivo y montes y aún, en parte, conciben las palabras como manifestaciones “sagradas”, “mágicas”.

Barceló retrata una África serena, juguetona, mítica, alegre y real donde el riesgo y el peligro son únicamente un componente más de la vida y no su atributo esencial como piensan muchos occidentales temerosos de visitar estos parajes. Retrata el inconsciente profundo de un pueblo sin ego manifiesto que no tiene mayor objetivo que formar parte del planeta como lo hacen los cielos, el viento, la tierra o las montañas. Alcanzando a describir perfectamente la vida de un nutrido grupo de seres humanos y sus costumbres sin necesidad de explicarnos nada sobre los mismos. Esta es, bajo mi punto de vista, una de las principales cualidades de estas creaciones: que el pintor se conforma con ser un testigo mudo que apenas aparece en el lienzo, permitiendo a su obra hablar. Decirnos todo aquello que pueda y desee decirnos. Una obra que refleja la “esencia” de las cosas, se pierde en los confines del espacio, retrata a las personas como si fueran “presencias” y “entes” y es reflejo de un tiempo “total” y “cíclico” cuyas leyes parecieran encontrarse guardadas en un cofre antiguo, remoto, escondido en el centro del desierto.

En fin. No sé si los lienzos realizados en Malí y, más tarde, en otros países africanos son los mejores hechos jamás por Barceló. Pero sí que son un hito en la pintura de nuestro siglo. Precisamente porque no buscan expandir los confines de este arte sino, más bien, penetrar y retratar con más intensidad la realidad. Mostrar sus silencios y sonidos sin necesidad de evidenciarlos expresamente. Dejando, a su vez, hablar a un pueblo que fusiona cotidiniamente el eros y el thanatos con absoluta naturalidad y es retratado en ellos como si fuera un retablo inerte y prieto que, por mor de la mirada de Barceló, cobrara movimiento.

Me atrevería a sugerir, sí, que estos lienzos viven más allá de su creador. Se alimentan de las dudas y reflexiones de un pintor que, a través de todos ellos, pone de manifiesto su ética vital. Una filosofía que tiene como principal objetivo no confrontarse a la existencia y convertir el arte en un proceso de ebullición constante. Una caldera vital llena de comida olorosa y espiritual que, en este caso, alimenta tanto al creador como a lo contemplado. Barceló y África. Dos gigantes que mantienen una relación viva, tumultuosa, serena y clarividente que los hace a ambos más sabios y, por consiguiente, a todos aquellos que contemplamos el resultado de su encuentro: estas bellas creaciones que con tanto amor recogen la “esencia” y “milagros” del continente que es considerado cuna de la humanidad. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Una piedra lanzada por la mano de un amigo es como una flor

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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