Orozco

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Orozco es México. Cuando contemplo un mural de Siqueiros o Rivera, percibo a la nación que a ambos pintores les hubiera gustado ver. Un México idealizado. Un México liberador, enriquecedor, fuerte, mestizo y trabajador pero en cierto sentido, fabricado en una escuela ideológica. En la mente de un revolucionario y la mesa de un político rodeado de artistas y funcionarios. Percibo un país vivo y amable, un ciclón y conglomerado de culturas espectacular, pero más el México que unas personas añoraban que fuera real que el auténtico. Un México que sí encuentro en Orozco. Porque, a pesar de los dogmas y creencias de su época, Orozco pintó (o al menos permitió vislumbrar) el México de las calles y de la oscuridad. El México de Los olvidados y Macario. De la mugre y la violencia. De los mitos y la muerte. El verdadero. Un México nocturno lleno de furia y rabia atiborrado de cuerpos descuartizados y sangre por la Revolución y la guerra cristera que es el padre (o abuelo) del actual maniatado tristemente por el narcotráfico y los vendavales económicos.

Orozco fue un trágico. Un trágico romántico para ser más exactos. Un hombre que exaltaba las crisis vitales y sociales y experimentaba los giros históricos como incendios cósmicos. Oscilaciones subterráneas del inframundo cuyos ecos retumbaban constantemente en la realidad. Fue un muralista que utilizaba los muros de los palacios y edificios para dar su punto de vista visceral sobre el mundo. No para adoctrinar. Y por eso, a pesar de lógicamente tener que adaptarse a las coordenadas objetivas y un tanto esteriotipadas del movimiento, sus pinturas son enormes lienzos expresionistas. Visiones del averno que emergen de sus tripas, de la angustia y la deriva, y en muy pocos casos de una reflexión preestablecida y condicionada políticamente. Por eso es el Goya mexicano. Porque en la mayoría de sus murales resplandece el rojo sangriento, el amarillo violento y el negro de luto. Y no esconde los dramas sino que los muestra en toda su rotundidad. Demostrando que cuando los seres humanos sufren lo hace también el Universo. Los planetas y las estrellas. Los campos de trigo, los ríos secos y las montañas de rocas rojas y arena amarga.

Uno de los grandes méritos de Orozco radica en que era cósmico y terrenal. Captaba perfectamente la zozobra del individuo encerrado en la ciudad y sometido a la dictadura de la moral, el capital y la ideología y la conectaba instintivamente con el desasosiego de muchos de los mitos cíclicos.

Orozco fue el pintor de la agonía. De la disputa y la lucha. Alguien que lograba transformar en misticismo la violencia y el sufrimiento. No era indigenista. Pero tampoco un defensor a ultranza de lo occidental. Era un artista total que solía retratar al ser humano entre tormentas y crisis, vislumbraba la salvación en medio de una condena y teñía de sombras el paraíso. Su pintura de hecho -no importa que retrate el día o un amanecer- apenas posee luces. Es la pura noche. Esa noche descrita por Malcolm Lowry en sus dos novelas situadas en México y todos los escritos que dedicó a un país parecido a una caverna o a un cráter. A la boca de una gorgona, al ojo tuerto de un cíclope o al corazón de un bisonte.

Orozco fue el pintor de la soledad. No importa que retratara multitudes. Vislumbraba la bestia que habitaba entre las masa. Por lo que en sus murales, los seres humanos se encuentran solos. Totalmente solos tanto frente a los dioses como frente a la tecnología. Ante muchas de sus obras, se siente un malestar profundo. Se perciben los inmensos errores de la creación. La feroz incomprensión que existe entre las divinidades y los hombres. La violencia con la que estalla y se manifiesta el tiempo. La crueldad de la existencia y el continuo castigo de los seres mortales. Incluso sin hacer demasiado esfuerzo se puede escuchar hablar al mal. Y hasta verlo. Porque Orozco tiene la virtud de convertir ideas abstractas en concretas. No fue un teórico sino un pintor instintivo. Pintaba carnalmente. Como si fuera un carnicero. Alguien acostumbrado a estar en contacto con animales y el pueblo. O tal vez un carcelero. Un señor habituado a pasear por celdas y oír lamentaciones. De hecho, en sus lienzos muchas veces el ser humano parece encontrarse en una prisión. No hay apenas esperanza. Y el ruido que sobresale podría proceder de las tripas de Caín, los intestinos del Averno o el vientre de un tanque o un bombardero.

Orozco -repito- es México. Pocos pintores han captado con tanta crudeza el aura de esas tierras. Su  caos, su desorden, sus olores y su tremendismo. Tanto el violento aroma que desprenden ciertas calles y universidades como el odio que habita en cualquier esquina y se superpone a la cordialidad y humildad natural de sus gentes.

Orozco visualizó México como un ángel putrefacto. Viscoso, vivo y bestial. Fue totalmente franco y por eso, su mirada ha perdurado y permite todavía explicar el país. La desorientación de gran parte de sus habitantes en medio de la violencia y la corrupción. Los rascacielos, los terremotos y la historia de una conquista parecida a una novela que es aún muchas veces interpretada como una afrenta y provoca heridas de todo tipo en el inconsciente de una tierra en la que tanto la paz y la violencia como el diablo y dios se funden en un abrazo diariamente ante la mirada complaciente de los próceres, el silencio de las pirámides y la desesperación de las gentes de bien. La sangre oscura de la memoria y el rencor del olvido. Shalam

تحولت إلى قضية رأي عام على

El agua hace que flote el barco pero también puede hundirlo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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