Pesadillas del océano

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Howard Pyle comenzó a ilustrar historias de piratas a finales del siglo XIX. Una época en la que su figura se encontraba en el ocaso. Era más un siniestro recuerdo que una amenaza. Más un personaje de novela que real. Un feroz símbolo a estudiar en los libros de historia y resucitar en leyendas. Tal vez por ello existe cierta idealización en sus retratos. Un atisbo de glorificación. Porque, en cierto sentido, sus dibujos pugnaban por recuperar un tiempo ya perdido y se podía permitir sin peligro alguno inmortalizar hombres que hasta hacía pocas décadas eran parecidos a pesadillas y a violentas flores. Vómitos divinos. Tiburones enviados por los reinos occidentales para saquear los océanos y el oro sobrante de las colonias americanas. Lobos feroces capaces de sobrevivir en las condiciones más adversas. Despojos dionisíacos de la civilización europea.

Uno de los aspectos más fascinantes del artista norteamericano radica en que pinta con espíritu de músico. Hasta la más violenta de las batallas que describe posee una sensualidad y sinuosidad únicas. Es el Maurice Ravel de la ilustración. Un romántico contenido. Alguien capaz de conjugar de manera armónica el impresionismo y el realismo con los trazos del arte prerrafaelita. Una compleja mezcla que sintetiza perfectamente el siglo XIX artístico y conduce sus retratos de piratas a otra dimensión. Los entroniza sin restarle por ellos su carácter arisco. De hecho, sus creaciones son sucias, graves y nocturnas y, a la vez, clásicas. Son retratos académicos de la ferocidad y la bestialidad que no obstante, no están exentos de vida, sangre y sudor. Las peleas y confrontaciones por ejemplo están descritas con cierto distanciamiento. Casi como si hubieran ocurrido siglos atrás y formaran parte de un mito bíblico o una tragedia. Pero asimismo, poseen una rabiosa frontalidad. Son directas y cortantes como un puñetazo.

En cualquier caso, existen dos características de sus retratos de piratas que destacaría. En primer lugar, el que los dibuje a la mayoría de ellos como si fueran árabes. Muchos de sus modelos, ciertamente, no parecen occidentales ni estar pisando las islas del Caribe sino que parecen encontrarse en las playas de Marruecos. De hecho, cambiando ciertos contornos de las ilustraciones podríamos creer que son tuaregs y no esas aguerridas bestias que crearon el pánico y el caos en los mares durante los siglos XVII y XVIII. Algo que termina por dar a entender que Pyle los visualizaba con cierto espíritu de niño. Que se encontraba en cierto modo, fascinado por las historias que había leído y escuchado de ellos y no dudaba en impregnarlos de un hálito romántico que los emparentaba con los mercaderes y navegantes protagonistas de los relatos de Las 1001 noches. Tanto es así que si en alguna de las escenas que pintó hubiera aparecido un efrit, yo al menos como espectador, hubiera recibido su presencia con absoluta naturalidad.

Y, en segundo lugar, su capacidad para convertir escenas concretas en eternas. Probablemente porque Pyle es capaz de detener el tiempo en sus retratos. Parece que no corren las horas ni los minutos en ellos. Que una especie de nebulosa ha invadido el ambiente y que, para contemplarlos bien, debemos encontrarnos sometidos a cierto efecto narcótico. Algo que en el terreno de la pintura han conseguido muy pocos y lo emparenta con un pintor como Delacroix por su capacidad de dotar de trascendencia a un momento cotidiano. Convertir un atardecer en un insólito espectáculo, un villano en un mito y una fechoría en un rasguño metafísico. Llenando de ensueño y crudeza el mundo de aquellas peligrosas fieras de las aguas. Hombres dignos de protagonizar una tragedia de Shakespeare condenados al drama, la barbarie y la soledad. La destrucción absoluta.

Los retratos de piratas de Pyle son elementos discordantes dentro del mundo de la pintura. A veces, creo que pertenecen más al mundo de la naturaleza que al de la cultura. Porque el creador norteamericano dibujaba con espíritu de niño. No tenía tantos deseos, creo, de pasar a la historia del arte como de ilustrar los textos que lo fascinaban. Por eso, a pesar de la claridad de sus creaciones, muchas de ellas me parecen obsesiones o incluso alucinaciones oníricas. Y algunas en concreto, me recuerdan a caracolas y rocas. Arrastran consigo la espuma de los mares. La rabia de los tiburones y la de los corsarios. Shalam

إِنْ كَانَ فِي الْجَمَاعَةِ فَضْلٌ فَإنَّ فِي الْعُزْلَةِ سَلاَمَةٌ

Los mayores enemigos de la libertad no son los que la oprimen, sino los que la ensucian

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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