Un niño astral (2)

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Dejo aquí la segunda parte de mi avería sobre Joan Miró. Ahí va.

Un niño astral (2)

Otro de los aspectos más destacables de los lienzos de Miró es su vertiente astral. Con ello no estoy afirmando que el pintor catalán fuera un teósofo ni que su pintura fuera una especie de tercer ojo, pero sí tengo claro que cualquier conocedor de su obra puede vislumbrar firmamentos de colores en ella. Lo que ocurre en este caso particular es que Miró miraba la galaxia y los astros como si fuera un niño. No estaba tanto interesado en conocerlos sino en reproducir las sensaciones que nos producían cuando éramos infantes. Más aún, pienso que Miró no contempla frontalmente el cielo sino que lo dibuja como lo ve una criatura de cuatro o cinco años. Yo mismo que no soy en absoluto proclive a ver espíritus, tengo recuerdos en los que me rodeaban figuras animadas en la cuna. Así que me basta rememorar mi infancia para comprender instintivamente esos lienzos parecidos a murales de guardería en los que las estrellas parecen párpados de peces, la vía láctea es reflejo del mundo interior de un niño juguetón y la sexualidad, un puente entre el cosmos y el sueño.

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La clave de la obra de Miró radica en su carácter aniñado. En eso, repito, fue único. Miró no era surreal y onírico. Tampoco cubista. Era Miró. Nadie se parece a él. Los pintores abstractos y figurativos daban la impresión de seguir unas reglas. Estar haciendo carburar el cerebro a tope para realizar sus cuadros. Ser, ante todo, intelectuales. Esto no ocurre en absoluto con Miró. Alguien que parece estar siempre jugando. Pero no porque lo dictaran las normas de un movimiento.

Miró podía pasar por dadaísta pero, insisto, no se parecía más que a sí mismo. Los dadaístas y Miró eran compañeros de colegio pero iban a clases diferentes. En la de Dadá había varios alumnos atípicos y excéntricos pero en la de Miró sólo uno. Porque hay algo en él profundamente natural. Cuando Miró pintaba, no reflexionaba. Se divertía. Las curvas de sus dibujos son sonrisas. Puedo imaginarlo pintando totalmente concentrado o riéndose pero no pensando qué hacer. Su fantasía no era instintiva. Era metafísica. Todo en Miró era astral porque apostaba, ante todo, por la inocencia. Luchaba contra el mundo del trabajo y de las normas. Pero también contra el religioso y el político. Su pintura era una profunda respuesta a la agitación de las guerras y la insistente y opresiva sensación de Apocalipsis.

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Miró aspira a un comienzo. Es un comienzo y no un final. Por eso sus lienzos no envejecen. Lo que tienen que decir está dicho en presente. En un presente que no invoca ni el Edén ni la eternidad sino un ahora dichoso e ingenuo. Por eso es posible vislumbrar insectos y pájaros en muchos de sus lienzos. Cómplices de juegos en los jardines y patios de cientos de párvulos.

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Hay un Miró juvenil pero, en realidad, no importa. Miró es un niño y un anciano. Un anciano y un niño. Punto. No hay más. Esa fue tal vez su venganza encubierta contra sus padres preocupados por sus aficiones y vocación y el mundo burgués donde sus lienzos hicieron fortuna más por snobismo y afán de identificación que porque sus postulados se advinieran con el mundo social rendido y postrado a las obligaciones cotidianas.

La pintura de Joan Miró era un enorme muro de juguete muy difícil de romper. De hecho, es un mundo en sí misma. Me creo perfectamente que aquel famoso personaje del libro de Saint-Exupéry, El principito, disfrutara con ella. Alguien podría mirar sus lienzos durante toda una vida y no tener necesidad de conocer nada más sobre otros pintores. Ya que posee el egoísmo (que no, ¡ojo!, el egocentrismo) propio de los hijos únicos. Del último de los vástagos de un linaje. Creo que porque Miró pintó durante un período tan difícil para la humanidad, en medio de la amenaza de nuevas bombas atómicas que destruyeran el mundo, que convino que lo mejor que podía hacer era seguir las doctrinas de Cristo. Convertirse en un niño para asegurarse un puesto entre los ángeles del paraíso cuando la polución, algún virus o una nueva guerra mundial destruyeran para siempre nuestro planeta. Shalam

الجنة هي حب أشياء كثيرة بشغف

El paraíso es amar muchas cosas con pasión

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….en la ceramica iberica el asterisco era el simbolo de la divinidad(tanit-astarte…)….los dientes de lobo(los triangulos)…..las sigilis(las eses-era lo fitomorfo)….las volutas enroscadas(lo acuatico, el mar…)…los ojos apotropaicos(en la proa de los barcos)….la pesa-barra del forzudo es el punto y la linea de su gran maestro vasili kandinsky(«de lo espiritual del arte»)….bueno todo un vocabulario el de nuestro amigo miro..
    2ºimagen:….gran vulva iberica…….
    3ºimagen:…..la linea y el punto……la linea = al limite ……los puntos son una procesion ……
    PD: …….todo esto esta identificado por el estudio de los arqueologos en la ceramica iberica- todo intuicion en la representacion en la ceramica de lo que nos rodea-hacemos y pensamos…….sonrisa…….
    https://www.youtube.com/watch?v=lN_VQ8GWEos…..(observamos las sigilis imposible del moño de araña de dolly parton)…jajajajajjj

  2. Alejandro Hermosilla on

    1) Camino en barco astral por un firmamento soñado en medio de la siesta. 2) Una bruja soñada por un niño en la cuna. Pulso entre Miro y los argonautas observado por Picasso. 3) Escarabajos en torno a menhir. PD: Escena digna de aparecer en un filme de David Lynch. Mulholland Drive.

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