Watchmen (1)

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Como resultado de haber contemplado la particular continuación de Watchmen realizada por Damon Lindelof para la HBO, he estado sumergido últimamente en el Universo creado por Alan Moore. He vuelto a leer el soberbio cómic original, he completado la versión Ultimate Cut de la película de Snyder, me he familiarizado con Before watchmen e incluso he penetrado (superficialmente, eso sí) en Doomsday clock.

Lo cierto es que no me siento capaz de aportar nada nuevo a lo ya dicho por tantas personas. No tengo una visión personal e intransferible de la creación de Alan Moore (¿Es eso posible a estas alturas?) y tampoco de sus más o menos afortunadas precuelas y secuelas. Pero es obvio que el mundo Watchmen ejerce tal poder de fascinación que resulta difícil no dedicarle algunas reflexiones como las que dejaré a continuación en este y otros averías. Ahí van.

Watchmen (1)

Watchmen fue (y es) un cómic tan importante que, en realidad, de no ser por los intereses económicos detrás de los superhéroes, podría haber acabado perfectamente con la mayoría de sus colecciones. Probablemente sea un tópico (y tal vez una exageración) insinuar que es el Quijote de su época. Pero la afirmación no es absolutamente descabellada. De hecho, permite hacerse a la idea lo que representó en su momento y lo que, más aún, continúa significando. Puesto que el prestigio y la influencia de la obra de Alan Moore no han disminuido con el tiempo sino que continúan aumentando.

A mí a veces (y no estoy exagerando) me recuerda a La Odisea o a las obras clásicas de la literatura. La primera vez que las leí me fascinaron. Probablemente porque, independientemente de su complejidad, creí además comprender su sentido y significado con absoluta claridad. Y, sin embargo, actualmente, cada vez que leo Watchmen y otras míticas obras me ocurre lo contrario. Al estar familiarizado con ella, no me impresiona tanto pero comprendo mucho menos lo que desea decir. Básicamente porque la interpreto de múltiples maneras diferentes (y a veces contrapuestas) y, por su fuera poco, vislumbro que sus alcances son tan grandes que seguirá provocando tantas novedosas lecturas como cualquiera de los textos inmortales literarios que se nos vengan a la cabeza. Desde La metamorfosis hasta Los viajes de Gulliver o Los hermanos Karamazov.

Lo diré con claridad. Watchmen es inagotable. Si te la tomas en serio lo menos que puedes hacer es consagrarle un libro o guardar silencio. Un avería o dos, por ejemplo, se quedan muy cortos para una obra a la que habría que dedicar un mes al completo. Algo que, aunque parezca mentira, no es ninguna exageración. Quienes la conocen profundamente saben perfectamente de lo que estoy hablando.

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En verdad, Watchmen impresionó por muchos motivos. Entre otros, los vanguardistas gráficos de Gibbons que lograban reflejar perfectamente y llevar a otra dimensión las ideas de Moore. Es famoso, por ejemplo, el excepcional juego de sutiles correspondencias entre distintas ilustraciones que desarrolló en el número 5, Aterradora simetría. Y se han convertido en clásicas ya las nueve viñetas que habitualmente aparecían en cada página amplificando la profundidad y enigmas del relato.

Hay muchas voces por cierto que opinan que el trabajo de Gibbons no se encuentra a la altura del de Moore pero no es mi caso. En primer lugar, porque quien siguiera la rueda al genio de Northampton, tendría que haber sido un absoluto coloso del dibujo. Tal era el nivel del guión que el dibujante debería haber sido casi un Dios del medio. Y en segundo lugar, porque sí que considero que Gibbons solventó con soltura y eficacia la prueba. Y, más aún, aportó varias ideas gráficas que forman parte indisoluble de su estilo. De hecho, creo que captó muy bien tanto el ambiente sórdido de la sociedad retratada como la inquietud por el conflicto nuclear. Combinó muy bien el realismo sucio con la abstracción, los dejes apocalípticos y los guiños, homenajes y pequeñas parodias del mundo de los superhéroes. Sus dibujos de hecho eran muy respetuosos. Y, por momentos, profundos. Desde luego, la mayoría de escenas protagonizados por Rorschach las bordaba.

No quisiera por cierto dejar de lado los amarillos de la obra que, supongo, que debemos en parte también a Gibbons y Moore pero, sobre todo, a John Higgins; el colorista. Esos amarillos son especiales. Tienen algo magnético. Poseen un aspecto psicodélico muy acusado pero también otro vicioso y fantasmagórico. Reflejan perfectamente la frágil salud del mundo en crisis que Moore construyó. Su aspecto pop, sí, pero sobre todo pesadillesco.

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Sin dudas, uno de los grandes méritos de Watchmen fue llevar al extremo una idea que, aunque había sido insinuada en múltiples ocasiones, nunca había sido conducida al límite. Me refiero al patetismo, infantilismo y decadentismo de los superhéroes.

Es cierto que en Watchmen, a excepción del Doctor Manhattan, ningún personaje tiene poderes especiales como los de Superman, Spider-man o la Mujer Maravilla, pero tanto el Comediante como los dos búhos, Rorschach o Silk Espectre funcionaban perfectamente como espejos de los clásicos personajes de Marvel y DC. E igualmente, los originales Minutemen podía compararse con grupos tipo Los defensores o Los Vengadores.

En la gran mayoría de los superhéroes clásicos, sus disfunciones sexuales y psiquícas solían estar ocultas. Las razones por las que decidieron tomarse la justicia por su mano y abanderar su lucha contra villanos se encontraban recubiertas de un halo épico, patriótico y justiciero tan grande que prácticamente no permitía poner en cuestión ninguna de sus grandes decisiones.

Algunos como Tony Stark eran alcohólicos y otros como el Dr. Henry Pym eran hombres violentos, incapaces de controlarse a sí mismos. Peter Parker, por ejemplo, era en el fondo un eterno adolescente además de un neurótico. Bruce Wayne poseía algo perturbador en su psique maniatada por las brumas. Y Flash o Superman eran casi narcisistas de cajón. Pero, repito, todas estas enfermedades y manías (además de su vida sexual) quedaban la mayoría de las veces ensombrecidas por sus actos heroicos. Tanto sus victorias en las más cruentas batallas como la psique enfermiza de los villanos que combatían hacían que obviáramos sus rasgos más morbosos y malsanos que sin embargo, Moore ponía en primer plano.

El héroe siempre superaba al hombre en Marvel y DC. Pero no así en Watchmen. Donde el heroísmo era casi una enfermedad patética e infantil y, con razón o no, era cuestionado por una gran parte de la sociedad y los políticos preocupados porque el mundo estuviera en manos de unos niños grandes creídos de sí mismos con absoluta libertad de movimientos.

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En realidad, los protagonistas de Watchmen son la mayoría fracasados o enfermos mentales. Watchmen es una obra sobre la derrota. Los superhéroes (o mejor dicho, las personas comunes que juegan a serlo) son cómicas siluetas llenas de mugre. Entre sus protagonistas hay de todo y sucede de todo: violaciones, lesbianismo, homosexualidad encubierta, represión psíquica, frustraciones infantiles, crueldad o venganza. En fin, un cúmulo de características negativas que habían sido subrepticiamente ocultadas de las historias clásicas de superhéroes ya fuera por la censura o en alas de la inocencia o las ventas que, de repente, Moore puso sin cortapisas ninguna en primer plano creando una increíble conmoción.

Nadie hasta él había hecho eso con tal grado de talento. Y mucho menos en medio de una historia que no sólo se conformaba con exponer la verdad heroica sino que iba mucho más alĺa y, número a número y relectura a relectura, crecía hasta el punto de convertirse en algo mucho más grande de lo que podía presumirse en primera instancia. De hecho, Watchmen es mucho más que un cómic que cambió el rumbo de las historias de superhéroes. Mucho más que una historia que los desmontó y desnudó. Porque su parodia del mundo heroico estaba al servicio de un fin ulterior y metafísico cuyos últimos objetivos y fines no cesaban de ramificarse. Algo que no comprendieron muchos de sus admiradores que se quedaron con la simple fachada o los guiños más o menos cómplices y, por más que lo han intentado, nunca han logrado superarlo.

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Alan Moore acabó en la primera viñeta con una de las tradiciones arquetípicas del cómic de superhéroes tan sólo rota en historias muy concretas (por ejemplo, en la famosa La muerte del capitán Marvel) que no por casualidad se convirtieron en históricas.

Los superhéroes no morían porque las colecciones debían seguir editándose mes a mes. Sin embargo, el hecho de que Watchmen fuera una serie que se abría y cerraba en sí misma cuyos personajes principales eran completamente originales (aunque cada uno de ellos se encontraban inspirados en los de Charlton Comics) permitía acabar con ellos sin miedo a la continuidad o las quejas y apego de los fans. Así que Moore y Gibbons podían hacer básicamente lo que les diera la gana, tal y como queda reflejado en ese sensacional primer número en el que El Comediante aparece muerto y Rorschach comienza una investigación que tenía en principio más que ver con la novela negra, con las viejas y gloriosas películas de Jacques Torneur, Howard Hawks y John Huston, que con las habituales en los cómics de la DC y la Marvel.

Ciertamente, Watchmen rompía con decenas de tópicos. Porque en cualquier otro cómic, Rorschach hubiera sido un criminal. Un villano. No me cuesta, por ejemplo, imaginarlo a las órdenes de Kingpin haciendo la vida imposible a Daredevil. Pero aquí era el gran héroe de la historia. Casi un idealista. Un hombre que mataba a quien se le pusiera delante pero que también era capaz de sacrificar su vida para dar a conocer la verdad. Y, por otro lado, El Comediante era un puto psicópata. Alguien a mitad de camino de Rambo y los personajes interpretados por Schwarzenegger en Comando o Ejecutor. Poseía un toque rufianesco en su carácter además de aspectos sádicos y esquizoides en su personalidad que lo hacían sumamente temible. Casi detestable. Y si nos ponemos a hablar de Adrian Veidt (Ozymandias) no paramos. Con héroes así, ¿quién necesitaba villanos? Shalam

كلمة هادئة ودقيقة أفضل من ألف آية عبثية

Mejor una palabra serena y certera que mil versos absurdos

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

4 comentarios

  1. Valentí Ponte on

    Gracias !!!. No lo hubiera expresado mejor ,tengo 59 tacos y siguen acompañado los cómic desde la infancia, este me seduce en cada repaso ..es el «Cómic » definitivo, realista y adulto de Superhéroes…

    • Alejandro Hermosilla on

      Muchas gracias por tus palabras con las que, por supuesto, concuerdo. Mañana también le dedicaré otro avería al cómic de Moore. Debería dedicarle más pero, en algún momento, hay que poner el límite. Luego ya en posteriores días hablaré de adaptaciones y demás. De nuevo gracias.

  2. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….splash collection…vigilantes….pop…..
    2ºimagen:…..benidorm en holanda……..
    3ºimagen:….vigilantes saliendo de unos prismaticos….
    4ºimagen:…..ocho patas pá un banco……de izq a dech:….valentina existencialista, mariposa, dinero, astrofisico , aviador dro, marilyn monroe, verdugo y splash….
    5ºimagen:…..la ventana indiscreta…..jajajjj
    PD:..https://www.youtube.com/watch?v=eEuhTcWWWXw….bowie…port of amsterdam live 72….

  3. Alejandro Hermosilla on

    1) Obviamente, smiley, smiley. Acid House. Ibiza. 2) La resurrección de los magos. 3) Cocina del infierno. 4) Conjunto de rugby universitario con ínfulas de profesionalizarse. 5) El principio de El Incal y el Sexto Elemento desde otro punto de vista. PD: la foto de espaldas de Bowie es espectacular.

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