Los martillazos de la bruja

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Dejo a continuación el texto íntegro que leí en la perversa presentación de Bruja ayer en la librería La montaña mágica de Cartagena:

La noche del 14 de mayo del año 2016, el espíritu de Alicia Hermosilla fue contemplado desde las azoteas de los castillos, desplazándose por las mugrientas calles del condado de Cartagena. Aquella primavera, la temperatura era tibia, lo que contribuía a acrecentar la humedad que asolaba las paredes de decenas de caserones derruidos tras la epidemia de peste que había acabado con la mitad de la población de campesinos y herreros, zapateros y labriegos, dejando un reguero de muertos y pestilencia abrumadores. Un ambiente de insana decadencia que había convertido el condado en un inmenso cementerio apenas animado por los llantos de los supervivientes, las voces de los sacerdotes dirigiendo continuamente funerales y los golpes de las palas de los enterradores arrojando capazos de tierra, como si fuera mierda, sobre los rostros y cuerpos deformes de los cadáveres. Por lo que apenas se escuchaban los ecos de lejanos martillazos y voces entre las sucias paredes de aquella vetusta librería, La delirante montaña, iluminada únicamente por una vela, donde el espíritu, curioso y aguerrido, como el guerrero que afronta una guerra contra los dioses sin esperanza, se introdujo para consultar varios libros. Evocadores cuentos escritos por Lord Dunsanny durante noches de insomnio, alucinadas epopeyas salvajes imaginadas por Robert E. Howards o Robert Chambers en habitaciones llenas de polillas e insectos salvajes, viscosos poemas de Alejandra Pizarnik delineados con pelos de doncellas quemadas en hogueras, libretos de óperas de Richard Wagner urdidos en sánscrito, versos pertenecientes al Cantar de los nibelungos bañados con la sangre de heroínas germánicas violadas sobre colinas y precipicios desnudos, y negros textos de ocultismo, magia y hechicería entre los que destacaba uno en concreto sobre el que la vieja nigromante posó su mirada durante largos minutos, abriendo la boca satisfecha como si estuviera oliendo la piel de una nutria o un castor se hubiera introducido bajo los pliegues de su falda negra: un malévolo poema místico conocido con el nombre de Bruja.

Un orificio narrativo parecido a un vestido negro y arrugado de bruja creado por el escritor norteamericano H.P. Lovecraft tras regresar extasiado, casi asombrado, de una visita a la mansión donde vivió encerrada durante largos años la hechicera Emily Dickinson. Una muchacha solitaria alejada de toda vida social que, durante su voluntario encierro, en la casa regentada con extraordinario rigor y severidad por su padre -un descendiente de uno de los jueces que habían dictado sentencia contra varias muchachas acusadas de brujería en Salem siglos atrás- se dedicó a componer poemas, textos desnudos y breves que eran en realidad sortilegios, hechizos, conjuros sagrados a través de los que la silenciosa mujer intentaba comunicar con el territorio de los muertos. Establecer un enlace entre varios tiempos y mundos de tal modo que hubo quienes consideraron sus poemas como lágrimas de dolor o fragmentos rotos del libro Necronomicon.

Un conjuro mágico que, como en toda la obra de H. P. Lovecraft, jugaba un papel trascendental en Bruja. Sobre todo, en sus primeras páginas. Aquellas en las que, en mitad de una biblioteca en llamas, rodeada de las fotografías de decenas de muertos enterrados por el recuerdo de una guerra y una cruel epidemia, una joven muchacha comenzaba a recitar palabras antiguas, secretas en un idioma extraño convocando al espíritu de una asquerosa, sucia bruja parecida a un animal salvaje que se abalanzaba sobre las decenas de cadáveres que la rodeaban destrozando sus vacías almas llenas de grietas. Y después, frente a los restos de huesos y trozos de carne arrojados al suelo, las calaveras descuartizadas y la sombra de varios buitres que llegaban a esos delirantes confines con el fin de celebrar una orgía culinaria de sesos y mierda, elevaba sus brazos al cielo y declaraba su lucha a muerte a dios puesto que, según confesaba mirando a quienes le rodeaban con los ojos ensangrentados, para conseguir amar a nuestros semejantes, primero hay que odiarlos. Hay que destrozar a martillazos la tierra, romper los cofres de bronce y dejar emerger de ellos los diablos rojizos que habitan en el corazón de los hombres y son alumbrados con lujuria y calor en el vientre de las mujeres. Y también si es posible golpear al enemigo con la esperanza de aturdirlo. Destrozarlo. Y aniquilarlo. Pues únicamente así, existirá un tiempo para el amor. Sólo amasando el cuerpo de los cientos de puercos que nos rodean, convirtiéndonos a nosotros mismos en espadas de fuego egoístas, emisores de ruido y los destructores de ejércitos de jardineros infames, podremos algún día construir versos de caridad con un sentido totalitario que borren de una vez y para siempre de la faz de la tierra, todos los poemas sobre rosas, muchachas hermosas y vidas estériles que existieron, existen y existirán en este mundo.

Exactamente, Bruja, el libro que el espíritu de Alicia Hermosilla portaba en sus manos, como si fuera un acertijo o una palabra impronunciable, era un libro que mordía. Convocaba sueños y tempestades. Porque, aunque cada palabra había sido tallada con el esmero con que la porcelana es barnizada, había sido escrito con rabia. Casi con saña. Era una novela parecida al pico de un cuervo, a un confuso sueño del Marqués de Sade o una canción escuchada al revés de David Bowie. Porque H. P. Lovecraft no se contenía en ningún momento. Escribía como un artista expresionista insomne, realizando comparaciones entre tiempos distantes y personajes aparentemente opuestos provocando una sensación de extrañez y alejamiento que le permitía profundizar en la psicología de la hechicera Emily Dickinson a la que contemplábamos leer textos infames delante de un espejo que en vez de reflejar su rostro, mostraba el de varias muchachas más bellas que ella y el de decenas de niños penetrando en su guarida. Un sótano lleno de instrumentos de tortura velado por jardineros y poetas que se comportaban como bestias y agredían con cuchillos a quien osara decirles que sus poemas, cualquiera de sus versos eran una auténtica basura. Y que por tanto, merecían ser arrojados a la hoguera por haberlos escrito.

En cualquier caso, y a pesar de su violencia, la repulsión con que H. P. Lovecraft arrojó este vómito sobre la sociedad industrial, y el mundo de la cultura y la tecnología, Bruja también era un hechizo sutil. Un anillo de diamantes perfectamente ornamentado del que de tanto en tanto llegaban ecos violentos de aventuras orientales. Sobre todo, el rostro de violentos sultanes apareciendo una y otra vez como un espejismo sobre el fondo de cielos oscuros y el crepuscular castillo donde la poetisa Emily Dickinson soñaba vivir para huir de la molicie cotidiana que prometía derrotarle. Deseando convertirse con todo su alma en una niña y atravesar el otro lado del espejo. Poder cabalgar sobre corceles bellos abrazada a la espalda de hombres indómitos como un aguerrido Barón que se le aparecía constantemente en sueños, y amar a cualquier caballero que se le antojara. Fantasías que abrasaban con tanto ardor su espíritu que era habitual que hablara sola. Mantuviera conversaciones sobre temas abstrusos con su gata abisinia. Convocara el espíritu de la niña Alice Cooper. O se mirara en los espejos con una manta blanca rodeándola entera, creyendo estar muerta. Simulando ser un fantasma. Soñando y deseando con intensidad malsana llegar a ser una bruja que fuera todas las brujas y de esta manera, acabar con su encierro. La asfixiante cárcel mental en que se encontraba, como si fuera un canario encerrado en un cofre de hierro del que no pudiera salir por más que piara y piara. Tal vez por el maleficio de alguno de esos effrits cuyas aventuras leía en un ejemplar de Las 1001 noches que se hallaba en la biblioteca de su padre por algún descuido, cuya consulta era prácticamente su único sostén en su naufragio vital. Ese viaje sin fin entre mares muertos repletos de reptiles y las togas de monjes perversos.

De hecho, cuando abría la edición forrada con las costuras de un tapiz persa de origen safávida, sentía que aspiraba el sabor de los días. Y la vida. Que podía ahogar, hacer desvanecerse el rostro de aquel monarca árabe que se le aparecía noche tras noche en sueños, amenazándole con cortarle la cabeza de un tajo si no seguía narrando historias, escribiendo poemas. Y huir al fin de esos gritos, sílabas entonadas con espanto procedentes de los sótanos y los subterráneos de su mansión, de cualquiera de sus vestíbulos, que la perseguían diariamente enloqueciéndola, y que tal vez fueran emitidas por su espíritu desdoblado al transformarse en Bruja: “La, la, la, la, la, la, la”.

Cánticos nocturnos que sonaron espectralmente en medio de la librería en donde se encontraba el espíritu, provocando que detuviera su lectura de Bruja y prestara su atención ahora al vuelo de las golondrinas por el condado de Cartagena. A los llantos de pájaros vibrando entre los resplandores de cielos oscuros, las manos quebradizas de angelitos encerrados en solitarios caseríos y el reflejo de las noches de invierno agolpándose sobre su mente, mientras escupía al suelo mares de saliva encadenada asustado,porque del fondo del libro Bruja emergían unas palabras que parecían sangrientos dientes tiburón recorriendo sin miedos los océanos: “Violarme y seré libre. Asesinarme y seré libre. Deseo la muerte al destierro, la violencia al reposo, el sexo al amor y el fuego del odio al de la misericordia. Soy multitud de vaginas infernales siendo incineradas. La destrucción de los niños derruidos y de la tecnología. Porque yo, únicamente y solamente yo, soy una bruja. La bruja que al mirarse en el espejo pervierte sus reflejos. La bruja que desciende sobre el cuerpo de las adolescentes obligándoles a masturbarse. Y la bruja que desearía destrozar la literatura para el mundo de las palabras se acabara para siempre y llegara el de las sensaciones. Montones de orgasmos vibrando en el fondo de cuerpos sin cerebro muertos, agolpados en los infiernos haciendo felices a viejas arpías y demonios”.

Frases soñolientas y ensangrentadas que ahuyentaron al espíritu de Alicia Hermosilla, haciéndole saber que tal vez por abrir las páginas de Bruja, las compuertas que separaban el mundo de los vivos del de los muertos se habían roto definitivamente y sus compañeros de encierro en el purgatorio se encontraban libres, obligándole a volver a caminar como un perro en la noche a través de las calles del condado de Cartagena, por las que resonaban ahora con mucha mayor fuerza que antes, martillazos que anunciaban el fin de los tiempos mezclándose con los gritos de seres monstruosos que desde los pantanos y el puerto, las colinas y empalizadas, gritaban con todas sus fuerzas: “Chulthu, Chulthu, Chulthu, Chulthu, Chulthu”, como si un gigantesco vestido de bruja estuviera siendo desvelado, ocultando el cielo y la tierra. Y, en definitiva, el espíritu ya no fuera un espíritu, sino el cuerpo ensangrentado de un escritor llamado Alejandro Hermosilla, condenado  a gritar hasta la eternidad a todos los asistentes a la presentación de una de sus creaciones en la librería La delirante montaña dos palabras secretas -“os odio”- mientras su cuerpo era conducido al infierno del ruido por jardineros que levantaban cruces donde empalarlo mientras sonrientes hechiceras preparaban ollas de fuego y azufre entonando viejas melodías, a medida que unos cuantos martillazos destruían las nubes, anunciando que el tiempo de los sueños había concluido. Y llegaba el de las pesadillas. El tiempo de Bruja. La época del horror y el odio infinitos. Porque cada día hay un nuevo asesinato y robo, se viene la noche definitiva, no hay año que no nazca de nuevo el demonio, y no hay momento mejor para celebrar la destrucción de cada una de nuestras esperanzas y anhelos que el presente: “la, la, la, la, la, la, la, la, la, la, la, la, la”. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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