Aquella performance

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Si todo continúa bajo los planes previstos, el próximo 5 de diciembre se realizará en la ciudad de Xalapa una performance sobre el libro Martillo. Ya hay dos músicos que a partir de esta semana van a comenzar a trabajar en las partes musicales, dos actores que están ensayando conmigo los muchos fragmentos vocales y diversos movimientos, y tenemos también un nutrido grupo de gente (músicos, actores o escritores) a las que recurriremos si nos vemos apurados. El texto por cierto ya se encuentra terminado. Obviamente, no es lo mismo leerlo que verlo actuado pues nació para esto último pero, en cualquier caso, -aunque probablemente lo vayamos corrigiendo sobre la marcha- lo dejo ya en avería. Aviso que al final del mismo se encuentran dos pasajes copiados de la obra Inferno de August Strindberg.

Tras golpear con su mazo una y cientos de veces y mil y una veces más y hasta un millón de veces e infinitas veces mil sobre un bloque de granito y acero y bronce, como si fuera un Dios castigado a un suplicio eterno, mientras los asistentes a la presentación de su novela Martillo se acomodaban en sus asientos, Alejandro Hermosilla, vestido con un traje de franela, corbata y mocasines, siguiendo todas las normas de etiqueta habituales para estos eventos, como un señorito de provincias que fuera a esposarse con su novia después de largos años de relación y con la acostumbrada soltura con la que poetas, conferencistas y escritores se refieren a sus textos el día que los dan a conocer al público, se volvió a los presentes para dictarles las primeras palabras de su Conferencia.

Aunque antes de comenzar su discurso, Abdul Alzhared se refirió a la temperatura atmosférica.

Algo lógico en aquella ciudad de muertos que el virrey de Bagdad denominara la espumosa debido a las continuas lluvias y conchas de agua que cercaban sus calles y hacían inútiles los esfuerzos de sus habitantes por mantener una vida normal, cumplir sus compromisos y llevar a cabo sus tareas laborales con regularidad.

Todas las relaciones humanas en la vetusta ciudad de Fez se veían afectadas por las abundantes aguas del verano.

Y de manera natural, las gentes, los comerciantes de especias, piel de borrego y perfume y los curtidores y estudiantes no tenían otra opción para huir del frío que refugiarse en sus casas o en los bares.

Alejarse de las calles evitando las bajas temperaturas que forjaban escarchas continuas de hielo en las aceras y avenidas.

Al fin y al cabo, aquel día aún no había llovido en la ciudad.

Un acontecimiento tan extraño que Alejandro Hermosilla no pudo evitar aludir a ello.

Abriendo sus manos como si fuera un brujo capaz de detener el temporal.

O un siervo agradecido con los dioses por permitirle presentar su libro.

Acto que Abdul Alzhared había decidido realizar, por supuesto, a la manera tradicional.

Leyendo con tranquilidad y corrección sin levantar demasiado la vista de los folios.

Deletreando con exquisito garbo cada una de las palabras y frases.

Y dirigiéndose a los presentes con extrema contención.

Ese público al que los intelectuales suelen mirar con simpatía y en ocasiones cierta condescendencia.

Como lo hace el demonio con sus secuaces.

Un capitán pirata con la manada de corsarios que lo siguen.

O Calígula solía hacer con los esclavos que debían lamer sus pies mientras comía fruta.

Con la seguridad que concede a los hombres de cultura, esos espantapájaros, saberse conocedores y portadores de un saber que la mayoría de su público no dispone

Y, en ningún caso, están dispuestos a ofrecérselo o compartírselo

Pues al fin y al cabo, la mayoría de escritores son perros de presa,

Hijos del ego, la avaricia y celos

Cerdos que compiten por la gloria unos con otros

Un inmenso granel de escoria que no tiene en consideración a sus lectores y tal vez ni siquiera a sus propias obras

Prueba de que, como Alejandro Hermosilla no se cansaba repetir, una y otra vez con los brazos al aire y los ojos inyectados en sangre,

Los libros no nacen del amor sino del odio.
Los libros no nacen del amor sino del odio
Los libros no nacen del amor sino del odio.
Los libros no nacen del amor sino del odio.

Nacen de la ira, la frustración y la cólera.

Son un pedazo del vientre del demonio.

Parte de un vómito divino.

Una venganza contra los cielos por habernos concedido la vida.

Un desahogo ante la estulticia y miseria habituales de la vida política y social.

Un erupto en medio de una comida oficial entre concejales y agentes  culturales.

Ese inmenso montón de mierda, ese inmenso montón de mierda, gritó mientras martilleaba una mesa en la que tenía grabada el rostro de los escritores que más odiaba.

Todos aquellos que recibieron el premio Nobel, el Goncourt o el Cervantes o una Beca del Gobierno.

Todos aquellos que recibieron una sola condecoración, un solo dólar o céntimo o yen o peso que les impidiera, aunque solo fuera por un instante, decir todo aquello que deseaban decir y tenían que decir sin lo cual, una vez dicho, el mundo hubiera sido más hermoso y menos terrible e insidioso.

Menos brutal y asqueroso.

Menos vomitivo  y desagradable.

Menos mentiroso y embaucador, dijo sacando una lengua de serpiente que se enroscó por todo su cuerpo.

En fin.

Qué oculto Dios de las cavernas sabrá porqué pero el caso es que aquel día Alejandro Hermosilla hablaba a ratos como una mujer.

Con voz suave y delicada aun con entonación fuerte.

Elevando las manos al cielo como si fuera una sacerdotisa de la vieja Mesopotamia adoradora del dios Baal.

O una bruja a punto de ser devorada por las llamas en tiempos de la Inquisición.

Incluso como una emperatriz romana de ojos ansiosos que dirigiera una y otra vez su mirada a la luna añorando a su amado Calígula.

Pero en otras ocasiones, Abdul Alzhared lo hacía como un hombre.

Un león realmente enfurecido ante su destino.

O un viejo poeta harto de beber alcohol y revolcarse con mujeres dispuestas a leerle la mano y el cuerpo por unos cuantos céntimos.

Casi como si fuera un anciano dios que hubiera regresado de los márgenes y confines del río situados más allá de la otra vida para confesar, escupir sus verdades a la cara a los asistentes si era necesario.

O un jinete a caballo entre varios mundos.

En cualquier caso, aquella noche no importaba realmente si Alejandro Hermosilla era un hombre o una mujer

un muerto o un vivo

un árabe o un totonaca

un conquistador, un escritor

o un demente

No importaba que fuera el mismo diablo o el mismísimo dios del caos y las tinieblas.

Ni siquiera si era el Emperador Calígula o un escritor español perdido en la inmensa jungla mexicana perseguido por un grupo de mayas que invocaba a sus deidades mientras corrían a través de bosques, torrentes, cascadas y huracanes

porque aquella noche, lo esencial era oír a Abdul Alzhared referirse a ese mundo de dragones, viejos vagabundos y marineros, antiguos naufragios, tesoros, piratas, caballeros errantes, bellas princesas, chacales, lobos sin manada, caníbales rabiosos, adoradores de ídolos y beduinos con turbante que estaba acostumbrado a describir en sus novelas.

Oírlo recitar versos impuros sobre civilizaciones antiguas y monstruos impiadosos que persiguen a los seres humanos desde el confín de los tiempos.

Al fin y al cabo, por este motivo se habían unido los asistentes que lo rodeaban allí.

Para escuchar al sádico y peligroso escritor Abdul Alzhared

(Aquel señor  que hubiera asesinado a sangre fría a unos cuantos perros y cerdos e incluso a su propia madre para conseguir el éxito literario)

hablar una y mil veces y cientos de veces más de su libro Martillo.

Una novela que Alejandro Hermosilla había escrito como si fuera una canción furiosa sobre la pérdida de la esperanza y la alegría con la intención de destripar a los demonios.

A los señores de este mundo material.

Políticos o Gobernadores.

Capturarlos como al efrit azul que cabalga sobre un negro caballo alado por toda su novela hasta mostrarlos como aquello que son.

Meras marionetas de un mundo oculto que se niegan a aceptar que ellos también morirán.

Sangran si les dispara o acarician su piel con un cuchillo

O se los intenta atrapar en un libro.

Como es el caso de Martillo.

Un tapiz laberíntico.

Un friso repleto de ecos y voces perdidas en un limbo situado en Oriente compuesto en homenaje a los eternos cuentos de Las 1001 noche con la imperiosa necesidad de decir y soplar y soltar y cantar y gritar y escribir del terror que impera en este mundo

pero en este caso, hacerlo con aires juguetones,

resucitando mundos perdidos, pintando tejidos orientales, pañuelos de seda, cojines de los más diversos tamaños, jarrones de oro, plata y cristal o bellos e inmensos tapices

sin miedo a volar sobre el lomo de genios surgidos del mar frente a la mirada de muchachas de una belleza sin par cuyas palabras enamoran

con el objeto de darle aire y profundidad a las hazañas sin fin que se narraban en sus páginas protagonizadas por un grupo de seres perdidos en una ciudad llamada Xalapa situada en mitad de un desierto donde las flores hablan con voz de perro,

existe un lago en el que los peces lloran como seres humanos recordando a músicos delicados a los que un visir les cortó sus dedos por error,

y, según la leyenda, las mujeres tienen tres sexos y una nariz de cuervo  y tienen la capacidad de combatir con la fuerza de un león,

los hombres aúllan como lobos cuando pronuncian ciertas palabras sagradas.

las niñas portan collares plagados de diamantes en los que se ven reflejadas cientos de alas y colmillos pertenecientes a vampiros

y los ancianos caminan con la mirada perdida en el horizonte y las manos escondidas en sus bolsillos apretando con insistencia dagas de filo cortante y empuñaduras de marfil.

Una ciudad que es una metáfora de ese laberinto en que se ha convertido y todavía es y siempre será el mundo actual y el pasado y el de todos los tiempos que vendrán, la cual, milenios atrás, cuando el gran Chutlhu caminaba libre y feroz por nuestro planeta, se encontraba sepultada bajo las aguas.

Yacía quieta y rígida entre tiburones y algas y líquenes y pulpos gigantescos que se desplazaban con soltura por sus calles empedradas y catedrales e iglesias y pirámides y temazcalis y grutas abiertas al sol y la luna a las que se acercaban todos sus habitantes invocando el nombre de los dioses oscuros que adoraban.

Aquellas divinidades que protagonizaban la novela Martillo de Alejandro Hermosilla,

incendiando sus páginas y contaminando de negro cada una de sus sílabas y palabras con su aliento.

creando miedo y temor tanto en los habitantes de la ciudad como en los lectores de la novela.

Un hecho lógico, porque

Los dioses como los libros nacen del odio y no del amor.
Los dioses como los libros nacen del odio y no del amor.
Los dioses como los libros nacen del odio y no del amor.
Los dioses como los libros nacen del odio y no del amor.

Surgen y ven a la luz y respiran y caminan sobre la tierra dejando a su paso restos de su rencoroso aliento, gracias a la ira y el temor de sus seguidores

Algo que también sucede con la muerte.

Aquel invento ideado por los seres humanos para no responsabilizarse de la libertad que les fue concedida.

Esa patraña que les sirve de excusa para no tomar las riendas de nuestras propias vidas.

Pues la mayoría la temen.

Un hecho antinatural

porque temer a la muerte significa en el fondo, temer a la vida.

No aceptarla.

Actitud que les imposibilita, no les permite ser absolutamente auténticos.

Atreverse a superar sus límites y caminar libremente por la otra ladera del río, allá donde los escorpiones y hormigas se arremolinan en torno a cadáveres violentos y encolerizadas mujeres de dos cabezas que recitan salmos con ojos libidinosos mientras atraviesan con un puñal los ojos de calaveras y esfinges.

Ya que aquel ser humano que desea evitar la muerte e intenta esquivarla a través de las callejuelas de Xalapa o Fez o la antigua Constantinopla

y no se atreve a mirarla a los ojos cuando ésta le enseña su rostro al descubierto, repleto de carroña y gusanos y restos de aves maltratadas y torturadas a las que les ha sido arrancada el corazón

es, en el fondo,  su esclavo.

Su humilde servidor.

Vivirá el resto de su vida arrodillado.

Dominado y sujeto del cuello por los seres oscuros.

Controlado y doblegado por sus propios temores y deseos.

Esa es en el fondo la lección que se puede extraer de aquel texto al que el escritor H.P. Lovecraft se refería en una de sus insólitas narraciones: el Necromonicón.

Un libro que crea un puente y diálogo entre los vivos y muertos al igual que el libro de los muertos tibetano

El libro de los muertos egipcio

El libro de los muertos nórdicos

El libro de los muertos azteca y el libro de los muertos maya

Textos sagrados que fueron descubiertos hace muchos siglos

entre las astillas de viejos barcos piratas naufragados

en medio de las sucias aguas de un océano revuelto

y un sinfín de muñecas de trapo que sonreían con la boca desencajadas.

Textos sagrados que ningún político o ser oscuro hubieran deseado que conociéramos jamás

puesto que en sus páginas se nos indica que

vivir es, en cierto modo, una batalla por aniquilar el muerto que seremos.

Un anciano espíritu que nos aguarda tranquilo en un sillón

Vestido con mocasines de plata y un gabán de terciopelo que introducirá su lengua en nuestros labios cuando abandonemos este infierno

Aliviados por librarnos de este pérfido tormento.

Nuestro desconsuelo sin fin en torno al que bailan ininterrumpidamente niñas de ojos rabiosos

Y por ello, no hay que  tener miedo de la muerte ni de asesinar con nuestras manos y dientes cuchillos y balas a nuestros enemigos.

Porque, al fin y al cabo, ya están muertos.

Flotando en un barco fantasma repleto de agua estancada.

Cantando una cantinela marina entre piedras y algas.

Y si no mueren ellos, moriremos nosotros. Porque todos, absolutamente todos, desde hace mucho tiempo,

Todos estamos muertos

y más, los vivos.

Esos viejos piojos que caminan entre los grasientos cabellos de los dioses enterrados, suplicando que los escuchen de una vez y no hacen nada, absolutamente nada para cambiar de una vez la realidad.

Convirtiéndose por tanto en presa fácil de la desidia y la depresión

La angustia y la obsesión

De cuyas garras creen que pueden escapar, escribiendo o leyendo libros compuestos aparentemente por amor

cuando, en realidad, los  libros nacen del odio y no del amor.

Los libros nacen del odio y no del amor.
Los libros nacen del odio y no del amor.
Los libros nacen del odio y no del amor.

Nacen y crecen y echan raíces y se hacen grandes y enormes y hasta gigantes gracias a las dificultades y la ansiedad.

La necesidad de destruir lo establecido

O derribar torres aparentemente invencibles en las cuales no existe una sola ventana ni una puerta a través de la que respirar o contemplar una luz.

Martilleando sin piedad en los oídos de quienes se empeñan en guarecerse en su burbuja.

Aquellos que piensan que la vida consiste en refugiarse y protegerse de los miedos

Y no se atreven a mirar a la dama de la guadaña de frente.

Agarrarle la mortaja y clavársela en sus entrañas.

Aunque no sirva de nada porque la señora de lo desconocido es muy traicionera

pérfida y astuta al tiempo que amorosa

Y siendo invencible e inmortal y teniendo tanto apego a los seres humanos

es seguro que, antes o después, la encontraremos

paseando satisfecha y tranquila por una de las callejuelas de Xalapa

un viejo puente colgante situado en la inmortal ciudad de Fez

o una sala repleta de seres muertos a los que acaso les cueste levantar la voz ante las injusticias,

gritar en coro  ante las continuas tropelías de los gobiernos

(esa maldita corrupción que hacía que Hamlet arrojara lejos de sí la calavera y se cortara la cabeza antes de querer vivir entre tanta inmundicia y llenarse los pies de barro y fango diariamente)

a  quienes Alejandro Hermosilla y Abdul Alzhared animaron a decir a voz en grito un himno,

unas palabras de batalla para ayudarles a acabar sus limitaciones

y dar un beso en los labios a los seres oscuros que gritaron asfixiados y comenzaron a huir en bandada cuanto un tropel de soldados del apocalipsis se decidió a entonar una cantinela en voz alta  y sin miedo:

“No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto. No estoy muerto”.

Palabras que cortaron las paredes del laberinto donde se encontraban

Y paralizaron las lluvias que asolaban aquella ciudad

Al quedar los dioses sorprendidos de encontrar una  manada de seres que, sí, sabía y pensaban y decían que

Los libros como la vida nacen del odio y no del amor.
Los libros como la vida nacen del odio y no del amor.
Los libros como la vida nacen del odio y no del amor.
Los libros como la vida nacen del odio y no del amor.

Palabras furiosas que volaban a través de los tiempos y se convertían en arañas que asolaban a los dioses oscuros

Puesto que el ser humano se fortalece en la lucha

En la dificultad y en la desgracia

Y sólo puede llegar al amor explorando el odio y la rabia

Y no al revés

Razón por la que finalmente la mayoría de nosotros perecemos.

Desistimos de combatir y somos esclavizados

Porque creemos que merecemos y debemos recibir amor y caricias y besos

cuando, en realidad, lo normal fuera que recibiéramos un puñetazo en el rostro nada más al nacer

y los susurros  de cariño en nuestros oídos no fuesen más que tretas para doblegarnos

teniendo en cuenta que el amor y el cariño verdaderos no suelen regalarse ni entregarse gratuitamente

sino es tras una gran batalla

Una enorme lucha que, conforme la presentación de Martillo se llevaba a cabo y la luna menguante se alzaba esplendorosa en el horizonte de la ciudad de Fez, Alejandro Hermosilla o Abdul Alzhared llevó a cabo contra sí mismo.

Una parte de su rostro se había ido transformado a medida que el acto se desarrollaba en el de Abdul Alzhared como la mitad del de Abdul Alzhared se había convertido en el de Alejandro Hermosilla.

Abdul Alzhared decía haberse reencarnado en Alejandro Hermosilla, haber vuelto del mundo de los muertos, para escribir Martillo como antes lo había hecho con el espíritu de cientos de escritores que había poseído y Alejandro Hermosilla, por el contrario, decía ser el creador original del libro y Abdul Alzhared únicamente su personaje.

Y llegados a este límite, ambos emprendieron un combate para certificar quién se quedaría con el martillo del otro que los presentes contemplaron expectantes.

Abdul Alzhared se transformó en una negra pantera que caminaba a cuatro patas y rugía insistentemente y luego en un mono que se daba golpes en el pecho mientras gritaba y más tarde en un tigre ágil y feroz que recordaba a los que lucían su esplendoroso porte por las estepas de Asia no hace tantos siglos

y Alejandro Hermosilla se convirtió en un perro que ladraba rabioso y luego en un imponente león que movía su cabeza sin cesar y después en un rinoceronte que embestía incesantemente a su enemigo.

Ambos, Abdul Alzhared y Alejandro Hermosilla, se mordieron mutuamente varias veces en su cuerpo y se hicieron heridas tan profundas como dolorosas hasta que, aprovechando un descuido de Abdul Alzhared porque el imán había llamado a la oración desde la medina de Fez-Elsauhid, Alejandro Hermosilla, ahora transformado en un buitre, le rajó los ojos con sus garras, le sacó la lengua con su pico y le arrancó el corazón que chupó con su lengua relamiéndose en él hasta que se transformó en un pájaro al que de un soplido dio vida.

Ocurrió entonces que tras acariciar el ave varias veces, relamiéndose en la forma en que gritaba insistentemente “Alejandro, Alejandro, Alejandro”, y soltarlo en dirección a los presentes, aquella abubilla o golondrina convertida ahora en un santo espíritu que volaba trayendo bendiciones y felicidad, comenzó también a pronunciar en voz alta el nombre de “Abdul Alzhared, Abdul Alzhared, Abdul Alzhared”.

Y a continuación se dirigió hacia el centro de la sala y se volvió a mirarse en un espejo que con toda su alma, hubiera deseando destrozar, puesto que comprobó que su rostro continuaba siendo igual al de Abdul Alzhared

Y que probablemente, mientras viviera, y sin importar las veces que lo derrotara, no podría liberarse de su yugo

Estaría condenado a ser la mezcla de un personaje real o uno de ficción.

Atrapado en los pasadizos del tiempo por un antiguo pacto realizado con el demonio para conseguir el éxito literario

Un conjuro que Abdul Alzhared había realizado siglos antes para poder realizar su Necronomicón y que, de alguna forma, Alejandro Hermosilla había vuelto a actualizar para escribirMartillo.

Viéndose condenado, por tanto, a quedarse al otro lado de la realidad y del espejo hasta la eternidad

Lo que lo había incapacitado en definitiva hasta entonces para encontrar la fuerza necesaria dentro de sí mismo y sus semejantes para poder decir

Los libros no nacen del amor sino del odio.
Los libros no nacen del amor sino del odio.
Los libros no nacen del amor sino del odio.
Los libros no nacen del amor sino del odio.

Una verdad absoluta que es necesario aceptar

Pues únicamente aprendida y comprendida y experimentada con total radicalidad

es que se pueden construir textos que vuelen en libertad y a su paso dejen caer migajas de cariño y aliento y paz a los seres humanos y convertirse, sí, en amor.

Palabra que sana y promete y sueña y funda una nueva ciudad y concede la paz y el alimento y la serenidad

Como, tras muchos esfuerzos y problemas, comprende el personaje que protagoniza Martillo.

Un escritor español que, tras conocer a un avispado muchacho en la ciudad de Fez, es conducido por un efrit rojo con un rabo inmenso, a una antigua  fortificación situada en el desierto donde es hecho preso por seres oscuros que lo humillan y escupen y lo encarcelan.

Lo mantienen preso junto a mujeres con tres senos que echan fuego por la boca  y cientos de miles de gatos de entre los que cae enamorada de una gata abisinia.

Un animal que, como le ocurrió a Miguel de Cervantes cuando fue confinado en una cueva en Argel, le ayuda a hacer un poco más dulce su estancia en el presidio.

Su vida entre gigantescos muros de piedra por los que apenas puede contemplar los buitres y los secos rayos de sol y una inmensa cúpula donde los presos y habitantes de la ciudad son sacrificados a los Dioses de la oscuridad por hombres encapuchados que gobiernan el Estado de Guerrero y el de Ciudad Juárez y el de Veracruz y todos los Estados que hay y habrá en el mundo con mano dura.

Desnudan a los muchachos y mujeres que protestaron aunque sólo fuera durante un segundo de su existencia ante ellos y leyendo unas palabras de los libros diabólicos, rajan su vientre y pecho y consagran sus vidas a Chutulu y el resto de los dioses del mal que, contentos, claman de alegría

como cuando Hernán Cortés cortó uno a uno los dedos de las princesas que se acostaban con Moctezuma

o el Emperador Moctezuma comía el vientre de los muchachos mayas y totonacas atrapados durante las guerras floridas.

Quién sabe si por que así lo encomendaba el ritual o por simples caprichos sádicos.

Pues, al fin y al cabo, el poder, el poder siempre se pliega en sí mismo. Es silencioso y capcioso.Es inhumano, destroza vidas e ilusiones y si alguien se atreve a clavar una aguja en sus piernas, responde con indiferencia e intolerancia. Defendiéndose y enroscándose como una alimaña o serpiente en torno a su propia mediocridad. Ofendiéndose de tener que ajustarse a ley después de haber arrojado unas cuantas bombas en el campo de batalla del enemigo. Creando, si es posible, más miedo y presión.

Lo que provoca que Martillo sea también un libro sobre el temor.

Una novela, como aquella escrita por Malcolm Lowry en Cuernavaca, Bajo el volcán, sobre la incapacidad de construir un país, una vida.

Y la destrucción de todo tiempo futuro y presente y  pasado.

Un texto sobre el exilio que se habita en la propia piel y cuerpo y país pero también en la patria de los otros

Que no es más que otra muestra de que, dado que los hombres son en su mayoría impotentes e inconscientes y viven subordinados a la materia y el dinero,

tal y como dijeron a voz en grito  a los allí presentes Antonin Artaud

El conde de Lautreamont

Abdul Alzhared y Alejandro Hermosilla

los libros han de nacer del odio y no del amor
los libros han de nacer del odio y no del amor
los libros han de nacer del odio y no del amor
los libros han de nacer del odio y no del amor

Han de ser, en definitiva, un testimonio absoluto y total de que nos encontramos vivos porque alguien nos odia

Y desea ponernos a prueba encerrándonos en una ciudad, sea cual sea ésta, en medio del inmenso mundo

donde únicamente se escuchan las miserias y desgracias entonadas a voz en grito por piratas cuyo barco naufragó sobre unos arrecifes

y ciento y un mil martillazos emitidos por los monstruos del inconsciente con el propósito de abrir la conciencia de los seres que se encuentran a un lado y otro del Mictlán,

para que de una vez, si esto es posible, los muertos y los vivos se den un beso eterno que traspase los cielos y los infiernos y  la tierra y las aguas.

Y los demonios y tiburones rujan en los océanos porque ha llegado al fin el nuevo mañana.

La noche de los tiempos de la que hablan los eremitas y profetas bíblicos en la que cada libro se convertirá al fin en un arma que arrojar a los demonios y los políticos y conquistadores y gobernadores de los estados dependientes y subordinados a la gran Tenochtitlán y perseguirlos hasta el día del juicio final.

Y que las trizas de los espejos rotos servirán para, por una vez, al menos por una vez, contemplar nuestro verdadero rostro.

Sin importar si es el de Alejandro Hermosilla o el de Abdul Alzhared o el de Hernán Cortés o los dioses aztecas o mayas y ni tan siquiera si la ciudad de Xalapa es la de Fez o se encuentra hundida bajo las aguas como la Antigua Atlántida

Porque la palabra se habrá hecho trueno y rayo y el hombre volverá a danzar en torno a los fuegos tras una tarde de caza y en sus manos no tendrá la cabeza de los bisontes y los bueyes ni la de los toros

sino  el rostro de aquel dios nacido de una virgen que decía haber venido al mundo para liberar a los hombres, y por medio de su propia muerte, pretendía  abolir el terror a la muerte

el cual, agarrándolo de los cabellos, arrojaremos a las bestias

mientras nos sentamos a contemplar con desparpajo y felicidad cómo la tierra pierde su órbita, las montañas se desmoronan, las aguas inundan la tierra, el eje apunta al norte, al frío, a las tinieblas; la peste y la hambruna causan estragos en las naciones; el amor se tronca en odio mortal, la piedad filial en parricidio y los poderosos abren sus puertas a los humildes solicitándoles ayuda y éstos de un martillazo les quiebran el cráneo para siempre y jamás,

mastican un pedazo de su carne cocida

Y se sientan a disfrutar del nuevo amanecer.

Repitiendo como una manada de lobos perdida en el desierto

esa cantinela que tatarean los borrachos antes de caer el suelo para siempre, que dice así

Los libros no nacen del amor sino del odio
No nacen del amor sino del odio
No nacen del amor sino del odio
No nacen del amor sino del odio

Como todos y cada uno de los habitantes que poblaron hasta el confín de los tiempos Xalapa, Fez o cualquier ciudad digna de aparecer en Las 1001 noches, en la cual se pueda experimentar el sabor de un té y un abrazo procedente de los cielos.

Asistir en primera fila a un beso entre el sultán y Scherezade.

Y a cómo los martillazos de los hombres salvajes continúan escuchándose más allá de los límites de las colinas y la tierra y los cielos y no tienen ni tendrán final.

Como tampoco un principio.

Puesto que como el sol y la luna son eternos.

Al contrario que los libros

que no son más que meros destellos de luz que traspasan el tiempo

sin otra posibilidad que la de provocar odio, rabia y furor

pues como la novela Martillo, los dioses y los malditos gobernadores a los que no quedará más remedio que quemar en una hoguera en las plazas centrales de los pueblos ante la atenta mirada de los sacerdotes

Nacieron, nacen y nacerán del odio y no del amor.

Nacieron, nacen y nacerán del odio y no del amor

Nacieron, nacen y nacerán del odio y no del amor. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

          El corazón en paz ve una fiesta en todas las aldeas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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