Calígula

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Continúo avanzando en Puercos y desechando pasajes que no aparecerán en la novela por un motivo u otro. Este último en concreto se encuentra protagonizado por Calígula. Un personaje histórico que no puedo evitar visualizar con el rostro de Malcolm McDowell desde que contemplé una versión de cuatro horas del film dedicado al tirano romano por Tinto Brass.

Recuerdo haber visto la copia que se estrenó en su momento cuya duración era mucho menor y, realmente, era sumamente decepcionante. Un retrato superficial de la vida del Emperador con tintes soft-porn. Erotismo de lujo en medio de un decorado de cartón piedra. Pero, desde luego, esta versión (mucho más fiel a la idea original de Tinto Brass) es verdadero fuego. Una mezcla inusual de lujo decadentista y violento malditismo artístico. El Imperio Romano convertido en un pórtico infernal y Calígula en un Lucifer menesteroso y narcisista, yugo del diablo y de dios, del sol y la luna. Una serpiente iracunda, padre de todos los totalitarismos y perversiones. El fundador del sadismo y la crueldad pornográfica.

En fin, Calígula también aparecía en Ruido y tal vez, algún día le dedique un avería porque, para bien o para mal, es un personaje fascinante que ayuda a comprender no tanto la vertiente delirante del poder sino el poder en sí mismo, tal y como muy agudamente lo visualizó Albert Camus. Pero mientras eso ocurre, baste este breve texto que no termina de encajar en Puercos. Novela en la que, aclaro, sí aparece Calígula pero en un pasaje, pienso, mucho más insinuante que el que dejo a continuación.

Ahí va:

caligula_mcdowell_howl“Calígula luchó por acabar con el aroma decadente, oscuro y secreto de los jardines. Y lo hizo, convirtiendo a una ciudad al completo, Roma, en su vergel. Pues se negaba a esconderse para disfrutar de sus vicios.

De hecho, su diferencia con otros Emperadores no radica tanto en la crueldad de su comportamiento sino en que, al contrario que la mayoría de ellos -preocupados por su buen nombre y reputación- no tuvo reparos en mostrarla. Fue, ciertamente, el afán exhibicionista de Calígula y no tanto sus caprichosas órdenes, el detonante de su asesinato. Si Calígula hubiera sido menos elocuente y hubiera cuidado su reputación, probablemente nadie hubiera tenido en cuenta el dolor de los hombres que ordenó castrar, las vírgenes contra cuyo honor atentó o las frecuentes orgías en las que se entretenía mientras Roma se desangraba en batallas interminables o el Senado realizaba una importante reunión. 

En realidad, la mayoría de los poderosos aplaudieron varias de las truculentas medidas que tomó a los pocos días de convertirse en Emperador: desnudar delante del resto de integrantes de la Curia romana a los senadores adúlteros y obligar a muchos de esos patricios y nobles a besar los pies de sus esposas mientras éstas eran acariciadas y penetradas suavemente por musculosos esclavos negros. Básicamente, porque a muchos senadores, estas humillaciones les permitían acumular poder o simplemente eliminar sin esfuerzo a algún compañero al que odiaban y envidiaban. Aunque esta simpatía comenzaba a tornarse en miedo y posteriormente odio, cuando las imprevisibles decisiones del Emperador se tornaban contra algunos de ellos.

Lo cierto es que, mientras el pavor iba creciendo en las clases nobles, Calígula trazaba planes para sustituir los dioses del santoral romano por los del egipcio, profería obscenos insultos contra los más temidos y respetados guerreros vivos de Roma y terminaba de redactar un decreto que permitía las bodas filiales y, por tanto, dejaba sin efecto cualquier embestida que el Senado quisiera acometer contra él tras desposar a su hermana Drusila.

caligulaPor lo que, pronto, las clases dirigentes comprendieron que el modo de razonar de Calígula era en extremo peligroso. Consideraba, por ejemplo, que el Imperio Romano se encontraba fundamentado en el vicio y la traición, no comprendía las razones que le obligaban a ocultarse para llevar a cabo sus deseos y además, estaba convencido de que era un dios profético y había nacido para instaurar la primera era de la verdad humana.

De hecho, no faltaron cronistas que lo consideraron un hombre sincero que, ante todo, amaba la verdad y odiaba a los mentirosos. Un ser muy honesto en su perversidad que tenía miedo de los agujeros negros y los asuntos ocultos. Y por ello ordenó que, de muchas fuentes de las que brotaban chorros de cristalina agua, comenzara a emerger sangre. Sangre de nobles, enemigos y esclavos revuelta que él consideraba que era la bebida de la que mamaba el Imperio y, por tanto, era la apropiada para regar los jardines y cada una de las calles de Roma.

Solía proferir en voz alta que el color de los edificios del Imperio era rojo. Que si uno rascaba en cualquier estatua o pared o era lo suficientemente paciente para roer una puerta con su uña durante horas, acababa saliendo sangre de allí. Y aún más, si acercaba el oído a la pared, podía escuchar gritos de decenas de víctimas entremezclados con susurros de personas conspirando y delirios orgullosos de hombres vengativos. Razón por la que sólo confiaba en su caballo Incitatus. Y de haber sido por él, hubiera ordenado matar a todos los seres humanos existentes sin importar que fueran amigos o enemigos”. Shalam

ذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

No hay sol para los ciegos; ni tormenta para los sordos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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