El hombre con cabeza de piojo

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El esquizofrénico escritor que protagoniza Ruido escribe una narración durante su adolescencia que horroriza a su padre. Tras leerla, su progenitor le golpea y le prohíbe la práctica de la escritura, encaminándole al terreno de las leyes. No sé si la incluiré en la novela. Pienso que puede romper su ritmo y trastocar su tono. Pero, obviamente, se encuentra escrita pues sólo así podré tomar la mejor decisión.

La historia se llama El hombre con cabeza de piojo y es la siguiente:

Cuando el hombre con cabeza de piojo se despertó, estuvo durante varios minutos rememorando su más reciente sueño. Varios hombres con una cabeza de piojo similar a la suya caminaban por las calles de una ciudad. Al principio, habían intentado mantener la calma pero como, a pesar de estar correctamente vestidos, con traje y corbata y hasta maletín, asustaban a las personas que no tenían cabeza de piojo con las que se encontraban, dejaban pronto de intentar comportarse como solían hacerlo y se dedicaban a disfrutar de todos los placeres que siempre habían ansiado. Los había que se adentraban en bancos que se vaciaban con su sola presencia, otros que entraban en los restaurantes para comer gratuitamente los platos más sabrosos y quienes intentaban violar a las atractivas jóvenes con las que se encontraban aunque muchas de ellas no tenían cabeza de piojo. Pero también existían quienes intentaban confraternizar con los ciudadanos que no tenían cabeza de piojo sin conseguir otro resultado que espantarlos.

De vez en cuando, al cruzarse con otro hombre con cabeza de piojo, los hombres con cabeza de piojo fumaban un cigarrillo con él y se preguntaban mutuamente qué tal se sentían con su cabeza de piojo. Por lo general, las respuestas eran efusivas. La mayoría de los interrogados se encontraban perfectamente y totalmente familiarizados y encantados con su cabeza de piojo. Al principio, a casi todos les había costado acostumbrarse a respirar. El aire llegaba a sus pulmones a través de orificios distintos a los habituales y les había sido necesario llevar a cabo inhalaciones profundas para habituarse a este nuevo cambio. Pero reconocían sentirse mejor que nunca. Uno cuyas mandíbulas se movían de arriba abajo con rapidez vertiginosa confesaba que su manejo como billarista había mejorado mucho. Veía ahora la bola con una mayor amplitud que le permitía distinguir con claridad dónde apuntar para realizar un golpeo más preciso. Asimismo, la cerveza sabía mucho mejor. Podía extraer de los alimentos un sabor que hasta entonces no había percibido. El único problema que tenían los hombres con cabeza de piojo era que habían perdido la antigua amistad que les unía a los hombres sin cabeza de piojo. Los amigos del barrio y el colegio habían salido despavoridos al ver su cabeza de piojo al igual que sus cónyuges e hijos. Debía ser porque no conocían las ventajas de tener una cabeza de piojo, se decían. Muchos les habían intentado herir o disparar y se habían visto obligados a enfrentarse a ellos en contra de su voluntad. Se rumoreaba, de hecho, que en breve, el ejército y la policía se organizarían y comenzarían a atacarles. Y eso, a pesar de que entre sus miembros existían varios que habían pasado a tener cabeza de piojo. Ninguno de los hombres con cabeza de piojo podían explicarse este hecho pero tampoco le daban más importancia. Podían cumplir al fin todos sus anhelos en las calles desiertas de las ciudades y a ello se dedicaban.

En lo que se refiere a este hombre con cabeza de piojo, andaba excitado puesto que le habían ofrecido una invitación para una fiesta sexual en un sótano a la que acudirían varios hombres y mujeres con cabeza de piojo y no dejaba de salivar pensando en este encuentro. Otros estaban más preocupados con los combates de lucha. Los problemas comenzaron cuando los hombres sin cabeza de piojo realizaron una maniobra inesperada. Arrojaron desde aviones y helicópteros una cabellera rubia de increíbles dimensiones que atrajo enseguida la atención de todos los hombres con cabeza de piojo. Quienes se dirigieron alocados hacia los enormes cabellos y cuando estaban enredados entre sus pliegues, empezaron a ser fumigados con cantidades ingentes de champú y aceites aromáticos que caían de los cielos abiertos como torrentes de lluvia infinita. Asfixiado, este hombre con cabeza de piojo cayó hacia el suelo en cuanto esto ocurrió y como pudo, se fue desplazando alrededor de la cabellera suplicando que alguien le ayudara a salir de allí, de ese apocalipsis infame que podía suponer el fin de los hombres con cabeza de piojo.

Horas después, al despertarse, respiró tranquilo porque se encontraba vivo. Seguía siendo un estudiante universitario con cabeza de piojo que vivía en un pequeño piso situado en la azotea de una gran ciudad. La mesa se encontraba recubierta con restos de café que habían manchado unos folios en los que había estado escribiendo hasta caer dormido. La computadora estaba encendida y un libro medio abierto sobre ella. Le costaba levantarse y tomar conciencia de la realidad. Al mirar su cabeza de piojo en el espejo se sintió feliz de tenerla allí consigo y la acarició y peinó suavemente. Luego saboreó los restos de la basura de los días pasados y conectó la radio y sobre la cama, comenzó a leer un ensayo de Aristóteteles hasta que sonó el teléfono. Al descolgarlo, reconoció inmediatamente la voz del otro lado. Era su novia. Una muchacha polaca, rubia y de ojos verdes con la que había pasado el verano anterior viajando por el país, trabajando en restaurantes, cafés y el campo. Le comunicaba que iba de camino a visitarlo y comenzaron entonces sus dudas. Porque en su sueño, tenía una cabeza de piojo pero no le importaba en absoluto puesto que había decenas de personas que poseían la misma cabeza de piojo que él. Y, entre ellas, probablemente se encontraría una mujer de su agrado. Sin embargo, ahora, en la vida real, él era el único hombre con una cabeza de piojo. Por lo que pensaba una y otra vez en suicidarse. Romperse el cráneo, pero no lo conseguía. Ya que, al comenzar a golpearse contra la pared, la propia cabeza de piojo reaccionaba y no le dejaba proseguir. Intentaba, en contra de su voluntad, morder sus manos y, justo cuando iba a atravesarlas, se detenía como advirtiéndole de lo que podía suceder si proseguía con sus intentos de acabar con ella. Algo mucho peor. Porque continuaría con vida y su cabeza de piojo pero sin manos. No le quedaba, por tanto, más remedio que esperar a su novia. Encendía un cigarrillo, dejaba la puerta entreabierta, se sentaba en un sillón y aguardaba el momento. Suplicando que alguien le ayudara a salir de la situación, de ese apocalipsis infame que podía suponer el fin de los hombres con cabeza de piojo. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

No existen desgracias razonables

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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