El señor Hyde

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“Es mucho más cruel que yo. Me domina. Y no puedo evitar su perniciosa influencia en mí. Hay algo en él que me repele pero también otra parte que me seduce. Creo que me estoy convirtiendo en su esclavo”. Sí, estas palabras podían haber sido pronunciadas por Mr. Hyde en el famoso relato de Robert Louis Stevenson pero, en realidad, me las dije a mí mismo ayer noche cuando escribía Ruido del arte. Porque el personaje que protagoniza mi texto se empeña en llevarme por derroteros extremos. Obviamente, hay muchas partes de mí en ese fantasma pero otras tantas que solamente le pertenecen a él.  Alguien semejante a un demonio perverso que me obliga a dirigirme hacia lugares que no desearía o criticar sin piedad instituciones, personas sobre las que jamás he pronunciado yo una palabra violenta. En ocasiones, siento que estoy llegando a los límites, que no debería ser tan cruel ni mezquino y debería retirar la mitad de las palabras que escribo pero al momento, él decide por mí, se enfada, comienza otra perorata y es imposible detener el torrente de insultos y disparates contra el mundo que suelta por su pérfida boca.

¿Qué puedo hacer, cómo puedo actuar?, “¿No soy yo quién escribió El jardinero”? me dice, “¿No soy yo esa voz que está ahí dentro tuyo (que alguien que bien conoces definió como tu oscuro hermano gemelo) dictándote las palabras que debes poner sobre el papel sin que tú hagas el menor esfuerzo salvo disponer tu cuerpo y alma en esta tarea en la que no eres sino mero canal? ¿Qué haces entonces? Obedece y trabaja. Obedece y escribe. Deja de quejarte y escribe. Escribe, escribe, escribe lo que yo dicto y digo y quiero que escribas y sólo yo deseo que escribas”.

Supongo que es difícil de creer o comprender pero los escritores más que sus creadores, somos esclavos de los personajes. Aunque entiendo que no sea conveniente generalizar y sea mucho mejor matizar que al menos esta es mi experiencia hasta ahora y a día de hoy. Sí. Los escritores somos los que les damos la vida y los plasmamos en el papel, dejándolos ahí para siempre. Esta es la tarea que públicamente se nos reconoce. El valor de nuestro oficio. Por lo que supuestamente se nos tolera y aprecia. Pero esta es una opinión sin sustento que antes o después, se acaba derrumbando. Porque quien habla nunca somos nosotros. Son ellos. Son ellos. Nosotros únicamente somo el canal. Y esto en el mejor de los casos. Que es cuando el creador y el personaje han aprendido a respetarse y a convivir sin estridencias, en armonía. Algo con lo que todos los grandes escritores han debido lidiar en un momento determinado. Y en donde, a mi entender, radica gran parte de la valía de la obra. Pues si este trasvase no se ha efectuado con la radicalidad y, en ocasiones, la sutileza debida, el fracaso está asegurado. Razón por la que acaso tantos escritores han sido y continúan siendo perseguidos por sus fantasmas incluso consiguiendo grandes ganancias económicas por libros mal hechos y algunos, tras realizar un texto fallido, se han suicidado. Muerte realmente deseada en comparación con lo que habría supuesto pasar el resto de sus años siendo perseguidos por esa voz, aquel personaje que no llegó a expresarse de la manera en que lo requería, exigía y estaba dispuesto a imponer por todos los medios posibles. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Dios, cuando hizo el tiempo, lo hizo de sobra

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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