Hábitos

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Me encuentro ahora totalmente absorto y concentrado en Puercos. Un impulso que desearía seguir sosteniendo durante un tiempo más hasta que la obra conquiste su forma definitiva. Eso sí, afortunadamente, esto ya se encuentra ocurriendo. La novela ha pasado su ecuador y comienza a perfilarse la conclusión de la Trilogía del horror. En fin. A pesar de que tengo varios averías sobre cine y música deseando surgir de mis manos, como no deseo perder la concentración y el ritmo de escritura y corrección que estoy teniendo estos días al ritmo de las feroces salvajadas de Opeth, los chillidos de Rob Halford, la violencia épica de The Cult y los sonidos casi guturales extraídos de su guitarra por Michael Gira, he decidido incluir aquí un fragmento de la novela que definitivamente no aparecerá en Puercos. Proceso que repetiré siempre y cuando piense que lo desechado posee cierto interés y me encuentre absorto con la escritura de un libro que me está resultando tan difícil como divertido escribir. Un carnaval a mitad de camino de El jardín de las delicias de El Bosco, Las 120 jornadas del Marqués de Sade y Transtorno de Thomas Bernhard.

Ahí va:

bosco“Cuando Platón conoció a Sócrates en su primera juventud, desde el principio, quedó impresionado por su liberalidad y generosidad. Pues Sócrates solía acompañarse de jovencitos desnudos cuyo trasero y pene acariciaba o pellizcaba conforme emitía sus razonamientos sobre el mundo de las ideas y los universales lingüísticos. Algo realmente escandaloso porque Platón no había presenciado jamás a un hombre de educación esmerada, razonando delante de esclavos. No importa lo atractivos que estos fueran. En cualquier caso, Platón quedó impresionado por la belleza de muchos de esos hombres que acompañaban a su maestro y años más tarde, en su Fedro, le haría decir aparentemente emocionado por el jardín en que se halla: “Hermoso rincón con este plátano tan frondoso y elevado. Bajo el plátano mana una fuente deliciosa”. Reflexión que hay quienes creen, se refería en realidad a su esclavo Solón aunque podía también aludir a un esclavo nubio y negro cuyo pene solía tomar dimensiones enormes cada vez que pronunciaba un discurso sobre el amor. Referencia que se vio obligado a esconder puesto que hubiera sido ciertamente punible dejar escrito un elogio dedicado a cualquiera de aquellos lacayos, acerca de los que no hacía demasiado tiempo se habían celebrado debates sobre si tenían alma o no o en qué debían diferenciarse sus derechos de los de los animales”. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Por lo general, se denomina paz a una servidumbre miserable

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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