La fuerza de un martillo

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¿Que cómo nació Martillo? Una mañana mientras escribía Ruido, recibí un mensaje de José Alcaraz en el que me preguntaba si tenía algún texto medio listo para publicar en una editorial que su novia y él deseaban abrir en los próximos meses cuyo nombre aún desconocía. No sin pena, le dije a José Alcaraz que no, que no consideraba que pudiera darle nada de valor o apropiado tanto para él como para mí. Lo sentía mucho pero entendía que tal vez debía buscar a otro escritor con el que iniciar su periplo como editor. Sin embargo, en el mismo momento en que pronunciaba esas palabras, me sentí muy triste. José Alcaraz es un muchacho con magia. Posee brillo y desde la tarde en que lo conocí en un bar junto a otro entrañable lobo, Leo del mar, he de confesar que sentí complicidad con él. Tengo varios recuerdos entrañables junto a él: aquellas tardes en que preparaba el recital De qué hablo cuando hablo de literatura y me echaba libros y más libros a la mochila que portaba como un boxeador en mi espalda durante los ensayos de esa performance que concebí como un intenso combate de boxeo contra mí mismo, la ocasión en que me envolvió en papel del baño en el transcurso de un homenaje a Jack Kerouac, etc. Y por ello, supongo que cuando ya nos despedíamos, me lo volví a pensar dos veces y le dije que sí,  que deseaba publicar un libro en su editorial pero totalmente nuevo. Una novela que calculaba que podría escribir en tres o cuatro meses como así fue, cuyo contenido no me importaba en absoluto. De hecho, como le comenté, lo único que tenía claro era el título: Martillo.

Dicen los místicos que el nombre marca el destino y yo tenía claro que un texto con ese nombre no podía salirme nunca mal. No puede existir una novela de título Martillo que sea mala. Al contrario, construirla podía representar un desafío que me mantendría despierto y alerta el tiempo suficiente como para garantizar que saldría mínimamente satisfecho al emprenderlo. Dio además la casualidad de que buceando en mi blog, encontré un texto primitivo y en ciernes que dedicaba a la ciudad de Fez (Marruecos) que creí podía servir de inicio al proyecto. Se lo mostré y le pareció bastante divertido y desde ese mismo momento, me puse a trabajar durante horas puliendo aquel primitivo escrito en el que homenajeaba a Las 1001 noches y lentamente y conforme el fuego fundía el acero y los golpes inundaban el ambiente de mi habitación, fui forjando Martillo.

No miento cuando digo que a mí lo que me más me preocupa en principio es el título de un libro. Una vez que tengo uno que me seduce, puedo estar días sin dormir hasta dejar el texto como deseo pero mientras no lo tengo, no me siento capaz de escribir algo mínimamente valioso. ¿Quién sabe el motivo? Desde luego, no yo. Muchas personas me han preguntado por el título del este blog. A la mayoría les miento. ¿Cómo no hacerlo si avería es un blog literario? ¿Alguien espera que yo diga aquí alguna verdad? Normalmente, les comento que surgió porque en el momento de inaugurarlo, varios pollos se entretenían jugando con los cables de mi computadora y tenía miedo de que se produjera una avería en la máquina que no me permitiera escribir. Pero esto es falso. Lo que sucedió realmente fue que estaba escuchando a Javier Corcobado e imaginé un título ideal para una de sus canciones y me decidí a nombrar el blog de esa manera. ¿Es esto realmente verdad? Según se mire. Pero, desde luego, mucho más verídico que la explicación que doy normalmente la cual probablemente tenga algo irrefutable pues al fin y al cabo en los instantes previos a inaugurar el blog había un gallo rondando por la computadora. Un gallo por cierto que había sobrevivido a una ritual de magia orisha acaecido en Veracruz. En un momento dado, los participantes habían recibido el mandato de sus dioses de que debían dejarlo vivo y según las palabras del ultramundo habían actuado.

¿Qué quiero decir con esto? No lo sé bien. Ya me he perdido. Lo que tampoco tiene excesiva importancia. En esencia, quería transmitir que la literatura no es algo lógico al menos para mí y cuanto menos lo ha sido y más inciertos han sido los rumbos donde me ha conducido, más satisfacciones me ha dado y que por ello construir un libro únicamente por el título era tan sugestivo para mí. Casi la única manera fehaciente de verificar que tenía de que todo saldría bien, como creo que así ha sido.

Martillo es un título que me recuerda a Antonin Artaud con claras resonancias nietzscheanas ante cuyo poder cualquier persona debería sucumbir. Es un texto hecho para abrir puertas y destrozar algunas cerradas con candado hasta ahora. Todo lo relacionado con el libro Martillo ha sido en suma, un arrebato. Una especie de orgasmo mental y casi físico. Como escuchar ciertos discos de Tom Waits o dejarse mecer por la voz y el bajo del gran Phil Lynnot.

En cualquier caso, lo más gozoso ha sido colaborar día a día, semana a semana, con José Alcaraz. Él me ayudó a resolver bastantes dudas cuando Martillo no era más que una nebulosa en mi cabeza y me marcó el camino con suma inteligencia para que cuando el texto ya se encontraba avanzado, me deslizara a través de él sin problema alguno. Pero esto sólo ha sido en suma un detalle. Las risas, las conversaciones cómplices, las bromas continuas. Todo ese tipo de guiños que uno sólo puede establecer con quien se encuentra cerca nuestro espiritualmente, son y serán inolvidables para mí. Forman parte de los mejores recuerdos del año. Tanto es así que ahora entiendo mucho mejor a los editores que se niegan a trabajar con personas que no conocen. Dar a luz Martillo con José Alcaraz ha sido una fiesta continua de risas y proposiciones incesantes. Un auténtico jolgorio. Y no me puedo imaginar el castigo y tortura que puede suponer el hecho de publicar un libro junto a una persona con la que no existe feeling alguno. Ok. Como es habitual en mí, puede que esté yéndome a los extremos pero supongo que se me comprende. Tener un buena relación con el editor es, sin dudas, un motor para que el desafío se convierta en placer y los momentos duros en aventuras, pruebas heroicas que, de alguna manera, sabemos interiormente que superaremos sí o sí. Con ayuda, eso sí, si hace falta de un Martillo. Por supuesto, el Martillo que no falte.

Únicamente los muy cercanos saben lo duro que ha sido este año para mí. He de confesar que ha sido uno de los peores de mi vida. Un auténtico desastre. ¡Cuántas veces no he entrado en crisis de ansiedad y he estado cerca de la desesperación por las situaciones que me ha tocado vivir en este México que tanto amo! Ok. Puede que yo sea una persona proclive a la angustia pero las circunstancias no han ayudado en absoluto. Y, en este sentido,escribir Martillo ha sido un bálsamo. Una alegría en este mar de confusión aunque el libro sea el dibujo de un caos. La imagen de un espejo fragmentado cuya historia es imposible recomponer que tiene tanto al escritor de Providence recién mecionado como a David Lynch, los cuentos orientales y probablemente también a William Burroughs como sus máximas influencias. Referencias que cito a modo orientativo y no como condicionantes entre las que entiendo que debería incluir a los cuatro o cinco albañiles que, debido a que mi casera estaba realizando una obra en la casa contigua a la mía cuando lo escribía, hicieron que pusiera el punto final al texto escuchando una y otra vez martillazos a mi alrededor. Mensajes de ultratumba o de otro mundo, no sé bien, que en parte hicieron mucho más gozoso y comprensible para mí el proceso final de escritura. Dándole relieve y sentido más allá de esta realidad.

En fin, no me gustaría despedirme sin realizar una confesión. He de reconocer que aunque tengo un gran e inmenso cariño a Spiderman, mi superhéroe favorito siempre fue Thor. La primera vez que lloré leyendo un libro no fue ni con Emilio Salgari ni Alejandro Dumas ni Fiodor Dostoievsky sino entre las páginas del portentoso Thor de Walter Simonson. Esa joya inmortal. Y me he dado cuenta, con absoluto asombro, conforme escribía este texto, que curiosamente la novela que la editorial Balduque publica, posee el mismo nombre que el arma del mítico guerrero nórdico: un martillo. Con lo que resulta que estoy hablando yo aquí de Friedrich Nietzsche y Antonin Artaud y probablemente no sean ninguno de los dos escritores, las referencias centrales que me han conducido a escribirlo sino esta otra que, escondida en mi mente y mis recuerdos -por más que la tengo muy presente- alumbró toda mi niñez: Thor el Poderoso.

De hecho, me pregunto ahora si toda la novela no es más que un guiño cómplice a mi infancia. Refleja el deseo que tenía cuando era niño de poseer un martillo tan poderoso como el del superhéroe nórdico: el Mjolnir. Un boomerang que vuela por los aires, golpea a monstruos, malandrines y enemigos y regresa intacto a las manos de sus poseedor haciéndolo más fuerte. Vuelo cadencioso y portentoso que me parece en este momento -tal vez mañana no- una metáfora perfecta para definir la literatura y una excusa idónea para concluir esta entrada gritando hoy y aquí y ahora, eso de “He aquí mi Martillo, dioses del Valhalla. Juro por mi padre Odín que no regresaré a Asgard hasta que mi misión sea cumplida. Y que moriré si hace falta por mantener este arma junto a mi corazón sean cuales sean los peligros del abismo y los cielos rojizos, repletos de niebla y hediondos olores que me vea obligado a soportar”. Shalam

   كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

No por mucho cargar a los amigos a los hombros te vuelves jorobado

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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