La ruleta del ruido

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Es justo esta escalofriante escena de El cazador, el inolvidable film de Michael Cimino, la que cita el esquizofrénico escritor que protagoniza Ruido como la más importante de la historia del cine pues piensa que durante su desarrollo, el director norteamericano consiguió captar en su justa grandeza y horror lo que verdaderamente es el ruido. De hecho, para él, sólo esta escena y las que protagoniza Marlon Brando en Apocalipsis now merecen salvarse de los más de cien años de la historia de este arte. Para el lúcido perturbado que habla y habla sin cesar en mi libro, el director italoamericano no sólo captó aquí la locura y el dolor. No sólo logró poner un escalofrío en imágenes, dar forma a la sinrazón y hablar de tú a tú a la muerte y a la desolación. Si únicamente Cimino hubiera obtenido estos logros en su película, confiesa, no lo tendría en cuenta. Lo consideraría otro farsante más. Un hombre que rueda incendios sin quemarse las manos y que habla sobre los diablos sin participar en actos de brujería, rituales satánicos. Sería, sí, un cobarde y un renegado. Un estúpido esteta de tantos que hay en el marchito y artificioso y deleznable arte de nuestra era. Ocurre que para el incendiario escritor de Ruido, Cimino se convirtió en una bala, ese proyectil que no sabremos cuándo saldrá del revolver con el que juegan a la ruleta rusa los personajes interpretados por Michael Cimino y Chistopher Walken. Hizo que la cámara se transformara en sus nervios y suturara sangre y nos hizo internarnos en la más absoluta locura hasta el punto de gritar basta y destrozar nuestros pulmones y gargantas antes que estallaran las de los personajes. Consiguiendo, en suma, que el espectador orinara, perdiera la cabeza, la fe y la esperanza porque lo que plasmó fue la realidad y no un trozo de película. Porque logró traspasar la pantalla y convertir un guión en una historia verídica en la que los únicos que sobrábamos éramos nosotros, los espectadores, a los que no nos quedaba otra opción que pegarnos un tiro, tomar unos pastillas, suicidarnos en suma, después del inmenso y estruendoso duelo entre el mal y el mal por el que habíamos sido sometidos. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

  Cuando vayas a disparar, vuelve a asegurarte que la pistola está cargada

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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