La sombra de Alicia

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Me es realmente difícil repetir textos para cada presentación de libro. Si lo hiciera, sentiría que estaría traicionándome a mí mismo. Básicamente, porque no concibo la literatura como un trabajo o una carrera. Para mí, es una aventura y un desafío. Aire y sangre de muertos conduciéndome a otros planos de la realidad y la fantasía. Por lo que obviamente, para la última realizada en Murcia hace dos días preparé un escrito diferente a la de Cartagena. Lo que intento hacer en la mayoría de ellas, es leer partes íntegras de la novela Bruja mezclándolas con frases creadas para la nueva ocasión, situación o circunstancia y fusionarlas con refritos de otras presentaciones que considero, se ajustan bien a la que va a producirse.

En fin. Sin más, dejo a continuación el texto leído o interpretado o gritado o destrozado en Murcia.

 

 

“La noche del 20 de mayo del año 2016, el espíritu de Alicia Hermosilla y su sombra, penetraron en los calabozos del castillo de Murcia. Una de las escasas fortificaciones que se había mantenido en pie tras la epidemia de peste que había acabado con la mitad de la población de campesinos y herreros, zapateros y labriegos, dejando un reguero de muertos y pestilencia abrumadores. Un ambiente de insana decadencia que había convertido la antaño hermosa ciudad árabe en un mar de furia y rabia decadente, mayor aún que cuando fue destrozada por los sanguinolentos cristianos en batallas impiadosas en las que los adoradores del Corán eran colgados sobre cruces donde sus huesos eran calcinados y alargados sin piedad como si Cristo fuera un dios vengativo. Un conde surgido del parto impuro entre la violencia y la furia, nacido con una espada en sus manos clamando por la venganza y la destrucción como medios para imponer su reinado, y sometido a tales vejaciones desde su niñez que, consecuentemente, de haber pronunciado algunas palabras a lo largo de su vida, éstas habrían sido de  odio. Mandamientos de crueldad a través de los que convertir la tierra, este mundo, en un sucio semillero de venganza en el que no existan la piedad ni la compasión. Únicamente la locura y la crueldad.

Un eco de sorda intolerancia que podía percibirse en el desolador aspecto que presentaba durante aquellos días la ciudad de Murcia. Un inmenso cementerio apenas animado por los llantos de los supervivientes, las voces de los sacerdotes dirigiendo continuamente funerales y los golpes de las palas de los enterradores arrojando capazos de tierra, como si fuera mierda, sobre los rostros y cuerpos deformes de los cadáveres.

Un hecho que hizo que nadie prestara atención al espíritu de Alicia Hermosilla y su sombra cuando se adentraron en los sótanos llenos de murciélagos, insectos de mirada maligna que se sumergían una y otra vez en charcos de barro, y suelos fracturados repletos de gotas de una sangre fresca y sucia, cuyo olor les atraía y fascinaba.  Probablemente, porque, al fondo, muy a lo lejos, se escuchaban las voces de muchachas torturadas por sacerdotes rojos que escupían al suelo continuamente en decadentes vestíbulos llenos de ratas y negra escarcha. Gritos de adolescentes abiertas de piernas sobre paredes donde serían fecundadas por una inmensa araña tras haber sido grabadas con el signo escarlata que en este caso, al contrario que en la famosa novela de Nathaniel Hawthorne, no las acusaba de ser adúlteras sino que más bien, certificaba su defunción. Que, de una u otra manera, pertenecían a una orden secreta en la que todos sus miembros poseían libertad absoluta para vejarlas o maltratarlas. Como suelen hacer los condes y duques con las  bestias en las granjas o en los mataderos, antes de acumular montones de carne en la boca durante los habituales festines suculentos en honor al ruido que se llevan a cabo en los palacios ante la atenta mirada de los crueles jardineros retratados en lienzos por viejos guerreros de Occidente alabados por la maestría con que cortaban cabezan y degollaban enemigos sin piedad.

En cualquier caso, en su recorrido por las estrías de esos pasadizos de agua maloliente de los que emergían de tanto en tanto las bocas abiertas de peces enfermos, los pelos alborotados de topos heridos y los ojos de animales enrabietados, Alicia Hermosilla y su sombra muy pronto dejaron de prestar atención a los gritos enfermos de las muchachas desperdigados por corredores en los que la oscuridad cada vez era más profundo. Puesto que caminaban hipnotizados por lejanos resplandores que anunciaban la presencia de un inmenso baluarte al fondo de las alcantarillas, tomando forma  entre las ruinas, estertores destruidos y terraplenes cubiertos de musgo en los que crecían ramilletes de pequeñas violetas cuyos pétalos extendían por su cuerpo como si fueran lágrimas de dolor arrojadas por los dioses sobre sagrados cadáveres o cabellos arrancados a vírgenes por viejos hechiceros: la estructura de una inmensa cúpula gótica esculpida con tegumentos que parecían atravesar el fino polvo dorado grabado sobre el techo de los sótanos y el repentino brillo de un escudo de armas grabado sobre las paredes sucias invocando a Alá. Por lo que, sin mucho pensarlo, el espíritu de Alicia Hermosilla y su sombra decidieron encaminarse hacia los ancianos vestigios de ese tiempo arcano que aquellos afilados torreones entre los que se vislumbraban alargados minaretes, prometían reverdecer.

Los senderos enfangados, cubiertos por hojas rotas, comenzaron entonces a hundirse en la espesura y, al cabo de pocos minutos, caminaban entre un grupo de alegres leprosos invitando a vino, una pléyade de sacerdotes que reían al posar sus viscosas manos sobre  niños que lloraban y madres que lloraban y padres cuya cabeza había sido descuartizada, y las agrias llamaradas de hechiceras africanas que santificaban cadáveres de ciervos muertos. Forjando collares de dientes de cebras con cuya sangre embadurnaban su piel, mientras bailaban a cuatro patas sobre sandías cuyo jugo se encargan de vaciar sobre el pecho de unos guerreros mudos.

Y mientras las libélulas revoloteaban como pensamientos silenciosos en torno a su cabeza, los ahogados gritos de un diamante revuelto en la arena les daban la bienvenida a un palacio donde se escuchaba a un mar inmundo de lagartos riendo al contemplar los lamentos de los náufragos a la deriva. Y, sobre todo una melodía: “La,la,la,la,la,la”.

Una melodía que emergía de las costuras de un libro llamado Bruja situado en el centro de una habitación negra y acristalada e iluminado por una vela blanca, donde se escuchaba repetidas veces, una voz vibrando como un eco que decía: “Violarme y seré libre. Asesinarme y seré libre. Deseo la muerte al destierro, la violencia al reposo, el sexo al amor y el fuego del odio al de la misericordia. Soy multitud de vaginas infernales siendo incineradas. La destrucción de los niños derruidos y de la esperanza. Porque yo, únicamente y solamente yo, soy una bruja. La bruja que al mirarse en el espejo pervierte sus reflejos. La bruja que desciende sobre el cuerpo de las adolescentes obligándoles a masturbarse. Y la bruja que desearía destrozar la literatura para que el mundo de las palabras se acabara para siempre y llegara al fin el de las sensaciones. Montones de orgasmos vibrando en el fondo de cuerpos sin cerebro muertos, agolpados en los infiernos haciendo felices a viejas arpías y demonios”.

Frases soñolientas y ensangrentadas que ahuyentaron al espíritu de Alicia Hermosilla y su sombra quienes, mientras una joven muchacha comenzaba a recitar palabras antiguas, secretas en un idioma extraño, comprobaron cómo las grietas de madera de la puerta de aquella habitación maligna, se convertían en los brazos de una sucia bruja parecida a un animal salvaje que se abalanzaba sobre las decenas de cadáveres que la rodeaban, destrozando sus vacías almas llenas de grietas. Y después, frente a los restos de huesos y trozos de carne arrojados al suelo, las calaveras descuartizadas y la sombra de varios buitres que llegaban a esos delirantes confines con el fin de celebrar una orgía culinaria de sesos y mierda, elevaba sus brazos al cielo y declaraba su lucha a muerte a dios puesto que, según confesaba rompiendo una escoba con una violencia insana, para conseguir amar a nuestros semejantes, primero hay que odiarlos. Hay que destrozar a martillazos la tierra, romper los cofres de bronce y dejar emerger de ellos los diablos rojizos que habitan en el corazón de los hombres y son alumbrados con lujuria y calor en el vientre de las mujeres. Y también si es posible golpear al enemigo con la esperanza de aturdirlo. Destrozarlo. Y aniquilarlo. Pues únicamente así, existirá un tiempo para el amor. Sólo amasando el cuerpo de los cientos de puercos que nos rodean, convirtiéndonos a nosotros mismos en espadas de fuego egoístas, emisores de ruido y los destructores de  ejércitos de jardineros infames, podremos algún día construir versos de caridad con un sentido totalitario que borren de una vez y para siempre de la faz de la tierra, todos los poemas sobre rosas, muchachas hermosas y vidas estériles que existieron, existen y existirán en el mundo.

Un mundo que Alicia Hermosilla, cuyo vientre ahora se inflaba y desinflaba como si estuviera embarazada del demonio, tras despertar en medio de una habitación donde se hallaba enjaulada y vigilada por los ojos gigantescos de una araña, comprobaba que se destruía conforme  alrededor suya, resonaban martillazos que anunciaban el fin de los tiempos mezclándose con los gritos de seres monstruosos que desde las colinas y empalizadas, gritaban con todas sus fuerzas, “Chulthu, Chulthu, Chulthu, Chulthu, Chulthu”, como si un gigantesco vestido de bruja estuviera siendo desvelado, ocultando el cielo y la tierra. Y, en definitiva, el espíritu de Alicia Hermosilla ya no fuera un espíritu, sino el cuerpo ensangrentado de un escritor llamado Alejandro Hermosilla condenado a suplicar hasta la eternidad a todos los asistentes a la presentación de una de sus creaciones en un café murciano -“os odio”- mientras su cuerpo era conducido al infierno del ruido por jardineros que levantaban cruces donde empalarlo ante sonrientes hechiceras que preparaban pacientemente ollas de fuego y azufre entonando viejas melodías, a medida que unos cuantos martillazos destruían las nubes, anunciando que el tiempo de los sueños había concluido. Y llegaba el de las pesadillas. El tiempo de Bruja. La época del horror y el odio infinitos. Porque cada día hay un nuevo asesinato y robo, se viene la noche definitiva, no hay año que no nazca de nuevo el demonio, y no hay instante mejor para celebrar la destrucción de cada una de nuestras esperanzas y anhelos que el presente: “La, la, la,la, la, la, la, la, la,la”. Shalam

إِذَا عَمَّتِ الْمُصِيبَةُ هَانَتْ

  Incluso los perros libres y salvajes desean un amo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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