Las enfermedades del ruido

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Si la Navidad del año pasado la consagré a la corrección del libro La risa oscura, ésta se encontrará dedicada casi en su totalidad a la de Ruido del arte. De momento, ya estoy en camino y me encuentro contento. Todavía me faltan por definir atmósferas, personajes, abismos, profundidades literarias y posibles subtramas pero en esencia, la novela está lentamente poniéndose en pie. Aunque debido a un enfriamiento que me ha causado un poco de fiebre no me he podido ocupar de ella hoy tanto como esperaba. Algo que no tiene porqué ser negativo.

Mientras miro con impotencia, debido a mi malestar, el teclado de la computadora, pienso en cómo continuar estructurando el libro y esta situación me provoca cierto placer. Pues acaso tenga grabado en mi cerebro la orden de que no hay novela que nazca sin sufrimiento ni victoria sin momentos malos. Entiendo, por tanto, que la enfermedad actúa como metáfora. No sólo de mi alma que se siente un tanto desangelada por tener que quedarme de momento en Xalapa a resolver unos asuntos sino de la escritura. La cual necesita retorcerse, atravesar caminos prietos y túneles esquivos para poder manifestar su tremendo poder. Es decir, necesita ser puesta a prueba para dar todo aquello que promete. Que en el caso de este libro todavía está por ver. Pues si bien la idea que lo estructura me parece sugestiva, esto no asegura nada. Al contrario, muchos textos se han perdido por estar subordinados a ideas brillantes. Aunque confío que con el mío no suceda esto. Para lo que entiendo que la enfermedad puede actuar como resorte positivo. Un aviso de que la novela tiene que transmitir sudor y lágrimas para ir más allá de la temática artística de la que se ocupa. De hecho, poco a poco he ido comprobando que su argumento no es más que una mera excusa para que el personaje que la protagoniza, hable y hable como si fuera un diablo o un monstruo. Que es lo que pienso, según mi experiencia, que gran parte de los escritores somos. Shalam

 وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

 Al clavo salido le toca siempre el martillazo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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