Los martillos de Tenochtitlan

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En una o dos horas, estaré realizando una pequeña lectura dramatizada sobre Martillo en el Foro Abierto de La casa del Lago de Chapultepec en el Distrito Federal y como siempre que presento el libro, he preparado un texto para la ocasión que dejo a continuación:

                                          Martillos en Tenochtitlan

Después de escuchar atentamente los rezos fúnebres del imán, lo primero que Alejandro el árabe realizó aquella esplendorosa mañana de otoño en el hermoso palacio de los lagos situado en el parque Chapultepec de México Distrito Federal, fue golpear con su martillo sobre un torno situado entre las llamas, el agua y la sangre de cientos de muchachos heridos que corría libre por la tierra. Y, tras haber martilleado una y otra vez los fondos del cielo y el suelo con desesperación e ira, con rabia capaz de espantar a los dioses y hacer refugiarse a los animales en las cuevas, comenzó a dirigirse a sus hermanos musulmanes nervioso y confundido. Casi como aquellos generales romanos que sentían acercarse lenta, obstinadamente a los ejércitos cartagineses comandados por Aníbal Barca a la República de Roma.

No hacía demasiado tiempo que Alejandro el árabe había completado un retiro de una semana en el desierto. Días intensos en los que había ayunado y meditado bajo un cielo abierto en un círculo formado por 43 rosas. Sin embargo, y a pesar de sus deseos de calmar el espíritu e intentar encontrar una respuesta a sus inquietudes, le dijo a los beduinos que lo contemplaban ansiosos, que se sentía furioso y herido. Y no encontraba otro modo de transmitir su estado de cólera que a través de unos incendiarios versos y martillazos con los que intentaba proclamar una rebelión. Poemas que, no obstante, nada más escritos, destrozaba, como si fueran pensamientos pecaminosos o lascivos deseos que era conveniente controlar, puesto que no tenía esperanza alguna de que su mensaje calara en la población o en los escasos grupos de árabes rebeldes a los que iba encontrando en su peregrinación por el país. Razón por la que movía sus brazos como si estuviera condenado a morir ahogado en el océano o un eremita que intentara construir un pozo de agua en un territorio árido. En suma, sí, como quien sabe que aquello que está emprendiendo, es absolutamente inútil. Y probablemente, no obtendrá más resultado por parte de sus contemporáneos que la indiferencia y el desdén.

No resultaba difícil, por otra parte, comprender el estado desolado de Alejandro. Hacía no muchos años, los españoles, -esos malditos chacales y lobos- lo habían expulsado a él y a sus descendientes del reino de Al-Andalus. Aquel esplendoroso califato omeya de Córdoba. Les habían ultrajado en batallas asesinas tras cuya celebración crecían hogueras donde eran quemados cientos de libros santos, el Corán, tratados sufíes, ajedreces cuidadosamente tapizados y viejas recopilaciones de cuentos orientales. Libros alados repletos de leyendas mayas sobre pájaros de plumas de colores y ojos cafés, cánticos dedicados a honrar al rey de Uxmal y místicos poemas consagrados a las virtudes del canto y la oración.

“Los españoles”, les dijo Alejandro el árabe a sus hermanos de fe, “son aves de rapiña. Seres maleducados que desprecian el té, no entienden las sutilezas de la geometría y abusan de la espada y el alcohol. Matarían al miembro de su familia que no les permitiera festejar, perder la cabeza entre vino y toros y loas a esos santos que adoran, cuya mirada asusta. Sus violentos ojos se asemejan a los de un guerrero y no a los de un reposado señor y sus dientes se parecen a los de los murciélagos que velan las tumbas de hombres malditos. Héroes muertos a los que obstinadamente honran, aunque al expirar no hubieran reconocido la grandeza de Alá o Tezcatlipoca”.

En cualquier caso, dijo a continuación el árabe Alejandro, su profunda irritación no procedía del contacto con esos bárbaros, los españoles, que ahora bebían vino junto a las acequias donde él solía pasear cuando necesitaba descansar de sus profusos estudios religiosos o colocaban crucifijos y retratos de oscuros hombres barbudos en las salas repletas de celosías y fuentes doradas donde había besado por primera vez a una adolescente. Una desnuda princesa azteca cuyos cabellos se enredaban sobre su cuello como los de una serpiente. No. Efectivamente, era cierto que los españoles eran unos demonios. Perros de presa amantes del canibalismo y la destrucción. Párrocos onanistas que únicamente salían del púlpito para escupir en el rostro de los condenados a morir incinerados en las hogueras. No obstante -volvió a decir Alejandro el árabe a sus hermanos levantando sus brazos- “si esos chacales hubieran sido el principal problema de nuestra raza, bastaría que hubiéramos agarrado nuestras espadas y lanzas, abordado los barcos y emprendido un viaje sin posible final más que el triunfo para conseguir que reinara la paz en los dominios de nuestra inmortal Arabia. Lograr que volviesen a acudir astrónomos y artistas, magos y arquitectos, a contemplar nuestras pirámides cubiertas de tapices y alfombras persas hiladas con dibujos explicando el fluir del tiempo y las estrellas o el funcionamiento del Universo, como aquellas que se encontraban hasta la llegada de esos asesinos, en los sótanos de los centros ceremoniales de Tehotiuacán y Cholula y también en las mezquitas situadas en el centro de las ciudades de Fez, Palenque, Argel, el Cairo o Tikal”.

“Pero ocurre, hermanos, hijos del Islam que acaso pensáis ser libres por disfrutar habitualmente de mañanas de paz y alegría como ésta”, continúo Alejandro el árabe, “que nuestro peor enemigo no son los españoles, sino que se encuentra entre nosotros. El sultán. En un blanco palacio lleno de concubinas y caballos negros a los que son ofrecidos exquisitos manjares. El emperador. Pernocta en suntuosas habitaciones donde, si por alguna razón le fuéramos molestos, podría acabar con cualquiera de nosotros. El califa. Sin oposición. El emperador. Cercenar nuestras cabezas y ponerlas en remojo, en aceite hirviendo, como hicieron los españoles con algunos de los más honrados, sabios personajes de nuestro pueblo en las plazas públicas de Al-Andalus, o en estos mismos parajes con miles de aztecas cuyos corazones eran empalados en lanzas antes de ser ofrecidos a las bestias que atravesaban rugiendo la inmensa, descomunal Tenochtitlan. El bajá. Brazos, piernas y ojos que saborearían con saña. El emperador. Entre graznidos de buitres y cuervos y ronquidos inacabables de puercos. El sultán”. 

“De hecho”, continuó Alejandro el árabe cada vez más enfurecido y con la garganta a punto de estallar, “el causante de nuestras desgracias tiene soldados colocados en todas las esquinas. El sultán. Mercados, bancos y principales arterias de las autopistas. El gobernador. Soldados armados que dicen velar por los ciudadanos pero en realidad los vigilan. Fernando VII. Imponen su autoridad, demostrando quién es el señor de este estado. Julio César. Lanzando constantemente proclamas y pasquines en los que se emiten loas inmortales a su gobierno y a su persona. Carlos V. Utilizando los más granados adjetivos para describir su aspecto físico y sus habilidades como gobernante. Porfirio Díaz. Y tanto es su poder que muchos de los súbditos de este horrible monstruo, el emperador Moctezuma Xocoyotzin, el general Alí-Bajá y el rey Luis XIV de Francia, incluso se atreven a proclamar que devuelve la vida a los muertos. Napoleón Bonaparte. Es capaz de matar con una sola mirada. Federico II de Prusia. Y transformar, con una de sus órdenes, las deudas de una persona en oro. El califa. Ahorros con los que podrían vivir tanto él como sus descendientes toda una vida. El emperador. Más vale, por tanto, aseguran, no oponerse a él, y agachar la cabeza cuando su silueta aparece vigilante en lo alto de los torreones. El sultán. El sultán. El sultán. El sultán. O hay algún detalle de la realidad que lo incomoda. El sultán. El califa. El rey. El sultán. El rey. El sultán. El emperador. El sultán. El bajá”.

“Hace tan sólo un año”, prosiguió Alejandro el árabe, “el Emperador había, por ejemplo, mandado asesinar a un grupo de jóvenes que intentaban concebir otra forma de vivir. Alejada de las estrictas enseñanzas del Corán. Uno de ellos era alfarero. Otro, agricultor. Había un novelista loco acostumbrado a componer relatos dedicados a la luna. E incluso, un zapatero que, tras arreglarles el calzado a sus hermanos, solía besarles los pies bendiciendo su camino. Deseando que viajaran por rutas sembradas de maíz y rosas en los que su vida floreciera como un tulipán o abriera sus raíces al viento como cualquiera de aquellos hermosos poemas compuestos por aquel rey poeta venerado en Arabia, llamado Nezahualcoyotl. Un sultán que, de existir hoy, probablemente sería asesinado. O se vería obligado a romper sus creaciones ante sus hermanos, incapaz de dotar de belleza o paz a estas sangrientas tierras. Parajes donde las cabezas ruedan por los parques como el agua lo hace por los bosques, mientras sus habitantes apenas pronuncian murmullos. Apenas se quejan de tanto en tanto, entristecidos al saber que es la espada del Emperador y todos aquellos monstruosos dioses que lo dominan, -Chulthu y la pandilla de espectros encargados de crear confusión en el mundo- quienes deciden su destino. Y que, al fin y al cabo”, repitió el árabe Alejandro, “bastaría un solo gesto del Emperador Moctezuma, Carlos V o Fernando VII para que cualquiera de los allí presentes fueran clavados y sacrificados en cruces. Expiaran sus posibles faltas en tormentos interminables que ni tan siquiera Prometeo hubiera podido soportar”.

En fin. Lo cierto es que si bien esta última afirmación podía ser exagerada, realmente el asesinato de aquellos muchachos había sido perverso y oneroso. Más teniendo en cuenta la causa de su muerte. “Todos ellos”, dijo el árabe Alejandro, golpeando un martillo en pleno centro de aquella plaza donde se reunían encantadores de serpientes, pitonisas, lectores de cartas, jugadores de ajedrez, músicos, pintores y comerciantes de especias, “habían cometido un único pecado. Un solo sacrilegio. Concebir una vida diferente a la que exigía el sultán vivir”. El emperador. “Tal vez”, continuó Alejandro el árabe mientras desojaba en 43 trozos una de las flores entre las que había meditado en el desierto, “aquel había sido el problema. El califa. Que poseían un lenguaje propio. El sultán. Una forma de leer las escrituras contraria a la habitual y pautada. El emperador. Aspiraban a un mundo nuevo que nunca acababa de llegar. El sultán. Una caleidoscópica vida plena de experiencias a través de las que encontrar los murmullos de la libertad, e interpretaban libremente los mensajes de luz escondidos en los libros proféticos. El califa. Eran un grupo unido e inquieto de futuros guerreros”.

“Cuando el anochecer llegaba, por ejemplo, solían reunirse cerca de los mataderos donde los carniceros cortan la carne de toro fresco recién sacrificado a pegar martillazos. Golpear el hierro e invocando los nombres de viejas divinidades mesoamericanas y los dulces nombres de viejos sabios árabes, bailar sobre los campos, sin haber recibido una orden para danzar. Sin pensar en el mañana ni tampoco en las viejas tradiciones, ni en Chulthu ni en los negros monstruos que, irrumpiendo desde el confín de los tiempos, cercenan la fe de los seres humanos. Acaban con sus esperanzas y les hacen desear la muerte. Suicidarse enfrente de sus semejantes entre quienes únicamente encuentran miradas suspicaces. Brazos acusadores”.

“Aquellos muchachos tenían grabados los sellos de la justicia en el rostro. Y probablemente también los de la inocencia y la lucha. Como aquel adolescente árabe al que los persas chiítas cortaron la mano porque se atrevió a dibujar los ojos de su enamorada en un muro,  el músico bereber al que un soldado de Castilla destrozó su instrumento en el cráneo y el brujo totonaca ahogado por los guerreros aztecas en un sucio lago mientras Hernán Cortés ordenaba quemar las naves en el océano”.

Lo cierto es que la mayoría de los pobladores de ese oscuro reino donde en cualquier instante y rincón se podía encontrar un brazo, una mano o una cabeza cortada, decían que habían sido 43 los jóvenes árabes asesinados. Pero en absoluto se encontraba de acuerdo con esa afirmación Alejandro el árabe porque, como dijo consternado, “pudieron haber sido 77, 55, 2, 26, o 98. Y en el futuro probablemente serían 80 o 125. Puesto que la matanza moral y real proseguiría. No se detendría allí. Al menos, mientras el califa y su séquito de lugartenientes continuaran comunicándose entre ellos, realizando ocultamente el signo de Kish y prosiguieran celebrando rituales secretos en sus palacios en honor al dios Chulthu. Esa condenada deidad que maneja los tiempos y firmamentos con su inquietante presencia. Consiguiendo hacer que los vivos, nosotros, nos convirtamos en masa que sobrevive dentro de un caos donde parece no haber destino. Y busquemos un gesto de amistad y paz en los otros sin encontrar más que inacción e incomprensión. Egoístas cuchillos que realizan incisiones en nuestra piel, semejantes a las que tiene el sultán en sus brazos. El bajá. Muestra de que ha ofrecido su voluntad a otros intereses y que ya es únicamente un rehén de”, repitió con temor Alejandro el árabe, “ChulthuEl emperador. Chulthu. Chulthu. Razón por la que con seguridad, ni siquiera el arte de Scherezade, aquella muchacha que estuvo durante 1001 noches bajo la sombra de pirámides aztecas contando historias, podría ahora detener la furia del sultán. El bajá. Su venganza. El emperador. O sus violentas carcajadas. Chulthu. La risa de quien se sabe protegido porque nadie, absolutamente nadie de su pueblo tomará un arma para derrocarle y, por tanto, podrá gozar libremente, fumando una enorme pipa repleta de opio, con la memoria de las muertes de rebeldes e inocentes. Los niños muertos por Herodes, los judíos ajusticiados por los romanos o escuchando recitar la historia de aquella princesa azteca perseguida por los españoles a través de montes y bosques y lagos. Una muchacha morena de nombre desconocido que corría como posesa de sus perseguidores hasta que, tras atravesar unas ruinas en sombra, ocultas por un frondoso conjunto de árboles, penetró en una mansión donde la esperaban los hombres negros. Soldados acólitos del bajá que proferían loas a diversos emperadores de la historia –Fernando VII, Julio César, Carlos V, Napoleón Bonaparte, Porfirio Díaz– quienes la rodearon y apresaron, abriendo unos brazos que parecían alas de murciélago, y la durmieron sobre un lecho lleno de arena y rosas. Una fría cama donde, al despertar, se vio subida a un potro de tortura observada por la esquiva mirada de varios sacerdotes en lo alto de una pirámide, preparada para ser sacrificada a los dioses aztecas y conducida a una hoguera mientras decenas de lugareños la insultaban y llamaban bruja y era transportada por las arenas de un desierto inmenso hasta el lago Chapultepec” donde Alejandro el árabe pronunciaba consternado su discurso a sus hermanos. Comprobando que, a medida que hablaba y hablaba, el lago se había ido tornado sangriento, al unirse las vísceras de los sacrificados en Jerjes,  Tlatelolco, Palestina, Lepanto, Atyozinapan, Sión y el califato omeya de Córdoba con el hígado de esa muchacha morena perseguida por los adoradores de Chulthu cuya carne saboreaba gustosamente en este mismo momento el sultán en su palacio, satisfecho porque justo antes de expirar había conseguido saber su nombre.

Tras días sedienta, después de haber sido violada repetidas veces, golpeada por griegos, mongoles, turcos y persas, incapaz ya de narrar una de aquellas historias que la habían hecho célebre, y contemplada por cientos de ojos sin piedad, el bajá volvió a gritarle que dijera su nombre y ella, tras escupir apenas unas gotas de saliva sucia, le respondió: “mi nombre es México”.

Sí. “Aquella muchacha se llamaba México”, dijo Alejandro el árabe, “pero podía haberse llamado España, Tenochtitlán, Córdoba, Roma, Cartago o Troya. Cualquier tierra caída y devastada por los enemigos, Chulthu y sus lacayos hasta volverla irreconocible y decadente, como sucede actualmente en nuestro pueblo esquivo a las palabras de confianza y el mensaje de amor de Alá. Pues los seres humanos ya no luchamos por nuestros ideales. Antaño, para nuestros antepasados, era un honor morir ensangrentados en una batalla, antes de plegar su voluntad a un emperador. El bajá o el sultán. El cartaginés Aníbal Barca creció escuchando de su padre, Amílcar Barca, historias cruentas del imperio romano. Memorias de guerras perdidas que se propuso tornar en victorias con su ejemplo. Atravesando el mar mediterráneo y luego los Pirineos hasta casi llegar a las fauces de Roma. Otro hombre, Espartaco el tracio, prefirió morir luchando por su libertad, que no hacerlo bajo los yugos de los cónsules de Roma. A quien dijo ser hijo de dios, Cristo, tampoco le importó ser empalado por lanzas de ejércitos, encolerizados hombres, que negaban que su palabra era sagrada. Emergía directamente de las fuentes del amor. El mismísimo Sócrates prefirió morir envenenado antes de admitir aquello en lo que no creía: la existencia de los dioses griegos, mayas, egipcios, selenitas, sumerios, los santos cristianos, el adorado adonaijudío o la santidad de Mahoma. Y aquí mismo”, gritó el árabe Alejandro, “a escaso centenares de metros de donde nos encontramos en este momento, hubo aztecas que se arrojaron desde lo más alto de las pirámides con sus cabezas cortadas, antes de besar los crucifijos de madera que Cortés y sus hombres sangrientos, les ofrecían.

Pero ¿qué ocurre ahora? Que no necesitamos morir porque, en cierto modo, ya estamos muertos. ¡Esclavos de Chulthu! Ya estamos muertos. ¡Hermanos beduinos!. Ya estamos muertos. ¡Fanáticos de la Biblia y del Popol Vulh! Ya estamos muertos. ¡Emigrantes a La Meca! Acaso incluso nos encontremos ya en el más allá y no lo sepamos. Porque si tuviéramos en cierto modo, dignidad”, dijo Alejandro hermosilla, “no nos hubiéramos contentado con protestar. Levantar la voz y quejarnos cuando murieron nuestros hermanos árabes. Hubiéramos acudido al palacio del emperador Moctezuma y el conquistador Cortés, ascendido por las escaleras que conducen a las suntuosas habitaciones donde duerme el general Alí-Bajá y los lujosos salones en que acostumbran a cenar Fernando VII y también Ramsés II, hubiéramos destrozado sus cerámicas de Talavera y, cortando de un tajo sus cabezas, las hubiéramos arrojado a los perros. ¿O quién sabe qué?”, dijo casi llorando Alejandro el árabe, “pues matar al opresor, a ese maldito bajá que ya ni siquiera tiene paciencia para escuchar las historias de Scherezade, y probablemente ahora esté enviando a uno de sus guardianes para asesinarme, no nos devolverá a nuestros hijos. No lo hará. Y sus martillazos ya no se escucharán nunca más al alba y al anochecer ni en Tenochtitlan, Fez, Estambul, Madrid, o cualquier de las ciudades donde aún, hoy en día, la vida corre peligro, y los jóvenes no pueden decir aquello que sienten y piensan (y por tanto construir el nuevo mundo que llevan en su corazón) sin miedo a represalias”.

Y dicho esto, declarándose impotente ante los hechos acaecidos, incapaz de proponer nuevos métodos, consignas y mensajes que iluminaran el rostro de sus hermanos, Alejandro el árabe dio por concluido su discurso. Su oración colectiva e impacientes reflexiones extraídas de sus días meditando en el desierto. Pero antes, asfixiado por el color sangriento de los cielos reflejando el de aquellos lagos donde aún se podía sentir el dolor de tantos seres humanos, decidió, aun sin esperanza, realizar un acto de redención. Tras su estancia en el desierto, había llegado a su morada con un libro en sus manos. Un texto con portada anaranjada donde se podía contemplar el mapa de una ciudad árabe con la fisionomía de un enorme monstruo. Habían quienes sugerían que aquella era la historia perdida que Scherezade jamás contó al sultán. Otros, que era un mapa geográfico secreto a través del que se podría encontrar el lugar donde se hallaba escondido el Necronomicón. Que aquel escrito pertenecía en realidad a Abdul Alzhared. Y existían también quienes pensaban que estaba compuesto por una serie de delirantes aforismos escritos por Alejandro durante sus temporada de ayuno. Días duros en que sus uñas de sus pies y manos crecían tanto como sus dudas y angustia, recordando a los caídos en combate sin haber podido levantar un arma. y se sentía temeroso de ser apresado por quienes le acusaban de ser desertor y cobarde, español y árabe a la vez, y reían porque, como ocurrió aquella mañana en el parque de Chapultepec ante un grupo de personas confundidas, afirmaba que viejos monstruos guardaban la memoria de este mundo. Como si estuviera loco. Algo que tajantemente negó.  Pues únicamente se encontraba herido y dolido por aquella princesa azteca que corría por las calles de Tenochtitlan. Y, en ningún caso, confundido. Dado que aquel libro que juró haber escrito él y en esos momentos, como si tratara de una ostia divina, alzaba al cielo, era una invocación a la conciencia. Un furioso trueno cayendo en páramos heridos por la desolación y la miseria. Un garrotazo cuyo objetivo era destrozar el mundo en cientos de fragmentos para que, desde lo más oscuro de la noche, brotara una visión exacta de la realidad. Lograr que los amantes conocieran las mieles del amor, compartiendo los frutos del paraíso libremente, sabiendo que donde la verdad reina, nunca se acabarán por mucho que se compartan. Al contrario, se multiplicarán como los pájaros que bendicen la vida con sus cánticos cuando los seres humanos vislumbran a través de una rendija del espacio, que todos nosotros, somos uno solo. Un ser diferente, múltiple y plural como el reino maya, egipcio, hispano, musulmán y fenicio y también el romano y el tracio y el cartaginés o el hindú.

Y una vez pronunciadas estas últimas palabras, Alejandro el árabe decidió cerrar su discurso, abriendo una de las páginas del aquel libro que portaba en sus manos como si fuera su corazón y, tras cortar de un tajo varios pedazos de su vientre, comenzó a rociar con sangre sus páginas en homenaje a las víctimas de cualquier cultura. Comenzando con la 43 pero luego siguiendo con la 7 y la 11 y la 27 y la 44 hasta concluir en la 1001.

Y, más tarde, tras haber rociado con su sangre aquel libro, lo ofreció como regalo a uno de los allí presentes, desprendiéndose para siempre de él. Consciente de que apenas le restaban unas horas antes de que los soldados del sultán vinieran a cortar su cabeza. El cuello de otro de tantos rebeldes que se habían atrevido a dar martillazos en las faldas de los jardines de su palacio de oro. Aquel torreón aparentemente invencible cuya imagen repleta de sultanes gozosos de ofrecer otro cuerpo desnudo a Chulthu, fue lo último que escuchó aquella mañana Alejandro el árabe, mientras volvía a elevarse el rezo del imán y sus hermanos lloraban porque el cuerpo de aquel orador o escritor, -¿quién lo sabía?- era ya el de un muerto. Una sombra que les hablaba desde el Mictlan que acaso era el reino donde todas las almas allí reunidas habían tenido que aventurarse para no sufrir la ira del Emperador, mientras Alejandro el árabe soñaba en decirles todo aquello que no se atrevió a confesarles cuando él y sus 42, 76, 90 o 1000 compañeros aún vivían. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

A nadie le duele la cabeza cuando consuela a otro

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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