Martillo de azúcar

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Me encuentro hoy en la República Dominicana. Esa isla donde únicamente se puede ser feliz. Y desde luego que no existe el tiempo ni la muerte y probablemente tampoco la vida. Un brazo de la madre tierra donde la historia es un mero recuerdo, en la que tendré la oportunidad de presentar Martillo, en medio de un pequeño festival musical que, en unas pocas horas, se celebrará en un bar donde se venden alpargatas españolas y te invitan a chupitos de ron si sonríes. Y no es broma. De hecho, si se te ocurre poner cara de perro o te muestras excesivamente serio, te cobran el ron y le suben el precio al calzado. Por lo que no me han dejado otra opción para poder hacer un digno papel en ese festival que escribir el siguiente texto. Un martillazo de azúcar construido no tanto para destruir la isla sino multiplicar las sonrisas que provoca en todos los que disfrutamos de sus encantos. Sus playas repletas de flujos de arena y mar que semejan vaginas deseosas de amar hasta la eternidad.

Ahí va.

                                 Martillo de azúcar.

Durante su último viaje, Aladino había dormido en una isla llena de corales y algas, rodeado por gaviotas gigantes cuyos chillidos no le dejaban dormir y pescados de escamas doradas que chapoteaban en lagos de arena verde en donde gusanos y lagartos se apareaban como si fueran de la misma especie. En aquel pedazo de tierra cuyo nombre recordaba el de bellas mujeres árabes y etíopes, Aladino había bebido de fuentes de las cuales brotaba un agua del color de las mandarinas procedente de las raíces de árboles mojadas por restos de lluvias y huracanes, saboreado plantas de árboles donde crecían plátanos repletos de azúcar cuyo sabor era diferente según la hora del día en que se probaran, y comido insectos que lo mismo gritaban su nombre como si fueran familiares deseosos de entregarle su cuerpo para que pudiera sobrevivir o volaban alrededor suyo obligándole, a si deseaba alimentarse con ellos, a realizar extrañas danzas. Difusos movimientos que se confundían con las brumas de anocheceres y amaneceres en los que sol y luna bailaban como perros y gatos enloquecidos deseando atrapar un instante. Eternizar la belleza y el mal mientras cientos de manos brotaban de las cavernas terrestres, intentando atrapar a Aladino. Sumergirlo en las profundidades y abismos de un mundo que se abría y cerraba como si fuera el estómago de una ballena o una mariposa enorme cuyas alas y pieles tuvieran más colores que el arcoiris.

Aquel viaje concluyó de manera fortuita, cuando varios gavilanes confundiendo a Aladino con un insecto, lo tomaron en sus picos y, al comprobar que aquello que habían atrapado, no era un saltamontes sino un ser humano, lo arrojaron a las tranquilas aguas mediterráneas de las cuales, cuando el comerciante oriental ya se consideraba perdido, había sido rescatado por un bajel turco y más tarde, conducido a Damasco. Ciudad en la que había sido recibido con abrazos y alegría por sus familiares que lo consideraban perdido. Habían llorado, lamentado su ausencia e incluso habían levantado una tumba en su nombre en la que cada primavera -fecha de nacimiento de Aladino- encendían velas en su memoria perfumadas con incienso y jazmín.

Varios años vivió con fortuna y paz Aladino en Siria. Vendiendo tapices orientales y elegantes alfombras sobre las que declamar rezos y proferir cánticos dedicados a Alá en hermosas mezquitas, hasta que se vio forzado a viajar de nuevo. Una mañana de diciembre, al acceder al bazar donde trabajaba, había encontrado un cofre del que se escuchaban los cánticos de un ave. Acaso una abubilla o una golondrina. Y fascinado e intrigado por aquel espectáculo que tenía ante sus ojos y los constantes chillidos que aturdían sus oídos, se propuso averiguar cuál era su contenido. Sin embargo, por más golpes que, durante días, dio al cofre, aunque lo lanzó con todas sus fuerzas contra paredes de hierro e incluso desde angostadas colinas, y probó diversas llaves con las que abrir al fin sus cerrojos, no consiguió su objetivo. Por lo que se vio obligado a soportar diariamente los gritos de aquel extraño ave encerrado, cuyos tonos no habían sido modificados con el transcurso de los días y los indeclinables intentos de Aladino por liberarlo.

Fueron transcurriendo las semanas y Aladino pensaba que nunca podría resolver aquel misterio. De hecho, pensaba dejar el cofre en un río y olvidarse para siempre de él, hasta que una mañana, un mercader le recomendó acudir al taller de un mago que nunca cerraba los ojos, solía trabajar de noche, leía el tarot y olía a alcanfor y azufre. Una extraña mezcla de aromas que, al entrar en su sala de trabajo, se hizo más y más intensa, provocando que el pájaro -o cualquier cosa que fuera lo que se hallaba encerrado en el cofre- cesara de piar, como si asustado, supiera que lo estaban observando. Porque, quien sabe cómo, el mago había abierto una frontera y vórtice en el tiempo y Aladino al fin podía mirar, desde una pequeña abertura elevándose como un espejismo ante él, al ser que se encontraba encerrado allí: un muchacho de pelo castaño, ojos verdes y pantalones negros que se hallaba en un patio al aire libre decorado con hermosas celosías donde se hallaban grabadas versículos del Coran, recitando un texto frente a un grupo de personas que lo miraban con extrañeza. Como si fuera un pájaro enjaulado, un muerto de hambre o un escritor encerrado en una isla del Caribe, rodeado  de seres de negras pieles y cálido acento cuya mirada era tan dulce como el azúcar que lo contemplaban leer unos versos sin tal vez entenderlo. Sin tal vez comprender que aquel muchacho que tenían frente a ellos, recitaba un poema sobre Aladino, un mago y las hermosas palmeras de las playas que los rodeaban, no conmovido ni feliz por encontrarse en aquellas maravillosas tierras sino más bien, desesperado, porque en su cabeza y cuerpo sentía estar recibiendo toda clase de golpes. Constantes empujones y tirones de Aladino intentando abrir un cofre que sonaban como martillazos en toda la sala, creando el pánico entre el público y ese escritor que cada vez que hablaba y leía un párrafo de su texto, parecía que piaba, cantaba como un ave. Acaso una abubilla, una golondrina o quién sabe qué.

 

En fin, era tanta la desesperación que transmitía aquel muchacho temeroso de no poder transmitir sus violentos sentimientos con aquel poema leído en voz alta, que  Aladino, enojado y temeroso, enfadado y violentado por su destino, volvió a intentar destrozar el cofre. Algo que parecía imposible pues de hecho, cada vez que lo intentaba, el escritor hablaba más y más fuerte como si los martillazos estuviesen sonando en el centro de su cabeza. Aunque, finalmente, y mientras el mago iba poco a poco convirtiéndose en un inmenso efrit rojo que miraba la escena jocosamente, Aladino consiguió traspasar el otro lado de la realidad de un martillazo, confiando ayudar aquel pobre escritor que ignoraba totalmente su valiente gesto. Su compasiva actitud. Y no le prestaba atención alguna. Al contrario, se reía con complicidad. Como un ser malévolo, mientras buscaba el rostro del genio rojo en los cientos de espejos que lo rodeaban, porque ahora podía al fin comunicar a todos los presentes aquello que había venido a decirles: que si deseaban saber de la historia de Aladino y el cofre, escritores malditos y la vida en Arabia debían adquirir un libro llamado Martillo que en ese mismo momento mostró elevando su brazo derecho. Pues tal vez así, podrían contribuir a liberar a aquel personaje cuyos gritos ahogados resonaban por toda la sala mientras se escuchaban más y más martillazos de azúcar, las risas de un efrit rojo rabioso y sus  palabras sonaban en aquel patio como si fueran las de un muerto viviente. Abdul Alzhared. O el sacerdote de una secta monstruosa consagrada a la adoración de un oscuro dios, Chulthu, cuyo nombre retumbaba ahora intensamente por las profundidades terrestres de aquella isla llena de corales y algas, gaviotas gigantes y pescados de escamas doradas que chapoteaban en lagos de arena verde en donde gusanos y lagartos se apareaban como si fueran de la misma especie, de la que tal vez no había salido ni saldría nunca Aladino. Y en la que probablemente todos los allí presentes se verían asimismo condenados a vivir hasta la eternidad. Shalam

إِذَا كَانَ الْكَلاَمُ مِنْ فِضَّةٍ يَكُونُ الصَّمْتُ مِنْ ذَهَبٍ

                   La susceptibilidad es signo de ignorancia

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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