Martillo de azúcar

0

Me encuentro hoy en la República Dominicana. Esa isla donde únicamente se puede ser feliz. Un brazo de la madre tierra donde la historia es un mero recuerdo en la que tendré la oportunidad de presentar Martillo, en medio de un pequeño festival de música que, en unas pocas horas, se celebrará en un bar donde se venden alpargatas españolas y te invitan a chupitos de ron si sonríes. Y no es broma. De hecho, si se te ocurre poner cara de perro o te muestras excesivamente serio, te cobran el ron y le suben el precio al calzado. Por lo que no me han dejado otra opción para poder hacer un digno papel que escribir el siguiente texto. Un martillazo de azúcar construido no tanto para destruir la isla sino para multiplicar las sonrisas que provoca en todos los que disfrutamos de sus encantos. Sus playas repletas de flujos de arena y mar que semejan vaginas deseosas de amar hasta la eternidad.

 Ahí va:

                                 Martillo de azúcar.

Durante su último viaje, Aladino había dormido en una isla llena de corales y algas, rodeado por gaviotas gigantes cuyos chillidos no le dejaban dormir y pescados de escamas doradas que chapoteaban en lagos de arena verde en donde gusanos y lagartos se apareaban como si fueran de la misma especie. En aquel pedazo de tierra, Aladino había bebido de fuentes de las que brotaba agua de color anaranjado, saboreado plantas de árboles donde crecían plátanos repletos de azúcar cuyo sabor era diferente según la hora del día en que se probaran, y comido insectos que solían volar alrededor suyo realizando extrañas danzas. Difusos movimientos que se confundían con las brumas de anocheceres y amaneceres en los que sol y luna peleaban por ocupar los cielos mientras cientos de manos brotaban de las cavernas terrestres, intentando atrapar a Aladino. Sumergirlo en las profundidades y abismos de un mundo que se abría y cerraba como si fuera el estómago de una ballena.

Pero aquel viaje concluyó de manera fortuita cuando varios gavilanes, confundiendo a Aladino con un insecto, lo tomaron en sus picos y, al comprobar que aquello que habían atrapado no era un saltamontes sino un ser humano, lo arrojaron a las tranquilas aguas mediterráneas de las cuales había sido rescatado por un bajel turco y más tarde, conducido a Damasco. Ciudad en la que había sido recibido con abrazos y alegría por sus familiares que lo consideraban perdido. Habían llorado, lamentado su ausencia e incluso habían levantado una tumba en su nombre en la que cada primavera, coincidiendo con la fecha de nacimiento de Aladino, encendían velas en su memoria perfumadas con incienso y jazmín.

Aladino vivió varios años con fortuna y paz en Siria. Vendiendo tapices orientales y elegantes alfombras sobre las que declamaba rezos y profería cánticos dedicados a Alá en hermosas mezquitas, hasta que se vio forzado a viajar de nuevo. Una mañana de diciembre, al acceder al bazar donde trabajaba, había encontrado un cofre del que emergían los cánticos de un ave. Acaso una abubilla o una golondrina. Y, fascinado e intrigado por aquel espectáculo que tenía ante sus ojos y los constantes chillidos que aturdían sus oídos, se propuso averiguar cuál era su contenido. Sin embargo, aunque lo lanzó con todas sus fuerzas contra paredes de hierro e incluso desde angostadas colinas y probó diversas llaves con las que abrir sus cerrojos, no consiguió su objetivo. Por lo que se vio obligado a soportar diariamente los gritos de aquel extraño ave encerrado, cuyo tono no había cambiado a pesar de los esforzados intentos de Aladino por liberarlo.

Fueron transcurriendo las semanas y Aladino pensaba que nunca podría resolver aquel misterio. De hecho, pensó en dejar el cofre en un río y olvidarlo hasta que una mañana, un mercader le recomendó acudir al taller de un mago que nunca cerraba los ojos, solía trabajar de noche, leía el tarot y olía a alcanfor y azufre. Una extraña mezcla de aromas que, al entrar en su sala de trabajo, se hizo más y más intensa, provocando que el pájaro -o cualquier cosa que fuera lo que se hallaba encerrado en el cofre- cesara de piar, como si asustado, supiera que lo estaban observando. Ciertamente, -quien sabe cómo-, el mago logró abrir una rendija en el tiempo y Aladino al fin pudo mirar desde una pequeña abertura que se alzaba como un espejismo ante él, al ser que se encontraba encerrado allí: un muchacho de pelo castaño, ojos verdes y pantalones negros que se hallaba en un patio al aire libre decorado con hermosas celosías donde se encontraban grabados versículos del Coran.

Aquel varón estaba recitando un texto frente a un grupo de personas de raza negra y cálido acento que lo contemplaban con extrañeza leer unos versos. Sin tal vez comprender que aquel poeta no se encontraba feliz por encontrarse en aquellas maravillosas tierras sino más bien, desesperado puesto que sentía que alguien le daba golpes continuamente por todo su cuerpo que sonaban como martillazos en la sala. Por lo que cada vez que leía un párrafo, parecía que piaba, cantaba como un ave. Acaso una abubilla, una golondrina o quién sabe qué.

En fin, era tanta la desesperación que transmitía aquel muchacho temeroso de no poder transmitir sus violentos sentimientos con aquel poema leído en voz alta que Aladino, enojado, volvió a intentar destrozar el cofre. Algo que parecía imposible puesto que cada vez que lo intentaba, el escritor hablaba más y más fuerte como si los martillazos estuviesen sonando en el centro de su cabeza.

No obstante, conforme el mago que había ido a visitar iba poco a poco convirtiéndose en un inmenso efrit rojo que miraba la escena jocosamente, Aladino consiguió traspasar el otro lado de la realidad de un martillazo con la intención de ayudar aquel pobre escritor. Quien ignoraba totalmente su valiente gesto y no le prestaba atención alguna. Al contrario, se reía con complicidad al verlo, porque ahora podía al fin comunicar a todos los presentes aquello que había venido a decirles: que si deseaban saber más datos acerca de la historia de Aladino debían adquirir un libro llamado Martillo que, en ese mismo momento, mostró elevando su brazo derecho. Pues tal vez así, podrían contribuir a liberar a aquel personaje cuyos gritos ahogados resonaban por toda la sala mientras se escuchaban más y más martillazos de azúcar que resonaban en aquel patio como si fueran maldiciones. Invocaciones malignas proferidas por el sacerdote de una secta monstruosa consagrada a la adoración de un oscuro dios, Chulthu. Una divinidad cuyo nombre retumbaba entre los cielos de aquella isla llena de corales y algas en donde gusanos y lagartos se apareaban como si fueran de la misma especie, de la que Aladino tal vez no saldría nunca. Y en la que, probablemente, todos los allí presentes se verían asimismo condenados a vivir hasta la eternidad. Shalam

إِذَا كَانَ الْكَلاَمُ مِنْ فِضَّةٍ يَكُونُ الصَّمْتُ مِنْ ذَهَبٍ

                   La susceptibilidad es signo de ignorancia

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo