Odio

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Árida y visceral. Un alud de nieve derritiéndose en una inmensa hoguera. Así definiría la reciente novela del sueco Orland Johansson. Su infernal Odio. Una excursión a los abismos del arte y el mundo donde apenas existe resquicio para tomar aire. No hay pausas y la muerte sobrevuela alargadas colinas en un viejo carruaje seguida de un cortejo de pajes, bufones y acróbatas. Esquizofrénicos artistas, enanos y locos airados que se deslizan por parajes nevados y escarpados sobre los que se estrella la sombra de un escritor. Un cavernícola resentido pero inmensamente lúcido que decide suicidarse escribiendo como un poseso contra sus compañeros de profesión y todo funcionario que se le ponga delante. Contra los muros y el mal y el bien. Contra la vida y la muerte. Y el alcohol. Y el amor. Y también la risa. Ya lo he dicho. Contra todo. Absolutamente todo.

Como muestra, este botón: “Locos y esquizofrénicos. En eso son absolutamente iguales los maestros de marionetas y los grandes escritores. Tanto es así que, en realidad, más allá del dominio del lenguaje, considero la locura y la esquizofrenia como las armas aliadas de los escasos escritores interesantes que han existido. Aquellos que han convertido el mundo en una página de su literatura. Quienes han cambiado las reglas y trastornado el arte. Lo han estrujado en sus manos como si fuera un muñequito de trapo y de un tajo han girado su cabeza y o bien se la han arrancado o se la han colocado al revés. ¿No era Jorge Luis Borges un histriónico psicótico, William Faulkner un neurótico con tintes obsesivos y Thomas Bernhard un esquizofrénico adicto al mal? ¿Qué gran escritor no ha sido un pervertido? Por lo general, leo una frase y percibo cuándo alguien es capaz de tener un orgasmo escribiendo o ha sobrevivido, continúa respirando en esta tierra porque existen los libros. Prefiero los escritores que se estrellan que los que no llegan. Los que se equivocan que los que siempre aciertan. Llamamos, nos atrevemos a denominar como genios a aquellos que erraron totalmente, fracasaron y lo hicieron con plenitud, orgullo y satisfacción. A los que perdieron de vista la realidad y también la literatura. Esos monstruos que se convirtieron en otra “cosa” diferente a lo que eran. Se transformaron en fuga, camino, tránsito, ala, pico y cuerpo y su obra devino en un festival de vahídos y gemidos, orgasmos contenidos o explosivos y arena loca furiosa por besar el agua del mar. Los escritores están locos. Son una panda de muertos. Manejan con las manos el destino de muñecos que no se mueven ni viven ni respiran. La suerte de buitres indomables que no son capaces de ponerse en pie. Hay que estar loco para tener trato con escritores. Esas víboras del mal. Y con el mundo. El mundo, de hecho, lo sabe bien el chambelán que viene a servirme el té todos los días a mediodía, se ha convertido en un delirio de frivolidades donde bestias y tiburones ríen y muerden y gozan apareándose. Donde al cojo le cortan la otra pierna una panda de maricones a los que un rey castra delante de su corte de sacristanes y bufones mientras los airados gritos de la población se extienden pidiendo sangre y sangre y más sangre sin importar de qué tipo y a quién corresponda. Si es la de una morsa, un esclavo o un búfalo. O de uno de esos malditos poetas a los que habría que exterminar de una vez. Poner en un paredón y masacrar sin piedad alguna”.

En realidad, supongo que no es difícil de adivinar, el fragmento no es de Johansson sino que aparece en Los puercos aunque suena, remite y huele a Ruido. No quisiera repetirme y no sé a veces cómo sacar de mi cerebro al escritor que protagonizaba aquella tormentosa novela. Aunque, por un lado, es lógico que tengan concomitancias teniendo en cuenta que el abrasivo artista que protagoniza Ruido es quien escribe Los puercos. Es decir, es necesario que haya fragmentos similares, mezclar tonos y confundir pasajes pero hay que evitar la burda copia. El farragoso trámite de hacer leer al lector el mismo libro dos veces. ¿Cómo lo resolveré? Aún no lo sé. Pero intuyo que será a través del odio. Escuchando a los mártires cuyo aliento resuena entre los intersticios de los castillos literarios. Esas tristes víctimas que fueron masacradas por los ciento y un puercos que medran a su gusto en el ámbito literario arrojando sin cesar montones de mierda y mierda y más mierda por la boca. Abrazándome a todos esos condenados a muerte por el mundo del arte a quienes intentaré rescatar de sus suplicios, resucitar, para que corten la cabeza de todos esos facinerosos que han hecho que la literatura huela peor que aquellas iglesias convertidas en templos de mercaderes contra las que clamaba Jesucristo. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Si no puedes morder, nunca muestres los dientes

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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