Piratas

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Casi todos los primeros piratas eran escoria. Morralla. Vagabundos. Carne de presidio. Mendigos, ladrones que, lanzándose a la mar, se salvaban de la cárcel. Las catacumbas. Y conquistaban su derecho a vivir. Soñar. Morir de pie. Por lo general, sólo conocían el tiempo presente. Su proyecto de vida era únicamente el botín, la riqueza. Porque una vez conquistada, no tardaban mucho en perecer. En realidad, casi todos estaban muertos antes de acceder a los barcos. Ser piratas no era más que una breve prorroga para ellos. Un episodio. Un tiempo muerto entre la humillación, la deshonra y la desgracia -su vida anterior- y su definitivo ocaso. Su olvido eterno. Cualquier pirata recuerda a Caín. Un exiliado que viaja por los mares desafiando a dios y al estado. Cegado por su ambición. El sueño de un pirata idealista era entrar a los cielos cargado de oro y monedas y arrojarlas al rostro de dios. Culpabilizar al Creador por la miserable vida que le tocó vivir. Pero por lo general, no hallaban más premio a su sanguinario comportamiento que unas cuantas borracheras en compañía de varias prostitutas o poder disfrutar del sol y la luna en alta mar sin soportar las órdenes de un comerciante o burgués.

Las páginas de la Biblia pirata están llenas de olas, rocas, arrecifes, cazoletas e islas. El Nuevo Testamento, de cualquier cofre con monedas de oro. Y su Génesis, de cárceles, malformaciones, pobreza, humillaciones y desesperación. Mucha tristeza e ira. Fueron ellos los primeros zombies del océano. Cadáveres vivientes que, por alguna oscura razón, aparecían en los horizontes durante los momentos fatales, invocando tragedias. Pues olían a muerto tanto cuando perdían una batalla como cuando vencían. Eran un mordisco en el trasero del Estado. La viva imagen de las injusticias cósmicas. Los piratas eran la destrucción. La negación de todo lo sagrado. Fantasmas. El ojo cerrado de dios. Una indigestión angélica. La cola del demonio en movimiento. Trash metal. Su ley eran los cañonazos. Su ética, el engaño y la traición. Y su sueño, la derrota de Cristo. Porque no tenían reino ni país. Su hogar era el trueno, su almohada, la cólera y la puerta de su casa, la lluvia y la fiebre. Eran la viva imagen de la perdición. De la voracidad de Occidente y de su futura decadencia. Un estornudo de los reinos medievales.

La aparición de los piratas tras el Descubrimiento de América fue, en cierto modo, un regreso triunfal e inesperado del espíritu dionisíaco. El retorno de los bárbaros. Pues ellos son la sombra de Hernán Cortés y Cristóbal Colón. Parte de su legado. Pero de su legado borrado. Son una derrota en carne viva de Roma y la iglesia. Salvajes. Bestias en libertad y sin futuro. Tiburones. Peces-tigre. Cobayas. Una oscura dimensión del alma occidental. Y por ello, son más leyenda que historia. Más una malformación que una enfermedad. Más vómito que indigestión. Son la prueba flagrante de que las conversiones en masa de cristianos fueron realizadas más por intereses y seguridad que por fe. Y que los únicos proyectos que unieron a los ciudadanos de Europa durante siglos fueron el miedo a las epidemias y las guerras de religión.

Los piratas eran la locura. Un manuscrito con todas sus hojas rotas o desperdigadas. Encarnan lo que sería la humanidad sin leyes ni Estado ni lenguaje. Un trueno celeste. Un torbellino de agrias y violentas manchas que afean el terso vestido angélico y corrompen el hígado de la diosa razón. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Ten el valor de equivocarte

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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