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          dañññmdmaij mñ-m,o—ciiñ,mmaoñ-mis.

No es ninguna broma lo que acabo de hacer aunque tampoco es algo demasiado importante. Simplemente, intento transmitir lo que es el ruido. Pero eso sí, el ruido negativo. Muchos escritores a lo largo del pasado siglo dejaron de escribir coherentemente porque el público les exigía que sobrepasaran (ya no en cada uno de sus libros sino en todos sus textos y artículos) sus límites personales, los literarios e incluso los éticos. Comento esto porque para mí, averíadepollos es un espacio de libertad muy importante. Y existen personas que piensan que me excedo escribiendo, que acaso pudiera bajar el ritmo de publicación de entradas o quién sabe qué. Lo cierto es que si tuviera en cuenta la opinión de la gente, creo que por lo general, me saldrían textos como ese primero tan valioso que acabo de redactar. Porque perdería mi personalidad y acabaría volviéndome loco. Que es un poco, repito, lo que sucedió en el pasado siglo. Que demasiadas voces se entremezclaron en la mente de los creadores y la única forma que encontraron algunos de poder despistar o dejar de lado al público para poder escribir con libertad fue haciéndose ininteligibles. Ariscos. Levantando barreras. Cerrando filas. Algo inteligente y en algún caso, práctico pero que terminó por convertirse en un arma de doble filo. Por ejemplo, aunque yo no puedo vivir sin escribir, debo reconocer que si no supiera que al menos una persona va a leer lo escrito, mi trabajo perdería sentido. Es decir, todo escritor moderno se enfrenta ante esta paradoja. No puede vivir sin lectores pero en parte, ha de crear al margen de sus opiniones si desea construir una obra. ¿Qué quiero exactamente expresar con esto? Pues realmente, no quiero decir nada. Nada. Nada. Absolutamente nada. Básicamente, porque dijera lo que dijera, no puedo evitar seguir escribiendo independientemente de que aquello en lo que trabaje sea más o menos interesante.

No obstante, intentaré explicarme mejor. Puede que yo sea un mal escritor, que no sepa expresarme o que me haya equivocado en todo lo que haya pensado o transmitido. Pero no creo que sea necesario recordar que quien lo desee, puede dejar de leer mis textos en cualquier momento. Lo cierto es que tal vez porque la era internet acaba de iniciarse, todavía no somos plenamente conscientes de que poder asomarnos a la cocina de los escritores y observarlos en parte trabajar y construir su obra en vivo y directo, es en gran medida, un privilegio. Sobre todo, si esa voz es personal, posee cierta resonancia y calidad y además, no nos cobra ni un centimo por mostrarnos lo que realiza.

Lo diré de otra forma. La oportunidad que nos ofrecen los blogs es única y en cierto modo, está cambiando la concepción de la escritura. O al menos, las formas a través de las que se da a conocer. Y creo que son aspectos como estos los que podríamos valorar pues nos encontramos ante un acontecimiento único hasta ahora en la historia de la literatura. Sabemos que hay quien mataría (y varias veces) por poder conocer las reflexiones del Marqués de Sade mientras escribía Justine o las de Salvador Elizondo cuando componía El hipogeo secreto. Pero el uso masivo y abusivo de Internet y el cinismo que caracteriza a esta época, parece que nos ha hecho perder absolutamente la perspectiva sobre ciertos milagros y posibilidades que se encuentran a nuestra disposición cada día. Y finalmente, como es mucho más sencillo criticar que crear, tendemos a hacer notar nuestro descontento antes que apoyar proyectos artísticos que pienso que son mucho más positivos que negativos. Algo que termina por convertirse en un hecho grave si tenemos en cuenta que por lo general, ante las injusticias políticas diarias, continuamos quietos, parados, como estatuas de sal o ratas asustadas y encerradas en una jaula. Actitud sobre la que no voy a decir una sola palabra más porque se comenta por sí misma.

Me indican también que mis textos suelen tener bastantes faltas ortográficas. Ya realicé un avería al respecto. Soy consciente de que necesito un corrector de estilo y por lo general, corrijo cada entrada que aparece cuatro o cinco veces pues tras publicarla, acostumbro a detectar decenas de erratas (eso sí, cada vez menos). En fin, en este caso, probablemente deba pedir perdón. Podría decir que esta es mi forma de trabajar, de ser y estar en el mundo o que compongo cada texto como si yo fuera un guitarrista que toca un compás totalmente distorsionado e improvisado y es lógico que cometa ciertos errores, pero no lo haré. Porque aquí sí que creo que las personas de mi entorno cercano tienen toda la razón. Y a este respecto, apenas puedo hacer algo más que solicitar paciencia. Cuando me sea posible, contrataré un corrector de estilo. Alguien que revise cada una de las entradas escritas al cabo de un mes y las deje libres de errores para quien las desee releer o retomar. Pero de momento, no puedo comprometerme a no cometer esas faltas. Por muchos motivos. Por lo que pido por favor comprensión. Además, como dije previamente, el blog es un medio de comunicación casi instantáneo. Y por tanto, creo que son más fácilmente disculpables estas erratas que entiendo que no serían permisibles si habláramos de un libro publicado. Sobre todo, teniendo en cuenta que alguien podría pagar un dinero por él y que las faltas en un texto impreso quedan selladas en sus páginas perennemente. Cuando al contrario, cualquier error ortográfico en Internet puede ser modificado en unos segundos.

En otras palabras, si no somos capaces de crear, ¿no sería mejor que acompañáramos a quienes lo hacen? Creo sinceramente que sí. Pues lo contrario, implica hacer de nuestras sociedades cárceles de ignorancia cada vez más y más cerradas condenadas a la autodestrucción. Afirmación que, visto el momento que estamos atravesando y que muchas de las profecías de Orwell y Huxley casi que se han hecho realidad al completo (o están en trance de ello), supongo que nadie, confío, que considerará a estas alturas una boutade. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 Puede que un hombre sea malo y buenos sus modales

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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