¿Un Baterbly prematuro?

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Cada vez tengo más claro que la educación, tal y como ha sido entendida por Occidente, choca frontalmente con la creatividad. Es cierto que en ocasiones se complementa con ella pero creo que porque así puede dar validez al sistema que sostiene en pie. No hablo de este tema hoy porque quiera llevar a cabo una crítica más o menos elaborada al sistema educativo. Creo que ya lo hacen mucho mejor otros y no es esta mi labor actualmente. Tan sólo lo hago porque deseaba referirme a una problemática que me es necesario abordar. Trabajo, como ya he dicho en entradas anteriores, en una novela corta que pronto finalizaré. No ha sido muy meditada. Ha nacido de un rapto, el deseo de dejar volar la imaginación y no detenerla hasta que ella misma marque el límite. Cabalgar, en definitiva, por una vez sin riendas. Lo que si bien me ha hecho disfrutar mucho, también me ha provocado cierta crisis estos últimos días al imaginar a sesudos críticos leyéndola y marcando determinados defectos. No tenía esta aprensión cuando escribía El jardinero porque era una novela que deseaba cierta trascendencia y este es un precio que se ha de pagar inevitablemente si se aspira a ello. Sin embargo, en este texto actual tan sólo aspiro a la dicha. Algo que, expresado así, puede parecer presuntuoso pero refleja bien cómo me he sentido escribiéndolo. Este pasado viernes mientras tomaba uno de mis habituales masajes relajantes, una visión llegó a mi mente. Me acordé de cuando tenía cinco años y estaba en la guardería con un libro en mis manos, un papel y un lápiz y escribía historias por el mero gusto de hacerlas. Creo que en cierto sentido, con esta novela corta he recuperado esa sensación. Y no puedo evitar por ello sentirme mal al pensar que al finalizar este viaje, aparecerán los críticos. Esos abogados del sistema educativo literario cuyos intereses, más allá de la literatura e incluso a pesar de ésta, entiendo bastante lejanos a los míos. Reconociendo su maestría crítica, me cuesta o casi que me es imposible leer las reseñas literarias de muchos periódicos a los que me aficioné cuando estudiaba Filología Hispánica. Entiendo su razón de ser pero también que si tuviera en cuenta esas voces, no hubiera escrito jamás mi libro. Jamás. Me encontraría paralizado y detenido y no habría sido feliz haciéndolo. Habría sido un trabajo arduo y cuesta arriba cuando, en realidad, ha sido todo lo contrario. No puedo evitar preguntarme por ello qué función cumple la crítica que nace de nuestro sistema educativo y si no será cierto que la instrucción que recibí como estudiante universitario no contribuyó sino a matar, acallar o al menos hacer que dudara de mi propia creatividad. Obviamente, como he dicho al principio, esta educación me dio ciertos fundamentos y componentes técnicos pero no sé si a cambio de exterminar o encerrar mi voz pues en el proceso de crecimiento que he ido teniendo como escritor, he bordeado muchas veces el riesgo de escoger la opción de callar para siempre. Convertirme en un prematuro Baterbly.


Parece patente que el aprendizaje crítico ayuda a que uno mismo pueda discernir si merece la pena aquello que ha escrito o no. Leer a Galdós, Tolstoy, Miguel Espinosa o Anton Chéjov tiene por fuerza que hacer más humilde al aprendiz de escritor. Mostrarle referentes entre los que orientarse y a los que siempre recurrir para confrontarse con ellos en la búsqueda de su propia voz. De esta forma, puede ir calibrando sus particulares medios y formas de expresión, cómo abordará los temas universales que vive desde su propio prisma personal y social, etc. El problema nace cuando esos referentes que podrían ser luces y estímulos que guiasen al viajero en el horizonte nocturno, acaban por transformarse en losas, muros irrompibles de una fortaleza a la que no se puede acceder puesto que  es propiedad del mundo académico u oficial literario. Todo un sistema construido para reconducir la creatividad u orientarla y llevarla por los caminos que le interesan y le son afines para perpetuarse en el poder.

Enrique Vila-Matas ha mencionado en varias ocasiones lo importante que fue para Joseph Conrad la lectura que de La locura de Almayer realizó uno  de los marineros que lo acompañaba en alta mar. Su veredicto fue positivo porque probablemente ese hombre leyó el texto con el corazón, sin frialdad. Un humanismo que se escapa al medio universitario (al que todavía, actualmente pertenezco) que probablemente habría abordado la novela desde una perspectiva distinta a la de un lector común, más proclive a señalar ciertos errores y técnicas mal empleadas que a la emoción despertada por las palabras. Obviamente, no estoy seguro de lo que digo. El talento de Conrad era grande y puede que los críticos lo hubieran detectado en primera instancia. Pero no sé si hubieran sido tan empáticos con él, si hubieran entendido su creación como el fruto nacido del vientre de un hombre. Al poner el foco en la mente, tal vez hubieran sido más crueles y hubieran apagado la voz de un ser humano necesitado de expresarse. ¿Quién lo sabe? Desde luego, no yo. Pero es algo que no he podido evitar plantearme estos últimos días.

En fin, supongo que para evitar estos pensamientos intrusivos que en el fondo tal vez revelan cierta desconfianza en uno mismo que yo soy el primero en reconocer por razones que confío explicar algún día en El libro del padre, lo mejor es salirse en la medida de lo posible del sistema; de nuestro mundo. Me explico. Veía ayer un interesante documental sobre Grant Morrison, Grant Morrison: hablando con Dioses, y me llamó la atención rápidamente una anécdota que refería de su infancia: iba paseando de niño de la mano con su madre cuando ésta, señalando la estrella Sirio, le dijo que en realidad ellos procedían de allí. No eran, por tanto, de este planeta. Verdad o mentira, esta idea y revelación se introdujo en la piel del pequeño Grant que, años más tarde, al crecer, sería capaz de renovar la narrativa del cómic conduciéndola a territorios insospechados. Algo que probablemente no podría haber hecho si hubiera antepuesto la educación a la creatividad y el rigor a la dicha como se lleva realizando desde hace tiempo en Occidente con el objetivo acaso de convertirnos en zombies, muertos vivos únicamente preocupados de subsistir para consumir. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Un hombre es sabio mientras busca la sabiduría; si llega a creer que la ha encontrado se convierte en idiota

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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