Vacaciones en el mar

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Hay ciertos pasajes de la pasada entrada de Avería llamada Dizzy Gillespie que me parece que no están lo suficientemente bien explicados. En concreto, aquellos en que hago referencia al vudú. He intentado por todos los medios acordarme del nombre de aquel documental sobre esta práctica que contemplé el pasado verano pero no lo consigo.  Recuerdo, eso sí,  que era un clásico del género. Lo descubrí leyendo uno de los libros que la familia que me había dejado su mansión de Boston tenía en el salón. Un álbum fotográfico que contenía lúcidos textos de periodistas y ensayistas sobre Haití. Se nos ofrecían allí análisis muy interesantes sobre aquel país. No era el típico libro ilustrativo. Era muy analítico. Las fotografías eran fascinantes. Sentía uno ganas de caminar por aquellos territorios. En una ocasión, por cierto, estuve en aquel país. Sólo por treinta minutos, eso sí.

Estaba pasando unas estupendas vacaciones en la República Dominicana. Era la primera vez que pisaba el continente americano. Me encontraba albergado en casa de mi amigo Ricardo, junto a sus padres. Fueron unos días increíbles. Tenían un bar en el centro colonial de la ciudad donde nos divertíamos pinchando música, poniendo copas y contemplando a la clientela. Una fauna muy peculiar. Al cerrar el bar, salíamos por la ciudad bebiendo y bailando en todos los antros que nos encontrábamos. Al despertar, solía irme a una piscina a refrescarme, paseaba buscando galerías de arte o me entretenía dialogando con Obdulia, la muchacha que se ocupaba del aseo de la casa, quien más que hablar parecía cantar, como si fuera Billie Holiday; o, en este caso, sería mejor decir Shiomara.

También me dirigí a distintos puntos del país. Encontré un muchacho que por un precio accesible me llevaba en motocicleta donde lo deseara, cerca de Pueblo Viejo. Recorrimos muchos kilómetros, visitamos algún que otro paisaje fantasma, estuvimos en una impresionante, bellísima playa desierta y al comprobar que nos encontrábamos cerca de la frontera de Haití, le pedí que nos acercáramos allí. Crucé los controles policiales y el ambiente era un horror. Había instalado en un descampado un inmenso zócalo -muy parecido al que hay en la frontera de Belice y México en Chetumal- que despedía un olor a demonios donde se vendían vaya a saber usted qué vestidos u objetos. En aquel lugar, todo podía comprarse y se sentía que uno podía llegar a perder su alma si se extraviaba entre, por llamarlas de alguna manera, una de aquellas tiendas. Pues más bien parecían montículos, toallas grandes entre soportes de paja sobre los que hubieran sido colocados ciertos objetos sin orden ni concierto. A la tremenda.


Creo que ahí fue la primera vez que entré en contacto con una parte, un segmento muy profundo del alma desangelada americana y comenzó a moverse el corazón del escritor que luego escribiría de la nostalgia y la soledad de los habitantes del Nuevo Mundo en la tesis Los hijos sin nombre: el silencio del olvido. Pues por un momento, vislumbré que esos seres humanos esclavizados, sometidos a todo tipo de violencias procedentes de África para quienes la libertad no había supuesto más que su ingreso al purgatorio, no existían. En cierto modo, ya estaban muertos, dado que lo habían perdido todo muchos siglos atrás, cuando fueron apresados, golpeados, enjaulados y hacinados en barcos donde fueron conducidos a trabajar como bestias a la tierra prometida. Sin embargo, allí estaban delante mía. Ya no eran una línea de un libro. Tampoco una ilustración, un cuadro o un documental. Toda esa marabunta deforme entre la que yo me desplazaba acechante era el mal. El enorme mal causado por Occidente. El desecho del Danone que arrojábamos a la basura. La mitad del árbol de cuyas ramas tenían prohibido agarrar una manzana Adán y Eva.

No me extraña que en esas condiciones practicaran habitualmente rituales de vudú. Tengo la impresión de que, gracias a ellos, lograban olvidarse de sus vidas y destrozar la idea de separación individual, uniéndose al inconsciente profundo del Universo aunque fuera por unas horas. Por supuesto, también es así que conseguían conectarse con sus orígenes africanos. Hacerse uno con la memoria de la raza humana, volviendo a dialogar con el lugar de donde procedían sus ancestros.

Aunque haya grandes diferencias que un día deberemos matizar, me parece que el ritual colectivo de vudú no se encuentra muy lejos del ritual jazzístico. Esto es lo que quería transmitir en mi anterior entrada y no sé si dejé claro. De hecho, eso es lo que sentía Dean Moriary en el libro En el camino frente a los músicos de jazz: que se encontraba ante chamanes a través de los cuales hablaba el genoma espiritual de la especie y uno podía conectarse con los orígenes de la humanidad y el infinito, los cuales probablemente se encuentran en África. Y fue cuando estos pensamientos e imágenes asolaban mi mente que pensé en escuchar a Dizzy Gillespie, teniendo en cuenta que lo mencionaban en el libro de Kerouac. Y debido a que decidí escuchar la canción, “A night in Tunisia”, -que no era por cierto, la citada en el libro- fue que conecté el África Negra y magrebí, y comenzaron a venir visiones a mi mente de ciudades antiguas emplazadas en aquel continente donde los mercaderes intercambiaban objetos y bienes mientras esclavos negros recitaban salmos y odas a divinidades perdidas. Las cuales me condujeron a pensar en las tesis principales del libro de Santiago Auserón del que había leído recientemente una entrevista en Rockdelux. Imaginando cómo debió sentirse en su primer viaje a Cuba cuando comprobara, allí desde la otra orilla donde los acontecimientos se observan con la calma precisa, la tremenda influencia de la música negra no sólo en la península ibérica sino en toda Europa.


Lo que ocurre es que como me resulta últimamente imposible escribir algo sin hablar de alfombras mágicas o Efrits se mezcló todo y salió una historia imposible. Que sí, me agrada y me gustaría desarrollar más, pero también mejor. Aunque, en cualquier caso, pienso que no importa. Pues precisamente esto es lo que más me gusta de Avería: que los posibles errores no son tales, dado que escribir aquí es como ser un saxofonista de un grupo de be-bop que no tiene necesidad de seguir un guión. Puede improvisar y dirigirse hacia donde lo desee ya que se entiende que su escritura es un pájaro que, a pesar de tener sus ritmos y frecuencias de vuelo, no tiene que seguir unas reglas fijas para emigrar hacia uno u otro lugar. Algo así, por cierto, hizo Kerouac. Cuyo mayor mérito como escritor tal vez sea este: haber hecho de la peripecia, de la anécdota un arte, haber conseguido liberar, como Henry Miller, la pluma de cientos de escritores que se sintieron libres para narrar los vaivenes de sus vidas como les diera la real gana. Sin orden ni concierto, o sin que importara excesivamente la técnica utilizada. Pues lo esencial era el talento.

Me parece, en cualquier caso, que mientras me sienta libre, voy a seguir escribiendo en este espacio. Necesito explorarlo, desarrollarme y crecer en él para seguir sentando las raíces de mi escritura. Las bases a través de las que se solidificará, las ramas por medio de las que se extenderá y crecerá en contacto con el agua que debo beber si en el futuro por alguna razón se me olvidara que para mí, las dos más bellas formas de morir serían haciendo el amor o bien con la compañera (carnal) de mi vida o con la gran amiga (espiritual): la literatura. Shalam. 

 فقط الله يمكن أن يحاسبني

                   Sólo Dios puede juzgarme

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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