2017

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No tengo demasiado que decir hoy. En Madrid ya hay calles de sentido único peatonal. Lo que hace brotar de mí al personaje de Ruido y realizar la siguiente reflexión o diatriba: Ni siquiera al peor de los dictadores conocidos se le hubiera ocurrido una medida parecida. Para implantar algo tan absurdo, un dictador hubiera tenido que llenar las calles de militares y utilizar un nivel de propaganda ostentoso. Sobre el dictador que hubiera obligado a sus vasallos a caminar por la calle en un solo sentido, se hubieran realizado todo tipo de libros y bromas sardónicas. La literatura macabra y carnavalesca se encontraría llena de retratos deformes de su rostro riéndose de la medida. Tal vez, sí, exagero, al ser el dueño del país, al dictador únicamente le hubiera bastado un pequeño susurro para hacer cumplir este oneroso mandato. Pero, desde luego, la historia hubiera sido cruel con él. No quiero ni pensar la de sonetos que le hubieran dedicado Francisco Quevedo y sus compinches de haber tenido que ser testigos de esta ocurrencia.

En fin, cuando un régimen recurre a recursos de ese tipo para controlar a los ciudadanos es o bien porque se encuentra fuera de la realidad o en decadencia o bien porque se siente totalmente impune. En el caso del gobierno madrileño creo que ambas cosas suceden. La decadencia es patente. Su objetivo no es obtener la libertad del pueblo sino mantener el poder. Su sombra no es que atente contra el Régimen del 78 sino que lo fortalece. Pone un colchón a su caída y permite que siga la fiesta de la corrupción. Y respecto a la impunidad, ¿es necesario añadir algo?. Como la democracia española no existe, es una mera farsa, cualquier ocurrencia de un listo puede llevarse a cabo sin control judicial o ciudadano. Todo experimento de sometimiento posee carta libre. En este caso, se han propuesto tratar a las personas no como a borregos sino como automóviles. Hay varias calles de Madrid esta Navidad que los progres socialdemócratas ha convertido en un homenaje a la peor pesadilla de George Orwell. A los ejércitos nazis. A los aparatos estalinistas. Al consumismo zombi. Seguramente porque sienten que tienen la razón absoluta. Ellos están del lado bueno. De las víctimas y de los refugiados. Ellos son feministas, son tolerantes. Ellos están a favor del aborto. Del derecho a decidir. De la diversidad. Y además, son modernos. Mucho. Llaman tráfico peatonal por ejemplo al saludable hábito de caminar. Y eso les permite convertirse en más fascistas que nadie y obviamente, gritar, insultar, multar o desear la muerte (yo creo que Javier Marías debe haber recibido más de una amenaza simplemente por decir lo que piensa) a quien meramente les sugiera que tal vez este no sea el camino. Que tal vez haya un pequeño error -tal vez un miligramo de error únicamente- en su razonamiento. ¡Si hasta algunas ratas en los laboratorios tienen libertad de moverse a un lado u a otro a su voluntad!

¿Qué será lo próximo? ¿Caminar por una sola vía en los supermercados? Recuerdo cuando el miserable gobierno fascista de Mariano Rajoy sugirió la posibilidad de multar a los peatones que se saltaran semáforos en rojo o cruzaran la calle por un lugar distinto a un paso de cebra. Probablemente -nos dijimos algunos- los progres no hagan esto. Dado que los progres no se cansan de sostener en alto la bandera blanca y la palabra tolerancia no se les va de la boca, probablemente ellos al menos nos dejen vivir. Nos permitan respirar. Más que nada, por ser un poco coherentes con aquello que predican. Pero no es así. A ellos también les gusta el dinero y mandar. Ser obedecidos. Participan de la doble moral. Y ahora, son el germen de esta maravillosa idea que convierte a los peatones en robots teledirigidos. Seres obligados a caminar por las vías que indica el barquero. El flautista de la democracia”.  Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

El autor de un libro no tiene que ser precisamente quien mejor lo entienda

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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