El final

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Probablemente, esté una semana sin escribir en avería. Básicamente, porque necesito volver a centrarme en Puercos. Novela que parece lógico que concluya en un ambiente adecuado y parecido a aquel en medio del que surgió la trilogía del horror: absurdo, insolidario y un poco dramático. Lo he dicho varias veces. En principio para mí, México fue un vergel. Pero en un momento dado e imprevistamente, -tras indicarme una servil funcionaria que el puesto de trabajo que yo tenía, me sería quitado en meses- se convirtió en el infierno. Justo en medio de esa tensión y buscando un refugio en la escritura, finalicé El jardinero. Y a continuación, conforme un abogado me estafaba y mi situación se complicaba a límites casi inverosímiles, brotó inmediatamente Ruido. Posteriormente, y teniendo en cuenta que mi vida en aquel país no se aclaraba sino que cada vez se ennegrecía más, llegó Puercos. La última novela de una trilogía en la que como he dicho muchas veces, hablo de las miserias del mundo contemporáneo, centrándome en primer plano en el desquiciado ámbito del arte que, al fin y al cabo, es el que mejor conozco.

Pues bien, antes de guardar un silencio necesario para poder concentrarme en corregir la novela, referiré algunas -sólo algunas- de las anécdotas que me han ocurrido últimamente, conforme voy cerrando este proyecto que me ha mantenido vivo, furioso, lúcido y consciente durante los últimos años, y gracias al que, en cierto modo, he sobrevivido. Seré lo más claro que me sea posible.

Mi estilo de vida es parecido al de un ermitaño. Procuro no hablar con nadie, no me comunico más que con mi novia, y cuando he roto esta rutina, ha sido para intentar conseguir alguna presentación de Bruja. Pues bien, cada vez que he hablado con alguna persona en México para llevar a cabo un acto relacionado con la novela, por lo general no he encontrado más que problemas. Hace un mes, tras mi participación en un acto cultural, un señor me invitó a presentar Bruja en una Universidad, pero como el organizador del evento en que me hallaba, se encontraba enemistado con él, me advirtió más tarde en privado, que si volvía a la ciudad de la mano de aquel hombre, no me invitaría a presentar mi obra en su centro artístico, como previamente me había indicado. Por otro lado, hace meses, un señor español con un puesto público de cierto prestigio, me prometió y me juró y volvió a jurar entre abrazos y salves a la madre tierra española, que me abriría las puertas de las Universidades de la ciudad de Cuernavaca, en las que yo deseara dar a conocer mi novela, pero tras llamarlo en un par de ocasiones, dejó de contestar el teléfono y se desentendió totalmente de su promesa. Mismamente, la rectora de cierta Universidad me tuvo dando vueltas porque, como suele ser habitual en este país, no era capaz de decirme con franqueza que prefería no tener nada que ver con la novela. Asimismo, una señora que se mostró entusiasmada en que diera a conocer Bruja en los espacios que dirige, cuando me mostré seriamente interesado en hacerlo, dejó de contestar mi correos. ¿Es necesario añadir algo más? ¿Debo tan siquiera escribir una palabra a este respecto? Supongo que los actos se comentan por sí mismos. ¿No es así? En cualquier caso, no creo que sea demasiado dramático no poder llevar la novela de acá para allá, como hubiera deseado. Habrá más libros y muchas más oportunidades. Eso no me preocupa. Pero desde luego, lo que sí me asombra es el hecho de que en la mayoría de los casos que comento, fueron esas personas las que se ofrecieron a mí. No yo a ellos. Comportamiento, en cualquier caso, eso sí, digno de Puercos. Consecuente con todo aquello sobre lo que escribo actualmente.

Siendo francos, supongo que lo más sencillo sería enojarme y mandar al infierno a esta sarta de acomplejados estúpidos y de hecho, suele ser lo primero que se me viene a la mente, pero no conviene exagerar dado que, al fin y al cabo, no creo que sean tan importantes como para provocar mi enfado o malestar. Suelo meditar habitualmente y desde luego que poner la mente en blanco, me ayuda a estar en paz conmigo mismo la mayor parte del tiempo e intentar revertir los actos negativos en positivos. Dejarlos estar. De hecho, conforme transcurren los días, suelo encontrarme más agradecido con las calamidades que contrariado. ¿Y cómo no hacerlo en este caso, si el comportamiento de estos personajes ha creado el ambiente ideal para el fin de la novela? ¿Podría yo hablar de egoísmo, horror e insolidaridad y de la porquería del mundo del arte y la escritura y por ende, del mundo en general con total soltura y fluidez, si me hubiera cruzado con personas amables, inteligentes, empáticas, capaces de mantener su palabra? Sería desde luego -no me cabe duda- mucho más complicado. ¿No es así? Motivo por  el que supongo que con los meses y años, cuando recuerde estas anécdotas, lo haré con una sonrisa, alivio e incluso hasta con agradecimiento. Pues todos estos amargos seres me obligaron a convertirme definitivamente en el escritor que deseaba ser. Y si algo tengo claro es que si la trilogía compuesta por Martillo, Bruja y Tormenta es mi alucinado y onírico aterrizaje en el mundo de la escritura, tanto El jardinero como Ruido y Puercos son palabras mayores. Desde luego, y sin ninguna duda, lo mejor que he escrito hasta ahora. El comienzo, confío, del largo despegue. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

Saber olvidar es más dicha que arte

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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