El ritmo veloz

0

Si no existiera internet, un medio a través del que contactar con facilidad con Europa, creo que no tendría ahora otro bastión en el que apoyarme actualmente para comprender mi situación con plena lucidez que Malcolm Lowry. Sí. Ciertamente, este año se encuentra lleno de anécdotas parecidas a las que narra el escritor inglés en su relatos biográficos sobre México. Tan, igual o más apocalípticas. Tan absurdas y surreales y mágicas. Un caos absoluto que en el fondo, creo que ya ha acabado dándome igual y gustándome. Me pregunto a veces cómo será una vida que transcurre monótona y lineal sin sorpresas. Y bueno, la respuesta es que esa vida puede darse en cualquier lugar menos aquí. Por lo que, mientras resida en México, no creo que llegue a saberlo. De verdad que sería muy fatigante contar todo lo que me ha sucedido estas últimas semanas y no lo voy a hacer pero estoy seguro de que encajaría perfectamente en un relato de Lowry.

Supuestamente, hoy tenían que llegarme unos documentos y ahora están paralizados en una aduana no sé por qué motivo. Al parecer, esto es lógico aquí pero me pregunto cómo es que entonces pueden entregarse los envíos urgentes. Pero bueno, como nada funciona en este país con rapidez sino a un ritmo indescifrable, supongo que lo que ocurre es que no existen envíos urgentes. Que todos se manejan a una velocidad normal que por supuesto, es más lenta que la de cualquier país del mundo. Quiero decir, en todo caso, que aunque parezca lo contrario, no estoy enojado. Como he dicho, casi que estoy comenzando a acostumbrarme a la pereza y al caos. Sí. Ya sé. ¿Es realmente tan importante el tema de los documentos? ¿Merece la pena enojarse por esto? Visto así, no hay motivos pero es que cuando no es una cosa es la otra: citas que se realizan con varias horas de retraso o se vuelven a fijar para otro día sin motivo aparente, celulares que no funcionan y no tienen garantía, atascos sin fin, etc. Y sin embargo, no estoy cansado de México. Salgo a pasear, a tomar una cerveza y veo a la gente sonreír, caminar con fe y cierto misterio por las calles hacia quién sabe dónde y me siento repentinamente integrado en una colectividad dentro de la que mi alma descansa y reposa. Un hecho que es en sí mismo suficiente para mí. Una promesa de que en algún momento, obtendré aquello que necesito que en parte -ahora que lo pienso- ya lo tengo y no es más que esto: humanidad en bruto y descarnada más allá de sus virtudes y errores. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Tienden  los soñadores a confundir el desencanto con la verdad

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo